FICX 2019: Crónica 2

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Repasamos la sección Rellumes del FICX 2019.

Todo festival, con independencia de su presupuesto y difusión, acaba albergando ciertas contradicciones en su interior, casi siempre como consecuencia de la falta de riesgo en su programación, en especial a la hora de decidir qué películas compiten en la sección oficial y cuáles se ven regaladas a hacerlo en otra paralela ―cuando no directamente fuera de concurso o en una sección no competitiva―. Quizás con la excepción de Locarno, cuya Cineasti del presente, pese a que en ocasiones pueda mirarle a la cara a la Sección Oficial, resulta coherente al estar formada por una selección de primeros, segundos y terceros largometrajes ―en esta línea, es preciso destacar el sinsentido que supone la Nuev@s Directores de San Sebastián, una dolorosa insignificancia que a su vez refleja las derivas de su Sección Oficial, y que lo sitúa muy por debajo de los certámenes con los que debe rivalizar―. Ilustremos esta problemática con una serie de ejemplos de autores que han competido en los últimos años en Forum de la Berlinale o en cualquier sección paralela de Cannes ―lo de Venecia es tan absurdo que mejor no comentarlo; hace ya tiempo que Orizzonti superó a la Sección Oficial―, cuando en muchos casos sus películas probablemente fueran mejores que cualquiera de la “primera línea”: Rita Azevedo Gomes, Dan Salitt, Hong Sans-soo, Angela Schanelec, Lav Diaz, Eugéne Green, Philippe Garrel, Mathieu Amalric, Kiyoshi Kurosawa, Bi Gan, Ulrich Kohler, Claire Denis, Bruno Dumont, Abel Ferrara… y un largo etcétera.

A pesar de las características del Festival de Gijón, para nada comparable con los mencionados en el párrafo anterior, todos de Clase A, se puede extrapolar esa problemática en cuanto a las decisiones de programación entre sus múltiples secciones: Oficial, Rellumes, Llendes y Esbilla. Dejando esta última aparte, como un escaparate de algo similar a proyecciones especiales, y haciendo lo propio con Llendes, con una línea más definida en su apuesta por trabajos lindantes con lo experimental ―o cuando menos arriesgados en cuestiones como la duración de las propuestas o parejos en su falta de medios―, es inevitable pensar en Rellumes como una segunda división compuesta, en buena parte, por películas que podrían ―y deberían― haber competido en Sección Oficial. Obviando aquellas firmadas por cineastas con una cierta trayectoria ―aunque también podrían formar parte de Rellumes, sección en la que conviven nuevos talentos con autores más experimentados― y excepciones como Babyteeth y System Crasher, los puntos más bajos de toda la muestra ―cuya presentación en SO viene precedida de los errores previos de Berlín y Venecia, siendo al tiempo oportunidades de atraer más público al certamen―, es justo preguntarse cuál es la razón para programar Blanco en blanco, Bombay Rose, Ceniza negra, Les perseides, Lillian, Rounds y Video Blues en Sección Oficial y Fukuoka, L’ apprendistato, Litigante, Midnight Familiy, Port Authority y Sole en Rellumes. Motivos y decisiones personales aparte ―seguro que algunas de ellas serían del todo convincentes y comprensibles―, la sensación de que la línea que separa ambas secciones no termina de estar del todo clara es inevitable, por lo que es justo hacerse algunas preguntas al respecto, como también lo harán año tras año, si no día tras día, los miembros del equipo de programación.

Nos aventuramos a afirmar que una de las razones por las que algunas de las películas mencionadas de Rellumes no han estado en la Sección Oficial es su modestia ―la ausencia de piruetas formales, elementos epatantes y tratamientos superficiales pero llamativos de cuestiones de actualidad―. Fukuoka, lo último de Zhang Lu, cuenta además con el hándicap de parecer un trabajo de Hong Sang-soo y no serlo. Algo parecido ocurrió en 2017 con The First Lap, una propuesta surcoreana que también tuvo que conformarse con estar en la partida de Rellumes, y en su caso no hay duda de que el problema no fue su parecido con el maestro Hong sino que este compitió esa misma edición en Sección Oficial con En la playa sola de noche. Fukuoka toma temáticas y determinados conceptos del cine del maestro, pero se desmarca con una apuesta muy distinta, con una cámara inquieta que se desplaza buscando ángulos imposibles para adecuarse al trasfondo místico y misterioso de un triángulo amoroso convertido aquí en historia de fantasmas. A través de un sentido del humor inesperado y absurdo, Zhang Lu construye una narración siniestra y enrarecida. Casi podría tildarse de irreal. Así las cosas, la humildad y la discreción del relato, de la propia puesta en escena de la película, juegan en favor de un desarrollo dramático que ―risas aparte― logra calar bastante hondo.

L’Apprendistato

L’apprendistato es una película en la que casi todo lo relevante a nivel dramático acontece detrás de las imágenes. Lo enigmático de la propuesta ―o más bien de lo resultado en la sala de montaje de lo que a priori podría haber sido un documental al uso― choca desde un primer momento con el tratamiento tonal del filme, así como con la predominancia de planos en los que el joven protagonista sonríe inocentemente, sin ser para nada consciente de la vida que le espera dentro del instituto hostelero en el que convive con un grupo de jóvenes aprendices. Tras estar a punto de incumplir definitivamente las pautas de comportamiento y actitud a seguir en tan particular internado, Luca regresa por última vez a su hogar y, a través de unas pocas imágenes ―de las más bellas de la película―, le acompañamos en la despedida de su forma de vida, de sus aficiones, en un final positivo para un sistema alienante pero tremendamente triste en las coordenadas del coming of age.

Huir del sentimentalismo es con toda probabilidad la forma más adecuada de acometer la búsqueda de la emoción en el arte cinematográfico. Litigante, el segundo largo de Franco Lolli, vive de desdramatizar algunos de los conflictos más importantes de la existencia humana. A la ajetreada vida de Silvia, abogada y madre soltera de un niño de cinco años, se le añade el inminente fallecimiento de su madre, cuyo cáncer se ha descontrolado hasta el punto de no tener cura. La película pivota sobre un personaje femenino que se ve obligado a cumplir todos los roles imaginables para una mujer, afrontando así en silencio todo el sufrimiento que por un motivo u otro no puede compartir con los demás. El tono azulado de la fotografía y la sutil y conmovedora puesta en escena de verdaderas batallas verbales recuerdan al cine de Maurice Pialat, pero quizá el logró más importante de Litigante sea el realismo y la intensidad que Lolli extrae de un casting formado en su mayoría por actores no profesionales.

Para dar conclusión a este texto, Sole se mueve en líneas similares a los títulos anteriormente reseñados en cuanto a sutilezas y matices, pero se muestra aún más discreta en lo relativo a las ambiciones. No hay mejor manera de ejemplificar estas palabras que el tratamiento que le da Carlo Sironi en su debut a un tema como la gestación subrogada ―con matrimonio de conveniencia de por medio―, lo más alejado posible del sensacionalismo. También, por lo general, resulta mucho más justo y veraz su acercamiento a las clases más desfavorecidas que el de algunos de sus compatriotas más reputados y más en alza en estos días, como Alice Rohrwacher, Pietro Marcello o Mateo Garrone, y eso que Sironi toma como punto de partida una situación mucho más dada a representaciones vulgares y ausentes de toda ética cinematográfica. Sole es una película inusual, tan modesta que descoloca, pero extrañamente precisa en los cortes de montaje y en la fuerza expresiva de sus planos y de la relación entre ellos.

Sole

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