Festival de Sevilla 2019: Crónica final

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Cerramos las crónicas desde Sevilla.

A estas alturas, y pese a venir de realizar Felices sueños, uno de sus mayores desatinos, un cineasta como Bellocchio no necesita presentación alguna. Su mera presencia en la Sección Oficial de Cannes fue uno de los pocos alicientes de una competición quizá más equilibrada que en ediciones anteriores, siendo además El traidor de las mejores obras de la cita francesa, como lo será también del presente Festival de Sevilla. Importa más aquí contextualizar la entidad del relato cinematográfico que hablar de la literatura del texto; entender el carácter caleidoscópico de la narración, la riqueza de sus formas, que reaccionar ante un estupendo repaso histórico plagado de detalles y revelador en su vertiente política. El italiano da comienzo a la película con una vibrante presentación de personajes al estilo del mejor Scorsese, que al mismo tiempo nos hace esperar lo peor, pero el relato es un ente en continuo movimiento cuyas capas nunca dejan de multiplicarse. La mirada de Bellocchio hacia Tommaso Buscetta ―un mafioso cansado de serlo que terminó colaborando con la justica tras el asesinato de sus hijos a manos de otra gran familia de la Cosa Nostra― no tiene nada que ver con la mostrada por Sorrentino en Loro hacia Silvio Berlusconi; se aleja de la fascinación para componer un retrato que, sin enjuiciar en ningún momento a un personaje ya condenado por su historial delictivo, resulta justo y, ahora sí, fascinante. No sólo acierta a sacar a relucir los entresijos de la familia siciliana y su configuración como una verdadera institución extraoficial, sino que además relaciona su influencia con la del poder establecido, el del mismísimo Estado. A pesar de todos los méritos nos encontramos ante un filme irregular por su propia naturaleza polimórfica, con algunas secuencias fascinantes y otras más toscas, como si hubieran sido sacadas de una película distinta, pero un excelente trabajo en la sala de montaje logra que el resultado sea notable.

La inocencia

Se podría decir que una película como La inocencia es un soplo de aire fresco por varios motivos. En primer lugar, la ópera prima de Laura Alemany abruma por una honestidad que no encontramos ni por asomo en ninguna de las tantísimas óperas primas de jóvenes directoras que se han estrenado en los últimos años y que por lo general han contado incluso con repercusión a nivel internacional. Para continuar, la debutante castellonense retrata la adolescencia distanciándose por completo en estilo y tono de sus coetáneas: independientemente de su procedencia, quizá algo inevitable en el contexto actual para sacar adelante un trabajo de estas características, La inocencia obvia ritmos y vicios de los trabajos de fin de carrera de audiovisuales o de estudiante de escuela de cine. La película es, por encima de todo, una verdadera exhibición de carisma y sinceridad. Su clarísimo carácter autobiográfico no le impide alcanzar cierto equilibrio para poner sobre la mesa múltiples temas sin cargar nunca las tintas y manteniéndose a mucha distancia del narcisismo, logrando así que el componente social no sea un lastre para la verdad de sus imágenes. Alemany consigue crear un extraño y meritorio equilibrio entre los actores experimentados y los más jóvenes, manteniendo vivo el retrato costumbrista del pueblo valenciano de la ficción; una ficción que combina eficazmente lo autobiográfico con todos los aspectos coyunturales de la realidad de nuestros días, quizá no tan cercanos a los que su directora tuvo que enfrentarse en su momento.

Tomasso

A nadie le debería pillar por sorpresa el resultado de Tommaso, la última película de Abel Ferrara, la más libre, valiente y contundente de cuantas se han proyectado en esta edición del festival, así como la más interesante en lo tocante al tratamiento de la materia cinematográfica. Que el cineasta neoyorkino haya filmado este autorretrato al modo de una home movie puede ser malinterpretado, pero es lo más honesto y coherente que podía hacer a estas alturas, teniendo en cuenta las derivas que ha tomado su cine en los últimos tiempos. Probablemente se trate de su trabajo más personal, donde la realidad, o como poco una más que posible realidad, es convertida en ficción. Ferrara, rehabilitado después de muchos años de lucha y casado con una mujer más joven y con una hija pequeña ―ambas trasladan esos roles al filme acompañando a Willem Dafoe, brillante trasunto del director―, convierte en película su situación actual, continuamente puesta en peligro por la velada aparición de los fantasmas del pasado. Lo que comienza como un bellísimo y personal retrato familiar ―atención a los paseos de Dafoe con su hija en la ficción―, poco a poco es impulsado hacia otros caminos tortuosos pero verdaderamente interesantes, tanto en lo más profundo de la existencia de Ferrara como en lo relativo al aspecto del filme, al poder y a la verdad de las imágenes de un autor que ha alcanzado la madurez sin perder por ello la necesidad de hacer cine. A lo mejor en términos globales no es una de sus mejores películas, pero sin duda es una de las más fascinantes.

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