Festival de Sevilla 2019: Crónica 6

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Sexta crónica del Festival de Sevilla.

Resulta cuando menos curiosa ―pero no por ello menos significativa― la tendencia de los festivales de mayor categoría por otorgar premios a los cineastas cuando realizan sus peores películas. Este año tenemos el ejemplo perfecto de ello con el Oso de Oro a Synonymes de Nadav Lapid, que venía de ser premiado en certámenes como el BAFICI o el Festival de Sevilla con la notable La profesora de parvulario. Las imágenes del cine del israelí han estado impregnadas desde su primer mediometraje de un fuerte carácter autobiográfico y de un sentimiento contestatario; obra y autor se encuentran así siempre al límite de la autodestrucción, con el punto de mira puesto en una hipócrita y censora sociedad israelí con la que el director no se identifica. Su tercer largometraje es probablemente el que se acerca más directamente a esa autobiografía de la que hablábamos, y lo hace a través de una libertad en las formas que es un contrapunto para la situación de Yoav, alter ego del cineasta que decide emigrar a Francia desde Israel y desaprender su idioma natal, pero que en su nueva ciudad es recibido con el robo de todas sus pertenencias y con la condescendencia de una pareja de jóvenes que disfrazan el interés propio de solidaridad. Lapid carga contra todo y contra todos, pero el mensaje es dolorosamente obvio y el cineasta no parece interesado en entender la situación ni en proponer soluciones o reflexiones en torno esa indefensión que sufre el personaje. La puesta en escena por lo general se nutre de detalles y decisiones arbitrarias y naufraga junto con el discurso ―si se le puede llamar así―, pero a la vez se muestra inspirada en todo lo relativo a la integración del actor Tom Mercier en el entorno, que levanta con los movimientos de su cuerpo y con su voz la rigidez de una obra tan cerrada en sí misma que ni siquiera logra describir con acierto la huida hacia delante de su protagonista, de su director, de sí misma. Nadav Lapid se ha autodestruido, al menos temporalmente, y no se puede decir que por el camino haya dejado demasiados hallazgos.

Beats

Beats, primer largometraje del polifacético y por lo general cercano a la televisión Brian Welsh, se sitúa en un marco temporal muy concreto ―la Escocia de 1994― para realizar un bello homenaje a la rebeldía adolescente ―en relación con el descubrimiento musical, con la curiosidad y el éxtasis― y más concretamente a la fiebre de las raves que concentró a tantísimos jóvenes en campos abiertos y que tantos problemas causó a una clase política que, como nos tiene acostumbrados, no hizo ningún esfuerzo por entender las razones y el sentir de una juventud desenfrenada y prefirió hacer uso de la mano dura y de la represión para combatir el movimiento. La radiografía sociopolítica es excelente, pero lo más interesante de la película es el cariño que deposita en sus dos protagonistas, unos mejores amigos cuyos caminos serán separados irremediablemente y cuya amistad ya había tenido que sobrevivir a los prejuicios y a la falta de empatía de sus mayores. Beats se encuentra bastante cerca de las coordenadas del Leto de Kirill Serebrennikov, aunque probablemente conjugue con mayor acierto el contexto y el drama interior de los personajes, sirviéndose de dos fuertes interpretaciones al borde de la caricatura. Entre los excesos de los compases iniciales y del retrato familiar de ambos jóvenes, así como sobre una carga política omnipresente, se acaba filtrado una honesta y preciosa historia de amistad que brilla por encima de una propuesta a la que le cuesta sortear los clichés de cierto cine británico.

Love me tender

Es posible que Cineasti del presente sea la sección más interesante del conjunto de festivales de Clase A. No tanto por la calidad de los títulos que se programan en su marco, desigual y aleatoria, como por la naturaleza de las propuestas, estimulantes y capaces de darle la vuelta con extrema facilidad a múltiples temáticas, especialmente cuando se trata de abordar el mundo adolescente y, en ocasiones, una tardía transición a la vida adulta. Love Me Tender, segundo largometraje de Klaudia Reynicke tras su prometedor debut con la enigmática Il Nido, tiene como protagonista a Seconda, una joven mujer con agorafobia que deberá hacer frente a sus miedos cuando su madre fallece y su padre abandona el hogar sin previo aviso. La cineasta suizo-peruana demostró un gran talento visual en su película previa, en la que contó con la ayuda de Hélène Louvart como directora de fotografía, siendo aquí Diego Romero quien se encarga de conducir la narración a través de la textura de la imagen, de sus colores y de las posibilidades de lo onírico. El filme se mueve continuamente entre la genialidad y el bochorno, en un estado permanente de cambio, imprevisible; en una exploración del mundo que se corresponde con la de quien hasta el momento había preferido ―o se había visto obligado― mirar para otro lado. Love Me Tender confía su desarrollo dramático y narrativo a las acciones de su protagonista, y las imágenes se construyen, casi podríamos decir que se filman, siguiendo su propio instinto, el de un personaje ridículo y poderoso que celebra la anormalidad en todas sus formas.

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