Festival de Sevilla 2019: Crónica 4

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La brillantez y la fealdad en una misma jornada.

Este año el cine español nos ha ofrecido un buen número de películas situadas tanto en el marco de la Guerra Civil como en la posterior dictadura franquista, pero ninguna de ellas se aproxima mínimamente a lo que propone Eloy Enciso en la brillante Longa Noite. La memoria histórica, la voz de las víctimas que se cobró la guerra y de sus familiares, se introducen en el relato utilizando textos de diversos autores que son declamados por actores no profesionales, tal y como ocurriera en la también muy interesante Arraianos. Las palabras de los escritores resuenan en una línea narrativa bastante clara a modo de tríptico, que sigue a un personaje que regresa a su Galicia natal tiempo después de la guerra, a un mundo rural donde se enfrentará al rencor de quienes ya habían olvidado la contienda. Enciso encuentra la distancia justa para filmar a unos personajes que pese a la artificialidad de las interpretaciones difícilmente podrían transmitir más humanidad, y pasa de las conversaciones filmadas y montadas a lo Straub-Huillet de la primera parte ―a la manera de las escenas no documentales de Arraianos― a un mayor distanciamiento en la segunda, con unos diálogos planteados de forma diferente en lo formal y termina con una narración puramente sensorial en la tercera, apoyado en el que probablemente sea uno de los mejores trabajos fotográficos de Mauro Herce, pero manteniendo el peso de la memoria histórica de los textos por vías distintas.

El reflejo de Sybil

Dentro de El reflejo de Sibyl encontramos una serie de pequeñas películas de prestaciones muy desiguales, una (des)estructura arbitraria justificada por los motores de la narración: el psicoanálisis y la literatura, ambos tratados y utilizados de la forma más superficial posible. Sibyl es una terapeuta que decide abandonar su trabajo para dedicarse a su verdadera pasión: la literatura. No obstante, tendrá que tratar a una joven actriz que suplica por su ayuda antes de abandonarlo definitivamente. El filme habla del poder de la manipulación y de cómo se retroalimentan realidad y ficción, en un guion compuesto por infinitas capas y dobleces, que relacionan una serie de personajes a través de múltiples recursos. Muchas de las ideas propuestas son interesantes, pero hay tanto momentos inspirados en lo formal y en lo narrativo como tramos enteros en los que el relato naufraga entre apuntes temáticos, erráticos cambios de tono y entradas y salidas de personajes. Justine Triet reúne aquí parte de la esencia del Stromboli de Rossellini y de El desprecio de Godard, aunque lo hace sin profundizar apenas en las posibles conexiones que surgen entre su obra y las citadas. El reflejo de Sybil es un triste caos que con un mínimo sentido de la medida por parte de su directora podría haber llegado a ser una buena película.

El monstruo de St. Pauli

No hay manera de excusar la aberración que ha perpetrado Fatih Akin con El monstruo de St. Pauli ―el título en castellano es casi tan terrible como la película, que traiciona el espíritu del original Der Goldene Handschuh, fielmente traducido al inglés como The Golden Glove―, pero no estaría de más conocer el material original, la novela de Heinz Strunk en la que se basa, para decidir hasta qué punto es indignante esta adaptación cinematográfica. Akin nos lleva al barrio rojo de Hamburgo en los años 70 a través de una ambientación exquisita y de una sorprendente y adecuada textura de la imagen, y muestra con cierta gracia y talento el primero de los asesinatos de su protagonista. Pero la cinta acaba en ese mismo momento: todo lo que viene a continuación no es más que un desagradable e injustificado regodeo en la fealdad, hasta el punto de hacerlo todo tan mal y con tan poca perspectiva que incluso se podría decir que es injusto en el retrato de su protagonista, un psicópata tan injustificable y poco interesante como la obra. En los diez minutos iniciales hay más ideas y más matices que en el resto de metraje, pero todo acaba siendo anulado por la reiteración en una sucesión de acontecimientos degradantes y grotescos tan alejados del cine como de la moral. Incomprensible película que alcanza el cénit de la ridiculez en un par de escenas oníricas en las que uno no sabe si echarse a reír o a llorar.

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