Festival de Sevilla 2019: Crónica 3

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Luces y sombras en la tercera jornada del Festival de Sevilla.

Además de uno de los mayores personajes del panorama cinematográfico a nivel mundial ―sería algo osado decir que es el número uno, aunque habría muy altas probabilidades de acierto―, Albert Serra es uno de los directores más interesantes que podemos encontrar ahora mismo en el circuito de festivales. En Liberté continúa el camino que comenzó a recorrer con Historia de mi muerte y que siguió con La muerte de Luis XIV, pero despojándose de la lógica narrativa de las mismas, creando así su película más radical y desafiante ―que no transgresora, por mucho que el cineasta (o el personaje que se ha creado como portavoz de sus ocurrencias) quiera hacernos creer lo contrario―. El filme transcurre íntegramente en una sola noche, donde una serie de aristócratas que han sido expulsados de la corte por sus prácticas libertinas se reúnen en bosque para dar rienda suelta a sus vicios y deseos más perversos. No interesa tanto la propia temática de Liberté como la fascinación que suscita su compleja y precisa planificación, así como la iluminación de los encuadres y el movimiento de los actores en el mismo, que llenan de vida y movimiento una propuesta que podría haber pecado de rígida, de inane. La extensión del metraje no siempre juega a su favor, como tampoco lo hace una escalada de escatología y desenfreno sexual que a punto está de desequilibrar ―y, en cierto modo, mermar― la pulcritud de sus formas, pero su primera hora alcanza una extraña y perturbadora belleza que el autor no había mostrado anteriormente. Se puede decir que el desafío es agradable de soportar e incluso que produce cierta sensación de placer.

Martin Eden

A lo mejor no es tan buena como para referirse a ella como una de las mejores películas del año, pero es innegable que Martin Eden es una de las obras más imponentes y estimulantes de los últimos tiempos. Pietro Marcello adapta la novela homónima de Jack London y crea su particular universo en torno a la figura de Eden, un joven marinero ―humilde, carismático e iletrado― que un día se enamora de Elena, al mismo tiempo que queda prendado de su estilo de vida, el de una por entonces incipiente burguesía, lo que le impulsa a devorar libros y, en definitiva, a convertirse a toda costa en un hombre sabio y cultivado. Pero centrémonos antes de nada en la escena gracias a la que consigue acercarse a ese mundo hasta entonces desconocido para él, que nos prepara para entender mejor el poderío y la riqueza formal del filme: Martin se encuentra trabajando en la cubierta de un barco cuando vemos lo que parece ser una pantalla de cine dentro del encuadre ―en realidad se trata de un detalle que marcará el devenir narrativo del relato―, donde un joven ―el hermano de Elena― mantiene una disputa en la que el protagonista se ve obligado a intervenir; el plano se mantiene y vemos en ese reencuadre en forma de posible pantalla cómo le rescata, lo que convierte a Martin instantáneamente en el protagonista de su propia historia, el único motor de un imparable ascenso social que le hará probar el sabor del éxito pero también su posterior desencanto como víctima de la lucha de clases. El vacío de su nueva vida, de su nuevo ser, maximiza aún más el carácter y la arrogancia de un ser que fascina y repugna a partes iguales, de una figura individualista que rechaza por completo el pensamiento único. Pero lo más bello de Martin Eden se encuentra bien lejos del excelente comentario político que facilita el material original: en el azul del mar y de los ojos de Elena, en las cartas leídas ―frente a la cámara o en off; su poder evocador se mantiene siempre intacto― y en la torrencial inserción de muy diverso material de archivo, así como de anacrónicas piezas musicales. Aunque habrá que volver a ella para hacerle justicia, se puede afirmar que Marcello ha creado una obra única e inclasificable, una película-río que rechaza toda etiqueta.

Arima

No es extraño encontrar notables desequilibrios entre el contenido y el continente de una película, y menos aún si se trata de una ópera prima. Arima, debut en el largometraje de Jaione Camborda, ve lastrada la materialidad de sus imágenes por el escaso interés que deposita la directora en su narrativa, aunque paradójicamente acaba contando con más presencia que lo visual. La forma de mirar a sus personajes, de filmar sus rostros, así como la atmósfera que envuelve al relato son las de una cineasta con talento, con una idea del cine seductora y muy cercana al carácter más primitivo del medio. Sin embargo, la relación entre los cuatro personajes femeninos y entre ellos y sus fantasmas interiores ―proyectados en nuevos personajes o en presencias que se tornan casi físicas― se construye mediante ―y a pesar de― un misterio que, en lugar de expandirse, de sugerir algo nuevo o interesante, se va cerrando poco a poco y limitando la perspectiva de la propia película. Hay momentos puntuales de belleza, de un magnífico tratamiento del color y de, como decíamos, un interesante trabajo con la mirada, pero también algunos de diálogos y situaciones torpes y ridículas, como lo es todo el hilo narrativo que recorre la obra.

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