Festival de Sevilla 2019: Crónica 2

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Segunda jornada del Festival de Sevilla.

No tenemos ninguna duda de que Corneliu Porumboiu es el cineasta más lúcido y valioso de la Nueva ola rumana, a pesar de que los reconocimientos hayan caído casi siempre en manos de Christian Mungiu y Cristi Puiu. El autor de Policía, adjetivo ha explorado siempre el lenguaje en relación con la historia de su país, idea que atraviesa el eje vertebrador de La Gomera y que conecta de un modo personal con la historia del mismísimo cine. Más allá de los divertidos homenajes a John Ford y a Alfred Hitchcock ―dos cineastas que nunca han parecido la fuente de inspiración del rumano, pero a los que rinde tributo como piezas fundamentales de la evolución del séptimo arte―, la película adopta los códigos genéricos y formales del noir, y los dispone sobre un tablero donde las piezas van dibujando poco a poco una típica historia de gánsteres donde el foco se sitúa sobre la corrupción de su país ―también aparecen España y Venezuela en la ecuación, aunque el fondo de la cuestión esté en las entrañas de Rumanía―. El estupendo trabajo de montaje, quizá el punto de encuentro más importante entre el noir clásico y esta interesante relectura, hace del filme una verdadera sorpresa, y permite que se filtre entre sus imágenes una entrañable y bella historia de amor. Porque no hay que olvidar que en el cine de Porumboiu hay lugar para la belleza y el optimismo.

The Souvenir

Joanna Hogg, protagonista de una de las retrospectivas dedicadas por el festival en la presente edición, estrenó en la pasada edición de Sundance una película cuya entidad debería haberle dado una mayor relevancia internacional. Las comparaciones son odiosas, pero estaría bien saber cuál habría sido el recorrido de The Souvenir de haber cambiado el nombre de su firmante por el de Paul Thomas Anderson, pues El hilo invisible y la cinta que nos ocupa comparten una mirada que emparenta la estética de sus formas y el misterio que envuelve a cada uno de sus respectivos planos y encuadres; a cada una de las relaciones humanas que son mostradas y a la postre desarrolladas. Hogg ofrece un regreso a su propio pasado en forma de autocrítica ―la protagonista del filme es un claro alter ego de ella misma: una joven directora de cine que investiga para realizar una película sobre temas que no ha vivido, que no ha experimentado, lo que le es subrayado continuamente por la gente de su entorno― pero también con fines puramente artísticos. Es quizá el distanciamiento entre las formas y los subtextos de esa relación tóxica entre una joven mujer y un siniestro hombre de mayor edad el desequilibrio más notable de una obra tan desconcertante y fría como su personaje masculino; tan apasionante en el envoltorio de algunos momentos como profundamente decepcionante en el devenir de una trama que poco a poco se va imponiendo como un castigo, o cuando menos como un recordatorio que además quiere suministrar fuertes dosis de veneno con la misma intensidad que deposita cierta ambigüedad en torno a lo humano y ético de los personajes. Y el resultado es indescriptible.

Gloria Mundi

Hace ya muchos años que el cine de Robert Guédiguian perdió todo el interés que pudo haber tenido en su momento. Su desplome definitivo se produjo precisamente con su película más reconocida, Las nieves del Kilimanjaro, donde empezó a perder el respeto por sus personajes, y, en general, por la gran mayoría de seres humanos. En Gloria Mundi, presentada en la Sección Oficial de Venecia, únicamente les reserva algo de dignidad a los personajes de su generación, a ese grupo de actores/amigos que protagonizan casi tosas sus obras. Una generación que fracasó en su batalla por intentar cambiar las cosas, que acabó por perder todas sus convicciones cuando se cansó de tanta lucha sin recompensa ―el maniqueísmo de la ficción impide que se filtre en ella este sentir por parte de estos personajes, pero la mirada de Guédiguian es inequívoca―, y que ahora siente un desprecio absoluto y hasta inhumano tanto por aquellos que siguen la senda tomada por ellos en su momento como por esos jóvenes atraídos por las ideas más degradantes del neoliberalismo. No hay posibilidad de ser didáctico ni de proponer ninguna clase de reflexión cuando todo lo que ocurre en tus películas está encaminado a reforzar un ideario reaccionario, como si a estas alturas necesitara reafirmarse en una ideología cada vez más conservadora. Las nuevas generaciones sólo piensan en el dinero ―cuando no lo tienen, pero también cuando les seduce la meritocracia―, son racistas y egoístas, carentes de cualquier atisbo de moral incluso en el ámbito familiar. No hay cine sin discurso, pero el marsellés ha comenzado a hacer discurso sin cine.

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