Festival de Sevilla 2019: Crónica 1

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Arrancamos con el Festival de Sevilla 2019.

La carrera de Rodrigo Sorogoyen ha ido tomando de a poco un rumbo rarísimo, en cierto modo incontrolable, casi tanto como El reino, su anterior película y sin ninguna duda la peor de su filmografía. Después de conseguir una nominación al Oscar por su cortometraje Madre, el madrileño desarrolla esa dramática historia en un largometraje homónimo que hace las veces de secuela, repitiendo el corto a modo de prólogo pero tomando un camino muy distinto al esperado, y completamente alejado del sendero académico que había allanado su éxito internacional. Sería atrevido decir si se trata o no de su mejor trabajo cuando solo han pasado unas horas desde el visionado, pero sí podemos afirmar que nos encontramos ante la obra más arriesgada de cuantas ha firmado. Sorogoyen, un maestro en explotar el morbo de la cara más oscura del ser humano, de unos personajes a los que utiliza para elaborar unas tesis por lo general decepcionantes, muestra aquí una humanidad insólita en su cine, aunque lo hace partiendo de la oscuridad del drama más rotundo y del desconcierto del thriller más tenso e inquietante. No obstante, hay varias ocasiones en que la película se sitúa al borde del ridículo, especialmente en dos planos secuencia marca de la casa, pura exhibición formal, tan incómodos por su extensión como por su contenido. Pese a ello, la conclusión de los mismos favorece aún más la fuerza de su personaje protagonista ―una sobresaliente Marta Nieto, que completa así su ya de por sí brillante interpretación en el cortometraje―, el verdadero eje central de una narración donde hay varios personajes muy bien escritos y genialmente interpretados. Madre no deja de ser problemática en algunos aspectos y de suscitar bastantes dudas ―y no siempre con una respuesta positiva―, pero la riqueza de sus formas, poco o nada arbitrarias ―el plano secuencia es un recurso mucho más pertinente y controlado que en El reino y Que Dios nos perdone―, elevan enormemente un trabajo al que no se va a prestar ni la cuarta parte de atención de la que merecería.

De repente, el paraíso

El palestino Elia Suleiman se dio a conocer con las notables Crónica de una desaparición e Intervención divina, reveladoras muestras de una mirada que criticaba todo lo tocante al infinito conflicto árabe-israelí a través de un particular estilo cinematográfico y de un sentido del humor basado en el absurdo y la ironía. La radiografía del Estado de Palestina, igual menos pretendida de lo que parece, refleja en ellas a la perfección ese continuo estado de alerta, esa búsqueda de una identidad que le fue robada al pueblo palestino y que con el paso del tiempo ha convertido lo dramático en cómico. Su obra se contagia de ese sentimiento, pero lo hace creando un universo fílmico perfectamente reconocible también para el ciudadano occidental. Siete años después de Intervención divina dirigió The Time That Remains, una película en la cual la temática era más poderosa y determinante que las formas, bastante más convencionales y frágiles que en sus dos trabajos previos. Ahora, diez años después de su pequeño tropiezo, Suleiman regresa con De repente, el paraíso, donde mantiene una estructura a base de tableaux vivants pero expandiendo su universo hacia occidente. Si el primer tercio se desarrolla en su Nazaret natal, casi a modo de recopilatorio de escenas de su filmografía, el segundo lo hace en París y el tercero en Nueva York. Su mirada se vuelve en ellos aún más satírica de lo habitual, pues utiliza la hipérbole para retratar la situación de occidente y su más que evidente parecido con su tierra natal. Se trata de su película más obvia y también de la más divertida y accesible, muy lejana al rigor formal y a la pureza de las tres anteriores; pero quizá también de la que más y mejor habla del mundo que habitamos, ya que el palestino es protagonista absoluto del relato ―nunca había estado tanto tiempo en pantalla como aquí― y la continuada aparición del plano/contraplano le otorga el papel de observador con mayor rotundidad que nunca.

A tale of three sisters

Admirable en sus intenciones discursivas y en su capacidad para capturar la belleza de los paisajes de Anatolia, A Tale of Three Sisters arrastra una serie de problemas que se van acentuando conforme avanza el metraje. En primer lugar, el tono del relato quiere moverse siempre en unas coordenadas muy cercanas al de Nuri Bilge Ceylan, hibridando dramaturgia de telenovela y liviandad e incluso humor en los diálogos, y lo hace casi siempre con un porcentaje de acierto muy bajo. La historia de estas tres hermanas cuyo destino está determinado por la tradición y por el machismo latente en la sociedad turca es mucho más interesante sobre el papel que en la práctica, pese a que la puesta en imágenes sí alcance el equilibrio entre interiores y exteriores, entre opresión y libertad, que le es negado a la narrativa en beneficio de una progresión dramática simplista y que tiende sin demasiada lógica al tremendismo. Todo lo que se acerque al análisis pormenorizado de prácticamente cualquier elemento juega en contra de la propuesta, tan inconsistente como ese alivio cómico en forma de mujer haciendo volteretas que también sirve para dar fin a un relato en cierto modo circular. Al final queda poco más que un acertado pero insuficiente retrato de tres personalidades femeninas muy distintas pero unidas por un mismo sentimiento y marcadas por el mismo destino.

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