Críticas: Puñales por la espalda

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Hiriendo al corazón de América.

Una familia multimillonaria. Una mansión en un lugar recóndito. Un asesinato sin resolver. Y, cómo no, un inspector dispuesto a esclarecer todo lo ocurrido. Estos son los ingredientes de muchas novelas misterio, pero también los de Puñales por la espalda, una propuesta cien por cien original, que no parte de ningún material previo y surge de la mente creativa de Rian Johnson, director de la sorprendente Looper y del blockbuster más incomprendido de la década, el episodio VIII de Star Wars: Los últimos Jedi. No es la quintaesencia de la originalidad, pero sí es una vuelta de tuerca muy avispada al concepto del whodunit. El cineasta ofrece un entretenimiento de primer orden mientras refleja la polarización de la sociedad norteamericana contemporánea.

La muerte del patriarca de una acaudalada familia pone en jaque a todos sus hijos, yernos, nueras y nietos, es decir, a todos los herederos. También, eso sí, a Marta, la joven cuidadora de orígenes latinos. La llegada de Benoit Blanc, un pintoresco e inquisitivo detective privado, desencadenará una red de sospechas y acusaciones que pondrán de manifiesto las motivaciones de todos ellos para asesinar al padre, suegro o abuelo. Rian Johnson construye un rompecabezas plagado de pistas falsas, plot twist y finísimo humor que funciona con la precisión de un reloj suizo. Quizás el conjunto sufra algún leve altibajo, pero en gran parte del metraje el castillo de naipes de sospechosos y revelaciones se mantiene firme y sin perder nunca el rumbo de la verosimilitud.

Lo mejor de Puñales por la espalda es, sin lugar a dudas, su capacidad para concentrar en la ampulosa mansión la fractura social de la América de Trump y criticar las políticas migratorias del ejecutivo y el aumento del racismo entre los ciudadanos. Ahí entra en juego el personaje de Marta, la joven enfermera, que pone en guardia a los familiares del fallecido y aflora el egocentrismo y superioridad de todos ellos. En cierto modo, la película comparte el espíritu de sátira de la reciente Noche de bodas hacia el 1% de los (mega)ricos y sus acciones desaforadas bajo el capitalismo salvaje. No obstante, la cinta de Rian Johnson es muy superior, tanto en el guion, como en la puesta en escena, exquisita en varias secuencias (ese trono de puñales acechando a todos), evocando a la maestría de Mankiewicz en La huella o de Lumet en Asesinato en el Orient Express. El director del último episodio de la saga galáctica también se muestra muy inteligente en la apuesta visual del filme, incluyendo el excelente trabajo de diseño de vestuario y producción de arte.

Si Puñales por la espalda resulta atractiva y efectiva en todo momento también es porque está escudada en un reparto estupendo, especialmente Ana de Armas. La joven actriz hispano-cubana lleva un lustro labrándose una imponente carrera en Hollywood y en este juego de gato y el ratón que desempeña junto a Daniel Craig ofrece su mejor interpretación hasta la fecha. Por su cuenta, el actor británico está francamente divertido en el papel del inspector Benoit Blanc, una especie de Hercules Poirot que podría inaugurar una franquicia de películas de misterios con sus deducciones. El resto del elenco, nutrido de estrellas de tres generaciones, no tiene mácula.

No obstante, respecto a la posibilidad de ver a Blanc de nuevo en pantalla con otro misterio, servidor preferiría que esta juguetona obra de Johnson no iniciará una hipotética saga. En la época actual es casi un lujo toparse con una película de gran presupuesto tan personal, original e inteligente y lo mejor que podría hacer Hollywood es apostar por esta vía y no franquiciar el enésimo éxito. Puñales por la espalda es un Cluedo viviente que mira de reojo a Agatha Christie para trasladar su espíritu a la América polarizada de hoy en día. El asesinato es el quid de todo el engranaje y diversión propuesto por el cineasta, pero también en cierto modo es el MacGuffin de las desigualdades sociales, la doble moral de la sociedad estadounidense y el racismo institucional.

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