Críticas: Le Mans ’66

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Espectacular por fuera, vacío (y calculado) por dentro.

Los mejores biopics suelen ser aquellos que se centran en un momento concreto de la vida y obra del homenajeado, como por ejemplo The Queen o Capote. Son películas, al fin y al cabo, que no versan sobre ese personaje, sino sobre un tema mayor a partir de las vicisitudes de la reina de Ingleterra o el escritor de A sangre fría. En este grupo, se encuentra Le Mans ’66, aunque rompe esta tendencia, porque estamos ante un drama de emociones impostadas, en que todo resulta demasiado obvio y antiguo y que se destaca solamente por la espectacularidad en las secuencias de carreras y el notable trabajo de Christian Bale y Matt Damon.

La película de James Mangold, más allá de reconstruir el torneo de las 24 horas de Le Mans de 1966 y los meses de preparación en la empresa Ford, es un drama sobre la relación de amistad entre el conductor Ben Miles y el ex campeón e ingeniero automovilístico Carroll Shelby. Una relación fraternal fraguada a lo largo de los años entre el rugido del motor y el objetivo común de ganar el trofeo francés. El título original del filme es Ford versus Ferrari, porque la empresa italiana es la rival a batir con su larga trayectoria de victorias, pero la compañía norteamericana decide lanzarse al mundo de las competiciones de la mano de Miles y Shelby. Ambos tienen el difícil reto de imponerse al histórico vencedor, aunque la lucha de ellos dos es más contra la propia Ford por los obstáculos y la megalomanía de sus ejecutivos que contra la Ferrari del juego limpio.

El principal problema de Le Mans ’66 es ser exactamente la misma película que podría haberse estrenado en los años 80 y 90 y haber arrasado en los Oscar. Una obra atávica, sin atisbo de modernidad, cuyo mensaje y valores son tan dignos como conservadores. Todo en la película es añejo, sabor a cine clásico de Hollywood, en el buen sentido, sí, pero excesivamente arcaico; además, el conjunto es absolutamente plano y previsible. El guion prosigue todas las pautas reconocibles de este tipo de historias y los conflictos entre los personajes (ya sean entre ellos dos o de índole familiar, laboral o competitiva) carecen de la garra suficiente para resultar emocionantes y cuanto menos interesantes. Por el contrario, la artesanía cinematográfica en la puesta en escena, ofrece algunas set-pieces realmente espectaculares en las secuencias de carreras, aunque Mangold se muestre mucho menos lúcido en la creación de emociones de forma orgánica durante el desarrollo del relato, las escenas álgidas se perciben como prefabricadas. Todo está tan calculado para tocar la tecla exacta que el roce es mínimo. La baza del niño y la herramienta o la moralidad superior de los protagonistas ante los antagonistas (muy malos, capitalistas y egocéntricos) provocan tedio y bochorno. Así pues, en Le Mans ’66 todo parece más calculado para obtener el beneplácito del tipo de espectador que ya aplaudiría una historia de estas características que por cimentar un buen filme bajo la fórmula que, en última instancia y con estos ingredientes, resulta aborrecible.

Afortunadamente, el dúo protagonista está ahí para levantar el vuelo de la película cada vez que tienen oportunidad de demostrar sus dotes. Matt Damon entrega todo su potencial y ofrece una de sus mejores interpretaciones en los últimos años. Ahora bien, al lado de Christian Bale queda eclipsado por el enorme talento del oscarizado actor británico. Un papel que no le requiere la transformación física como sus habituales cambios, pero que está tan bien o mejor que en algunas de ellas. Él es la película. Por cierto, la comparación con Rush es ineludible, he intentado evitarla en todo momento, pero, como los otros biopics citados al inicio de la reseña, sí está en el grupo de películas que van más allá de su hecho histórico concreto y construye un drama sobre dos personas ancladas en la lucha constante, la propia con su ser y la externa con su trabajo y presión por los títulos. Le Mans ’66 no consigue ahondar en ninguna de sus vertientes.

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