Críticas: El crack Cero

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Romanticismo noir.

Los viejos rockeros nunca mueren, y todo veterano maestro siempre luchará por seguir ampliando su acervo y trayectoria y por preservar su vigencia. En España también tenemos a nuestros propios e incombustibles maestros, y no hay otra figura en el cine patrio como la del carismático y romántico José Luis Garci. Director y escritor de décadas de actividad que demostró su cinefilia presentando en televisión, consagró su actividad laboral a expresar su obsesivo amor por el Hollywood clásico y deleitó al mundo en los 80 con El crack, una de las mejores películas de la historia del cine español. Una obra de género negro canónica que tuvo una secuela y cuya estrella, Alfredo Landa, nos abandonó hace ya varios años. No deja por tanto de ser curioso que, años después de la muerte de su estrella, años después de su última película dirigida y décadas después de su última entrega, Garci haya decidido volver al universo de Germán Areta para hacer una precuela interpretada por otro actor. Es El crack cero, modesta película de sonoro reparto que nos llega este viernes. Filme acompañado de un aura de intriga y sorpresa y envuelto en elegante material promocional que llamó la atención de la crítica. Afrontamos la cobertura con entusiasmo pero sin saber bien que esperar, dado el bajo estado de forma reciente del realizador. Y el filme que nos encontramos nos sorprendió, en tanto se trata de una obra sobria y extremadamente personal. No es una película exenta de problemas, ya que es eminentemente anquilosada y rancia, pero nos contagia por su cariño y por su amor incondicional a un cine extinto.

Madrid, año 1975. Germán Areta (Carlos Santos) dirige la agencia de investigación privada Areta Investigación, en la que trabaja codo con codo con el Moro (Miguel Ángel pensarás que estoy loco Muñoz). Un día reciben por parte de una apuesta mujer el encargo de averiguar el misterio tras la muerte seis meses atrás del exitoso sastre Narciso Benavides. El diagnóstico indica que fue un suicidio, pero ella lo considera imposible. Conforme vaya investigando a sus conocidos y desenrollen el ovillo, Germán y el Moro averiguarán que hay muchos secretos detrás del aparentemente inofensivo suceso, y que muchos afectados tienen motivos de peso para tenérsela jurada al sastre. Un relato de investigación detectivesca y noir clásico americano localizado en una Madrid cercana al fin de Franquismo mezcla del recuerdo y la mitificación del cine clásico. Un escenario desaparecido que quizás nunca existió lleno de carisma y personalidad. Blanco y negro, licor, perfumes y cigarrillos en un ejercicio de romanticismo embriagador. Una narración lúcida y llena de estilo, que sorprende tanto por lo bien interpretada que está como el buen gusto con el que construye su flujo cinematográfico. Flujo en el que inserta un guión arquetípico pero efectivo, notorio tanto en su efectiva banda sonora como con su realización y fotografía, deudora de la invisibilidad del modelo de Representación Institucional pero encuadrado con oficio y sabiduría, moviendo poco la cámara pero mostrando tino cuando lo hace. Un oasis de imaginario encapsulado que nos deleita con ingeniosos diálogos que salpimentan alguna reflexión atractiva sobre el convulso presente nacional.

El filme no deja de ser una traslación a fotogramas de un libro o cuaderno de apuntes de Garci, una representación de sus filias y pasiones cinematográficas taxidermizadas en una versión con evidente condición de sucedáneo y artificio. Una película que, pese a integrar con acierto las imágenes de archivo del Madrid de los 70 como transiciones, no camufla su textura digital ni su condición de película rodada en interiores y escenarios que, pese al encomiable desempeño del equipo de dirección artística, no abandonan su condición de decorados. Una representación de carácter marcadamente teatral y engoladamente literaria, de peroratas declamadas con un barroquismo que distancian al espectador del realismo de la diégesis, acartonada y carca. Ni el relato ni su puesta en escena elevan el filme de ser una mera curiosidad simpática.

Todo aquel apasionado del cine de Garci tiene una cita imprescindible con la sala de cine el próximo 4 de octubre. Una celebración del cine clásico de Bogart y Mitchum, y un ejercicio de cine literario tan nostálgico como libre de complejos. Pero conviene tener en mente que nos hallamos ante un ejercicio de estilo que sirve tan sólo como guiño interno a un imaginario de aficiones del que los españoles llevamos años siendo partícipes, nada más. Aunque estimable, estamos lejos de El crack original.

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