Festival de San Sebastián 2019: Retrato de una mujer en llamas

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La última película de Céline Sciamma en Perlas de Donosti.

El rostro desencajado al contemplar una imagen, que permanece desde hace años guardada bajo llave, física y emocionalmente, es el punto de partida de una de las más hermosas historias de amor de los últimos años. El mundo interior de Marianne, una profesora de arte, es sacudido por el doloroso recuerdo de una misteriosa mujer envuelta en llamas. A partir de ahí, el pasado emerge y Marianne recuerda su intenso y fugaz idilio con Héloïse. La pintura es su gran pasión, sin dudarlo ni un momento, se lanza al gélido mar para salvaguardar los lienzos. De hecho, son el pretexto de viajar a la zona costera de la Bretaña francesa donde reside Héloïse tras dejar el convento, puesto que la pintora tiene el cometido de realizar el retrato matrimonial de la joven. Entre las dos se inicia una relación de gato y el ratón que termina desembocando en un romance a escondidas, atrapadas en un tiempo adverso para ellas, pero enclavadas en un lugar apartado que les brinda una intimidad que no podrían acariciar en la ciudad.

Céline Sciamma cambia radicalmente de registro tras sus tres primeras películas focalizadas en el auto descubrimiento durante la adolescencia desde su estupendo debut con Lirios de agua y las superiores Tomboy y Girlhood. Con Retrato de una mujer en llamas logró estar seleccionada en la Sección Oficial de Cannes, llevándose a casa el premio al mejor guion, y ahora se presenta en la sección Perlak del Zinemaldia con aspiraciones de alzarse el Premio del Público. Con sus primeros trabajos comparte la mirada honesta y humana hacia sus personajes, el protagonismo femenino y la exploración del yo interior y las contradicciones con uno mismo. Por contra, formalmente, la película juega en otra liga, Sciamma deriva hacia una persecución de la pulcritud y el perfeccionismo muy inusual en su filmografía previa.

Héloïse es reacia a posar para el retrato de encargo, representación de la obligatoriedad de casarse con un hombre y claudicar ante las convenciones. Marianne opta por estudiarla a hurtadillas, encandilarse con ella durante el día y pintarla de noche. Dos mujeres privadas de libertad, pero absolutamente libres de espíritu. Una relación fraguada a fuego lento que estalla finalmente con las llamas del título en una de las imágenes más cautivadoras de los últimos años. Sciamma plantea el film como un lienzo pictórico en muchas de las secuencias. Ésta particularmente habitará en la memoria durante mucho tiempo. Héloïse y Marianne emprenden, a partir de esa revelación mágica en la fogata, una furtivo idilio en el que los gestos y las huidas hacia delante (el acantilado como peligro; la orilla como escapatoria) son la plasmación de la furia, el fervor y el temor que asolan el mundo interior de ambas.

Si la orilla es la línea física y fronteriza en el horizonte de expectativas de Marianne, el límite de su posibilidad de huir del mundo que la constriñe a la vida convencional; el quebrar de las olas es el sonido de la paz y felicidad que une a las dos mujeres en un estado de exaltación de la pasión y embelesamiento mutuo cristalizado en abrazos y caricias. Céline Sciamma filma la relación de amor desde la naturalidad más hermosa y saca lo mejor de Noémie Merlant y Adèle Haenel, que brindan soberbias interpretaciones. La mirada de la primera es tan penetrante como sumamente evocadora. La película se despide con un tercer acto magistral, un cierre perfecto entre música, lienzos con la página 28 y óperas a destiempo. El verano de Vivaldi como colofón del éxtasis de antaño y las miradas posteriores sin respuesta. Retrato de una mujer en llamas es la mejor película de la directora francesa, una de las mejores y más bellas historias de amor de los últimos años. El rostro desencajado para recordar la felicidad y el dolor del idilio en un espacio aislado y vivido en un tiempo adverso.

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