Festival de San Sebastián 2019: Hasta siempre, hijo mío

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Una Perla de altura.

Una de las mejores películas del 2019. Alto y claro desde buen principio para empezar a desgranar una obra de la magnitud de Hasta siempre, hijo mío, lo nuevo de Wang Xiaoshuai. Un plano general muestra a un grupo de niños jugando alrededor de un embalse, un entorno bucólico que transmuta en la tragedia más inimaginable: la muerte de uno de los chavales, hijo de unas de las dos familias protagonistas. A lo largo de tres décadas, los cambios socioeconómicos de China se cristalizan en el porvenir de estas dos familias, rotas por la pérdida, sobrepasadas por el sentimiento de culpa y distancias por el funesto suceso que supuso el espaldarazo para unos y el calvario para otros.

Presentada en la última Berlinale, donde conquistó los premios al mejor actor y actriz, la película llega esta misma semana a los cines españoles tras concursar por el Premio del Público en el Festival de San Sebastián. Wang Xiaoshuai construye un magistral drama familiar desde un profundo humanismo, pese a la fatalidad que rodea la narración, el tremendismo es recompensado con un canto a la vida y a la reconciliación que aborda la condición humana desde la filantropía. Por otra parte, el cineasta chino ahonda de un modo tangencial en la situación social de China, en como las políticas de Estado repercuten en el destino y fortuna de sus habitantes y en como la desigualdad entre ricos y pobres ha ido aumentado exponencialmente. Cine político, en segundo plano, pero como parte indivisible de las vicisitudes de ambas familias; un nexo comunicativo que también usaron recientemente Jia Zhangke en Más allá de las montañas y Hu Bo en An Elephant Sitting Hill. Una inmensa trilogía -casual- del cine chino contemporáneo.

Hasta siempre, hijo mío resulta desconcertante en su inicio al desarrollar su gigantesco relato en constantes idas y venidas del pasado al presente; un rompecabezas de flashbacks y cambios en el espacio que poco a poco va cimentando una poderosa historia sobre el paso del tiempo, el sentimiento de culpa y la bondad de lo humano por encima del resentimiento y la desazón. A lo largo de sus casi tres horas de duración, Wang Xiaoshuai crea secuencias de gran belleza visual y concepción narrativa, a menudo, partiendo de pequeños gestos y objetos que evocan tiempos pretéritos o inciden en la tristeza ante la perdida. El antes y el ahora van sucediéndose sin buscar el artificio en las emociones, sino insinuando los sentimientos de los personajes para dejar respirar al espectador y que éste llegue a su tercer acto con un nudo en la garganta.

Sin lugar a dudas, los tres cuartos de hora finales de Hasta siempre, hijo mío figuran entre lo mejor del cine de la última década. Un fluir de emociones, nada impostado, que reordena el mastodóntico relato y gratifica con un canto a la vida, pese a todas las adversidades, penurias y pérdidas que hayan azotado en la vida de los protagonistas. El amor vence al rencor, la vida a la muerte y la esperanza a la congoja. En pocas ocasiones, este humilde cronista ha vertido tantas lágrimas y mucho menos frente a un fresco tan honesto sobre la humanidad, sin regodeos en la cara más afligida de los acontecimientos. Una obra maestra que zarandea profundamente como pocas películas (y cineastas) son capaces de lograrlo.

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