Festival de San Sebastián 2019: Ema y Los Miserables
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Una de cal y una de arena en Perlas.

«¿Y tú qué enseñas? Yo enseño libertad.», Ema (Pablo Larraín, 2019).

Cuando el Estado te aprisiona entre sus reglas y te arrincona por no cumplir con los cánones de la “normalidad” y del poder establecido, te rebelas y te saltas los límites; les prendes fuego. ¿Y qué mejor imagen que la de un semáforo ardiendo para dar inicio a una explosión de rebeldía social, cultural, política y sexual como es Ema, de Pablo Larraín?

La última cinta del realizador de Neruda llega a la sección de Perlas del Festival de San Sebastián tras un ovacionado recibimiento en la Biennale de Venecia. Como en su “anti-biopic” del poeta chileno, Larraín vuelve a hacer uso de un fragmentado (y maravilloso) montaje para construir, eso sí, la más alocada de sus propuestas.

En ella, una joven bailarina emprende un viaje a los infiernos para recuperar a su hijo, dado en adopción a otra pareja “más convencional” que la formada por la protagonista y su marido, coreógrafo de la compañía para la que baila. Sin embargo, el infierno de Ema, lleno de reproches, dudas y contradicciones morales, es solo el camino hacia la ansiada libertad, una libertad donde, al son del reguetón, el baile se convierte en fuego, en revolución, en placer.

“Nosotras ahora podemos bailar el orgasmo”, dice una de las amigas de Ema al hablar del porqué se identifican con un estilo de música que hasta hace poco estaba secuestrado por las letras machistas de sus canciones. En Ema, el reguetón lo cantan y lo bailan unas mujeres con ganas de hacer arder los cimientos de una sociedad que las desprecia y las margina.

Ema es incómoda, perturbadora y tan imperfecta como su protagonista, pero a la vez, seductora, atrevida y tan viva como esta brillante mujer que da nombre a la película y que va camino de convertirse en uno de los personajes del curso cinematográfico. La actriz Mariana Di Girolamo resplandece en medio de una incendiaria película donde estética, provocación y cine social van de la mano.

Los Miserables

«No hay malas hierbas ni hombres malos; sólo hay malos labradores.», Los miserables (Víctor Hugo, 1862).

Pero como es de esperar en un festival de este calado, la primera jornada de Perlas en el Zinemaldi nos trae una de cal y otra de arena. Justo antes de su primer pase, Francia escogía Los Miserables de Ladj Ly como su representante en los Oscar. Ganadora del Premio del Jurado en la pasada edición de Cannes, la cinta pone de relieve el abandono social y político de los ciudadanos de los barrios de la periferia de París, concretamente el “banlieu” de Montfermeil.

Además de ser el lugar de residencia del director de la cinta, Montfermeil también fue escenario protagonista, hace más de un siglo y medio, de uno de los grandes clásicos de la literatura francesa: Los miserables, de Víctor Hugo, de quien precisamente coge el título la cinta de Ly y al que se hace más de una referencia a lo largo de la trama. No obstante, estos miserables parecen serlo más por “malos” e “inhumanos” que por los fallos del sistema y sus circunstancias que, como en el texto original, acaban llevándolos al uso de la violencia y a la lucha contra el poder.

La rebelión de los miserables de Ly queda relegada a una batalla campal de artificios y aleccionamiento que acaba por olvidar el punto de partida: los cantos de sus protagonistas, que piden a gritos un pueblo unido y un mañana sin divisiones de clase ni religión. No en vano los primeros minutos de la película nos presentan a los protagonistas delante del Arco de Triunfo uniéndose a los cánticos de “allez les bleus!” y haciéndose suya la revolucionaria letra de la Marseillaise mientras enarbolan la bandera tricolor al más puro estilo Enjolras.

Pero a pesar de este potente inicio, de una muy curada realización y de la presentación poco estereotipada de la comunidad musulmana del barrio, Los miserables acaba por decepcionar enormemente por su carácter tremendista. Juega al cine social pero, en realidad, parece estar condenando de buenas a primeras a unos personajes, sobre todo a los niños, a los que tilda de meros salvajes y a los que no otorga contexto alguno. Un contexto que el director conoce demasiado bien y que ya ha subrayado en algunas entrevistas a los medios, donde ha defendido la necesaria visión de los cineastas provenientes de los “banlieus” y miembros de minorías étnicas y religiosas. Lástima que su película se quede a medias y que el espectáculo circense y de explosivos entorpezcan la correcta transmisión del mensaje.

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