Críticas: Érase una vez en Hollywood

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Imaginario homenajeado.

Pocos acontecimientos ha habido de la magnitud de este en el planeta cine durante el verano de 2019. Una de las campañas de promoción más feroces que recuerdo de los últimos tiempos lleva semanas cebando y poniendo la miel en los labios de la ciudadanía para el estreno de la nueva película de uno de los autores más venerados de los últimos treinta años, el definitivo realizador posmoderno. Película que se muestra irresistible por su argumento, así como con ese excelente reclamo que es su gran reparto de estrellas de reconocido talento. Película que, para más inri, ya causó furor tras su paso por la Sección Oficial del último Festival de Cannes. Es la esperadísima Érase una vez en Hollywood, nueva película de Quentin Tarantino. Llamado a ser, visto el recibimiento crítico, uno de los filmes de la temporada, afirmación de la que este medio deseaba ser partícipe. El listón con Tarantino está siempre muy elevado, y la experiencia personal es que rara vez logro ponerme de acuerdo con el consenso general respecto a la valoración de su obra, considerando no en vano su película previa como una de las mejores de su trayectoria. El material promocional invitaba al optimismo más que a la fascinación, por lo que el estreno se cubrió con serenidad. Y pese a sus deficiencias y a no compartir la euforia de la bancada, es innegable que nos encontramos ante una notable película, y una de las producciones con más cine del año. Un filme disperso en su narrativa pero maduro y habilidoso en su puesta en escena y entramado atmosférico. Un homenaje temporal que hace eco del imaginario que Tarantino lleva décadas mamando.

Los Ángeles, 1969. El Hollywood de la magia de la gran pantalla, las estrellas y las historias más grandes que la vida. Territorio lleno de oportunidades, envuelto en un momento de trascendentales cambios en la industria. Y es en este ecosistema en el que el actor Rick Dalton (un Leonardo DiCaprio tan excelente como acostumbra), pretérito estrella de western televisivo, afronta un momento delicado que bien podría suponer el final de su carrera. De la mano de su amigo y doble de acción Cliff Booth (Brad Pitt en uno de los mejores papeles de su carrera) afrontarán un futuro de nuevas perspectivas cinematográficos, mientras Sharon Tate (magnética Margot Robbie) y Roman Polanski viven en la más inmediata vecindad.

Un relato lleno de comedia y aderezado de intriga que referencia, reproduce y celebra en su compañía de un cine y de una magia de la gran pantalla ya extinta. Una celebración lúdica y serena de la que somos partícipes personajes y espectadores. Una carta de amor al cine que forjó al Quentin de juventud más contenido de lo que nos tiene acostumbrados y de una innegable madurez. Una lógica evolución y plástica sublimación de un estilo visual al que estamos ya tan familiarizados como con el sonido del despertador. En tanto puesta en escena es una de las películas mejor realizadas del de Tennessee, con múltiples planos y movimientos de cámara para el recuerdo. Dicho sea de paso, grandes personajes interpretados con destreza. Y el cinéfilo disfrutará con el baño de referencias, las cuales son nombradas, versionadas o incluso introducidas en la diégesis. Algunas reales, algunas ficticias de inspiración clara, todas encajadas con armonía. Una película observacional que captura un momento espacio-temporal y lo recrea con pasión y extremo amor y respeto, dedicando múltiples momentos de su metraje a mostrar la esencia y espíritu del momento, reflejado en las canciones, establecimientos o actitudes.

En su cine previo las referencias cinéfilas y motivos añejos recuperados eran herramientas expresivas utilizadas en pos de la historia narrada. En esta ocasión, las referencias son la propia historia. No hay un relato cohesionador que reúna armónicamente sus subtramas y eleve al conjunto a unas cotas de excelencia que no llega a alcanzar. Muchas secuencias se alargan sin llegar a una conclusión clara, y algunos gags se insertan sin construir demasiado en beneficio del conjunto de la obra. Es una obra levemente deslavazada, dispersa incluso, en la que ciertas subtramas no reciben tratamientos narrativos completos. La explosión visceral final, aunque satisfactoria, resulta inconsistente a nivel tonal. Los amantes del Tarantino guionista se verán aquí decepcionados, en tanto esta es la faceta que menos luce del filme.

Todo aficionado incondicional de Tarantino deberá acudir religiosamente a la sala. Érase una vez en Hollywood es, de largo, una de las mejores películas que se podrá ver en salas este verano. Un escaño más en una trayectoria estelar. Pero una película a la que le perjudica enormemente acudir a su visionado esperando de él una Obra maestra.

Podéis leer más artículos de Nestor Juez Rojo en Celuloides en Remojo.

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