Críticas: Midsommar

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Terror latente a plena luz del día.

Luz solar veinticuatro horas al día. No hay oscuridad. Pero hay terror. Mucho. Una festividad celebrada cada 90 años es el marco inimaginable para un viaje terrorífico a las profundidades del alma humana. Un grupo de jóvenes norteamericanos viaja a una localidad remota de Suecia, en verano, época en las que apenas se pone el sol. Todo sucede a plena luz del día. Todo el terror es experimentado con una luz prominente. Todo va sucediendo de forma latente durante unos días de desconcierto para los cinco turistas y con efervescencia inusitada para los residentes.

La expectación es mayúscula ante Midsommar después de la asombrosa acogida de Hereditary el pasado verano, la ópera prima de Ari Aster. Se convirtió rápidamente en un título de culto y muchos pregonaron que se trataba de uno de los filmes de terror más importantes de los últimos años. Unas consideraciones que servidor encontró apresuradamente desmesuradas y que encumbró, con cierta sobrevaloración, el debut del neoyorquino. El principal escollo de su anterior película vuelve a repetirse en su nuevo trabajo: un desenlace precipitado, anticlimático con todo lo desarrollado previamente, y algunas licencias de guion en torno a decisiones poco entendibles de los personajes. No obstante, este segundo punto tiene un escudo en esta ocasión, puesto que toda la película se acontece en un estado lisérgico, con los personajes ingiriendo sustancias nocivas.

Ari Aster vuelve a demostrar que es una fiera para la creación de atmósferas; sin lugar a dudas, es la gran baza de sus dos películas. Quizás más caprichoso de lo que se le presupone a la narración, pero funciona en todo momento, aunque uno no deja de tener esa sensación de ver a un artista recreándose porque se gusta mucho a sí mismo. Es decir, por mucho que su propuesta formal cree un estado de tensión continuo y genere inquietud en todas sus secuencias, esta se percibe poco orgánica en el conjunto de la obra, situación que no ocurre en títulos recientes del género como La bruja o It Follows que ofrecen una labor de dirección similar o, como mínimo, nuevos caminos dentro del género.

La calma tensa que impera en Midsommar se plasma sucesivamente en el rostro de Florence Pugh, la joven actriz que aspira a convertirse en una de las mejores de su generación tras sorprender con su excelente interpretación en Lady Macbeth hace tres años. La intérprete británica hace gala de nuevo de sus dotes de introspección para sobrellevar el peso del personaje desde la gesticulación y la mirada. Su descenso a los infiernos, por situación emocional, va derivando, poco a poco, en una ascensión hacia el limbo de la maldad. La película, por tanto, se apoya en buena medida en Pugh, más allá de su potente puesta en escena, trufada de planos cenitales y movimientos de cámara tan sofisticados como antojadizos.

Ari Aster no ha reportado grandes méritos para considerarlo un gran cineasta. Sí es uno potente, en ciernes. Probablemente, cuando sea capaz de pulir sus guiones, ensimismarse menos con la propuesta estética y redondear sus obras en el tercio final, ofrecerá su primera gran película. Ni Hereditary lo fue el año pasado, ni Midsommar es tan decepcionante como algunos han afirmado ante las expectativas labradas por la recepción de su debut.

 

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