Entrevistas: Louis Garrel

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Louis Garrel: “Los sentimientos no se puede controlar y esta situación nos aterroriza”.

El joven actor francés, hijo del reputado director Philippe Garrel, estrena su segunda película detrás de las cámaras. Un hombre fiel concursó por la Concha de Oro en el último Festival de Donostia (San Sebastián), certamen en el que se llevó el premio al mejor guion, y hace pocas semanas inauguró el D’A Film Fest de Barcelona. Con motivo de su visita a la capital catalana, hemos podido charlar con él de esta atípica comedia romántica con aires de nouvelle vague y thriller criminal.

– Has escrito la película junto a Jean-Claude Carrière, guionista de larga trayectoria que incluye películas con Luis Buñuel. ¿Cómo se fraguó esta colaboración y cómo ha resultado trabajar con él en Un hombre fiel?

Louis Garrel: En mi anterior película, Les deux amis (su debut como director), había una escena que me parecía muy sosa y le pedí consejo a Jean-Claude para mejorarla. Cuando proyectaron la película en el Festival de Cannes, el público se rio mucho con esa escena en particular. Desde los 14 años es un autor que me ha fascinado mucho y siempre había soñado poder trabajar con él. Una vez tuvimos claro que escribiríamos juntos este guion, trabajamos con el método del “cadáver exquisito”: se trata de un juego surrealista en el que vas juntando diferentes trozos de una historia sin saber lo que viene a continuación, sin ninguna idea preconcebida y así fuimos armando la película.

– ¿Puede ser Les deux amis la génesis de la relación de amistad que no se explica en Un hombre fiel, pero que es el detonante del filme?

L. G.: Uno se puede divertir haciendo estas asociaciones y particularmente me gusta buscar y encontrar correspondencias entre películas. Las dos películas son un estudio sentimental, la primera habla de un amor que se vive como una fiebre, un amor más adolescente; en cambio, en la segunda presenta un estudio más inquietante porque habla de la versatilidad de los sentimientos, los cuales no podemos controlar y esta situación nos aterroriza.

– La película ha levantado opiniones polarizadas: unos piensan que la película va de dos mujeres alocadas pendientes de un hombre y, en cambio, otros vemos en la película una divertida perversión de la rom-com en que dos mujeres manipulan a un hombre débil. ¿Qué te parece esta doble percepción?

L. G.: Las dos ideas son complementarias y pueden aceptarse a la vez. Abel, mi personaje, es tratado en todo momento como un hombre objeto, aunque al mismo tiempo no hay que subestimar que Abel pueda sentir placer, porque los hombres tenemos una parte masoquista en las relaciones sentimentales. Abel exhibe una virilidad distinta a la común, a la que nos tiene acostumbrados en la ficción, es una virilidad subterránea. La sumisión también puede ser una estrategia militar, porque Abel es el que decide volver a caer en ese juego.

Un hombre fiel

– Es muy llamativa la mezcla de film noir con una historia romántica como la de Un hombre fiel. ¿Por qué optaste por este cóctel de géneros? Toda esta parte noir evoca mucho a La mujer de al lado de Truffaut…

L. G.: En general, François Truffaut me fascina, sobre todo, como combina todos los géneros (tragedia, drama, comedia, intriga…) de una forma muy lúdica. Con sus películas nunca me aburro, las disfruto mucho y me estimulan muchísimo. Hitchcock decía que las escenas de amor había que rodarlas como un crimen y que las escenas de crimen había que rodarlas como escenas de amor. El crimen y el deseo están muy relacionados, ambas cosas son muy cinematográficas y me excitaba unir lo noir y lo sentimental, que en el fondo son lo mismo. Además, soy muy fan de Instinto básico y de joven me marcaron mucho esas escenas en que Michael Douglas está ahí a la expectativa de si va a llegar al éxtasis absoluto o van a acabar con su vida.

– A la parte romántica y la parte noir, hay que sumarle la parte puramente cómica de distensión total, sobre todo, con el personaje del niño y la apuesta por la rom-com más patética (esa escena de Abel en la Asamblea General).

L. G.: Milan Kundera se preguntaba si la profundidad debía ser grave o ligera. En este sentido, me gusta alternar ambas cosas y usar este contraste para que el espectador sea más libre, pueda escoger sus sentimientos en cada momento y al mismo tiempo que hubiese cierta distancia. Alternar estilos es una forma de mantener la tensión, porque el espectador está ahí sentado y se pregunta cómo avanzara la historia. Cuando era pequeño me gustaba mucho hacer trucos de magia y para que los trucos funcionen siempre hay que mostrar algo y esconder algo. Con las películas ocurre un poco lo mismo: el espectador sabe que hay un truco, peor al mismo tiempo hay que mantenerlo escondido para que la historia funcione.

– ¿El personaje del niño es la mirada inocente que puede tener el propio espectador ante el juego del trío protagonista?

L. G.: El personaje del niño funciona como eje porque hace cambiar de dirección cada capítulo hacia un tono o hacia otro. Él tiene un papel omnisciente con el resto de personajes. Quería evitar a toda costa el retrato de un niño bueno, porque la bondad y la inocencia son dos características poco infantiles, al contrario, cuanto más manipulador fuese más exacto a la realidad de los niños sería.

– Delante de las cámaras, estás arropado por Laetitia Casta y Lily-Rose Depp. ¿Por qué fueron tu elección final, qué buscaste en ellas?

L. G.: En Laetitia quería darle un rollo soberano, distinto a lo que nos tiene acostumbrados y darle un aire opaco y misterioso. En cuanto a Lily-Rose, la conocí en el rodaje de Planetarium, y me llamó mucho la atención que tuviese la misma edad que el personaje que estaba escribiendo para Un hombre fiel; al mismo tiempo me gusta mucho la energía que tiene, la cual no controla, y su peculiar voz.

– Desde pequeño has vivido el mundo del cine, porque tu padre ha sido uno de los nombres clave del cine francés de las últimas décadas. No obstante, ¿por qué has terminado siguiendo sus pasos?

L. G.: No fui a catequesis, pero sí mucho al cine y al teatro, como un acto religioso. En un ámbito más general, hacer cine me ayuda a vivir.

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