Documenta Madrid 2019: Crónica 2

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Exquisiteces varias en Documenta.

En esta edición de Documenta Madrid, la sección internacional Fugas está compuesta en su mayoría por cortometrajes. De dos de ellos os vamos a hablar en esta segunda crónica: Shooting crows y The common space, vistos en la misma sesión.

Bajo una neblina lúgubre y misteriosa aparece un parque suizo. La presencia del ser humano solo se intuye por los sonidos fuera de campo y mediante las explicaciones que se van narrando con texto sobre la imagen. Un guardaparque, un homeless y una paseante habitual del parque que desaparece son los personajes secundarios de una historia inventada en la que los principales testigos son los numerosos cuervos que lo habitan. En ellos y en sus actitudes ante las personas y la cámara se centra la directora Christine Hürzeler en el corto Shooting crows, una pieza exquisita en la que el negro de las aves sobre el blanco de la nieve que cubre el parque en combinación con los sonidos de la naturaleza y las respiraciones humanas, provoca una atmósfera tan inquietante como hipnótica.

The Common Space

En la rueda de prensa de presentación de Documenta Madrid 2019, David Varela calificaba The common space como una “joya de orfebrería” y no le faltaba razón. Si el año pasado, también en la sección Fugas, pudimos disfrutar del collage que proponía Guy Maddin en The Green Fog a través de las imágenes de varias películas con el telón de fondo de la ciudad de San Francisco, en esta ocasión, y en tan solo 10 minutos, la cineasta Raphaële Bezin recopila una treintena de películas ambientadas en la ciudad de Roma para conformar con ella una composición espectacular con la que mostrarla en todo su esplendor. A través del mosaico que realiza con las imágenes, Bezin nos muestra el latido de la ciudad, sus monumentos y calles más conocidos y reconocidos por los espectadores, su construcción, vida y supuesta destrucción. Un trabajo espectacular de montaje al que merece mucho la pena acercarse.

Andrés Rodríguez Rodríguez es un sexagenario cubano, veterano de las guerras de Angola y Nicaragua, para el que la Revolución cubana y la guerra en general es toda su vida. Una revolución en la que por edad no pudo participar, mal que le pese, cuyos preceptos y discursos conoce y difunde al pie de la letra. Su rutina transcurre entre su preparación física y mental para una hipotética guerra contra los Estados Unidos y la búsqueda casi obsesiva de sus antiguos compañeros de batallón. La soledad y los recuerdos de Andrés son la base de Para la guerra, documental con el que el argentino Francisco Marise debuta en la dirección. Tras los ejercicios de este veterano se dejan ver las heridas no físicas que provocan las guerras, heridas que no cicatrizan sino que siguen supurando alimentadas por unos ideales que basan todo su discurso en el enfrentamiento con el “enemigo”. Marise observa a Andrés dejándole hacer, dejándole hablar y soñar con una vida que no es vida pero que para él merece ser vivida y perder la suya si es preciso. Entremezclándose con esa contemplación del protagonista, se incluyen imágenes de archivo de las fuerzas especiales cubanas instruyendo a jóvenes cadetes para esa supuesta guerra para la que deben estar preparados según el régimen, así como grabaciones hechas en la oscuridad de la noche en plena guerra nicaragüense. Para la guerra es, en definitiva, el testimonio de un ideal imposible y a la vez incorruptible en una generación de cubanos criada bajo el amparo de Fidel al que siguen venerando incluso después de su muerte.

Para la guerra

Sin ideales, sin un futuro halagüeño ni un presente favorable para ello, los adolescentes de uno de los barrios napolitanos con más influencia de la Camorra intentan sobrevivir día a día e incluso hacerlo sin caer en las atractivas garras de la delincuencia. El asesinato del joven Davide Bifolco a manos de un carabinero que le confundió con un fugitivo, fue lo que llevó a Agostino Ferrente a acercarse al barrio y a los jóvenes que conocieron a Davide en vida y a aquellos que en la actualidad (3 años después del suceso) tienen la misma edad que él cuando murió, para comprobar a través de sus ojos qué clase de vida llevan. Ferrente elige a dos de los chicos que se presentan al casting para ser los protagonistas del documental y les entrega un smartphone para que sean ellos mismos quienes se graben en modo selfie. La película así rebosa naturalidad por los cuatro costados sin dramatizaciones ni maniqueismos, únicamente la rutina en el barrio de Alessandro y Pietro. El director se emocionaba tras la proyección de Selfie al recordar a los protagonistas de su película, y no es para menos porque la intensidad de la relación de amistad de los dos jóvenes,de las relaciones paterno-filiales que se muestran – el padre ausente de Alessandro con el que sigue conversando en un monólogo que probablemente nunca escuchará; el padre orgulloso de Pietro por no sucumbir a la delincuencia a pesar de no encontrar trabajo; el padre triste que perdió a su hijo Davide sin razón -, y la aceptación del destino que les espera por haber nacido donde lo han hecho, hacen imposible no emocionarse con una de las películas que más nos han gustado de lo que llevamos de Documenta Madrid 2019.

Selfie

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