D’A Film Festival 2019: Vivir deprisa, amar despacio

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Amar en tiempos de sueños y dificultades.

Tras un título muy evocador, el último filme de Christophe Honoré amaga una gran verdad, ante el frenesí del día a día y de la vida urbana, no hay nada como, al menos, reservar mucho tiempo para aquello realmente importante: amar y ser amado. También es cierto que en la película tenga mucho más sentido otorgar mayor trascendencia a lo segundo ante la fatalidad del SIDA, puesto que la película se ambienta a principios de los 90 cuando la enfermedad eclosionó con dureza en la comunidad homosexual. Arthur, Jacques y Mathieu son el trío protagonista y transmiten una vitalidad desbordante, una voluntad férrea de cumplir sus sueños más ansiados y una capacidad innata para sobreponerse a las adversidades.

Vivir deprisa, amar despacio quizás sea la película menos afectada y con menos estridencias estilísticas de la filmografía de Honoré, una decena de obras que han sido objeto de la retrospectiva de este año del D’A Film Fest de Barcelona, incluyendo este último trabajo que concursó por la Palma de Oro en la anterior edición de Cannes. Centrada en los vaivenes de estos tres personajes que se manejan entre el descubrimiento de su sexualidad (Arthur, el joven universitario de la Bretaña) y la huida hacia adelante en una época de desencanto (Jacques, el escritor cuarentón residente en París), pero ambos impregnados por una inquebrantable intención de vivir plenamente su relación de amor como si lo mejor aún estuviera por llegar a sus vidas.

La película se maneja entre la melancolía, la ironía y el albedrío, aunque, sin ahondar excesivamente en ello, también hay espacio para el drama más íntimo, desde la pulcritud y el director logra despojarse de la carga sentimental propensa a la lágrima fácil que impera en muchas ocasiones en los relatos con la enfermedad del SIDA en su argumento. De hecho, Vivir deprisa, amar despacio no gira en torno a las dificultades del colectivo ni en su lucha por sus derechos como sí lo era otra notable propuesta del cine francés reciente (120 pulsaciones por minuto), sino que Honoré incide más en cimentar un universal canto a la vida, al amor libre y pasional. Las emociones de los personajes se sienten propias en un ejercicio de depuración estilística que prima lo natural y carnal en las relaciones a los acontecimientos que propulsan un desarrollo abrupto y propician altibajos. La cinta adolece, por una parte, de una puesta en escena demasiado plana y acomodada en las virtudes de su guion; y, por otro lado, en una falta de concreción en su tono que altera constantemente la fluidez de la historia.

Desde su lanzamiento al estrellato con El desconocido del lago, Pierre Deladonchamps se ha convertido en uno de los mejores actores del cine francés y su labor en Vivir deprisa, amar despacio es uno de sus mejores trabajos hasta la fecha. Su rostro es la viva imagen de la alegría desatada y la tristeza contenida. Sus compañeros de reparto no se sitúan demasiado lejos, porque tanto Vincent Lacoste como Denis Podalydès están estupendos en sus respectivos papeles. Los tres derrochan una joire de vivre que se cristaliza en su máximo esplendor en la escena musical que aparece en el póster de la propia película. La nueva película de Christophe Honoré es con diferencia uno de sus mejores trabajos, pero de todos modos el resultado es un tanto irregular, aunque contiene algunas escenas muy evocadoras, como la citada del baile o el primer encuentro en el cine. Podría haber brindado una obra redonda, pero parte de su proeza reside en la gracia de construir esta romántica historia a base de instantes más o menos emotivos.

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