D’A Film Festival 2019: Crónica 3

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La familia como eje central en la 3ª crónica del D’A.

El primer fin de semana del D’A Film Festival ha estado marcado por el encuentro entre varias películas que tienen la familia como eje central. Su identidad, la de la familia, que tanto se ha desdibujado con el paso de los años, sobre todo en su versión más arquetípica, se redefine ahora a través de nuevas fórmulas basadas en relaciones líquidas y efímeras pero que comparten un común denominador: el amor puro y visceral. En el marco de esta nueva organización emocional el director francés Félix Moati busca conmover al espectador con su primer largometraje Deux Fils (Fathers and Sons), un drama ácido y en clave de humor sobre la difícil relación de un padre con sus hijos. Joseph Zuccarelli (Benoit Poelvoorde) es viudo y acaba de perder a su hermano. Desde que este enfermó ha abandonado en secreto la práctica de la medicina para dedicarse a la literatura, algo que no se le da nada bien. En paralelo, sus hijos Joachim (Vincent Lacoste) e Ivan (Mathieu Capella) también atraviesan su propia crisis existencial; el primero a causa de un mal amor que le trae por la calle de la amargura y del que no termina de recuperarse, y el otro, Iván, que contempla impasible como sus principales referentes masculinos se derrumban en medio de un comportamiento desconcertante. Lejos de apostar por el drama fácil, Moati decide dibujar la historia desde la melancolía y un amor incondicional hacia sus personajes, a los que empuja, pero no demasiado, a replantearse su propósito de vida. No obstante, la película no es más que una anécdota, una repetición de clichés y bromas fáciles que no esconden un nuevo monográfico sobre el duelo y las crisis existenciales que todo ser humano sufre a lo largo de su vida.

The Sisters Brothers

Si Moati ata en corto a sus personajes, Jacques Audiard deja total libertad a los suyos en The Sisters Brothers (Los hermanos Sisters), una revisión de los westerns clásicos de los años setenta que narra la historia de Joaquin Phoenix y John C. Reilly, dos hermanos que se ganan la vida como mercenarios en el salvaje Oeste. La acción que define al género pasa a un segundo plano (no por ello Audiard renuncia a los tiroteos y a la violencia) para que podamos disfrutar de una relación fraternal en estado puro, casi visceral. Dos hermanos que pese a ser diferentes se aman y se aceptan tal y como son, algo que suele ser incluso más difícil que salir vivo de cualquier trifulca en un salón. La delicadeza y el afecto con el Audiard construye a sus personajes (ni que decir cabe que todo el reparto resulta brillante sin excepción) contrasta con la crueldad del mundo, todavía en construcción, en el que viven. Si los hermanos Sisters simbolizan la anarquía y el caos de dicho mundo, los hombres a los que persiguen, Jake Gyllenhaal y Riz Ahmed, representan la civilización y el progreso que desean fundar una nueva sociedad basada en la democracia. Pero la codicia es y ha sido siempre la gran debilidad del hombre, y lo que parecía el inicio de un próspero negocio con la fórmula desarrollada por Ahmed para que las pepitas de oro brillen en el agua, termina por llevarlos a la ruina. Un brillante drama que ha resultado ser todo un descubrimiento dentro del festival.

Nuestro Tiempo

Sin movernos del género, Carlos Reygadas nos traslada a un idílico rancho de México para reflexionar sobre el poliamor y la masculinidad en Nuestro tiempo, una especie de western postmoderno de casi tres horas de duración. Durante este tiempo Reygadas, que también es el protagonista del film junto a su mujer y montadora Natalia López, despliega un complejo mecanismo para descifrar el sentido de las relaciones de pareja y hasta dónde podemos llegar para mantenerlas, aunque esto incluya inmiscuirse en la privacidad del otro o incluso llegar a someterlo. Reygadas da vida a un empresario y poeta llamado Juan que regenta un rancho con su esposa interpretada por López. Ambos tienen una relación abierta y sin complejos. No obstante, todo cambia cuando aparece Phil, un amigo de la familia por el que Natalia sentirá una poderosa atracción. Víctima de los celos, Reygadas iniciará una destructiva operación para recuperar el amor de su esposa y por qué no, también su hombría. La belleza fotográfica que Reygadas filma en un poderoso cinemascope contrasta con la tormenta interior de los personajes, siempre crípticos y poco traslucidos que parecen atrapados en la represión de sus propios deseos. El resultado es pretencioso con destellos de genialidad, un ejercicio bello, en el que la sensibilidad de los personajes se enfrenta a los impulsos irrefrenables de la naturaleza y las pulsiones animales de las reses del rancho.

Cerrando el hilo de dramas familiares, la sesión de Ray & Liz contó con la presencia del director y fotógrafo Richard Billingham, que presentó el film como un ejercicio de exorcismo emocional a partir de sus recuerdos de infancia. Desde su adolescencia, Billingham ha retratado su entorno a través de la cámara, fotografiando la realidad de la clase obrera de la Inglaterra de los años ochenta. El resultado sorprende por la frescura y lo arriesgado de su apuesta. Lejos de quedarse atrapado en el drama fácil, Billingham conforma su discurso a partir de una mezcla entre humor negro, desesperación y hastío. Un desencanto rodado en un claustrofóbico formato 4/3 de 16 mm que, como la cámara de fotos, retrata a los personajes de una manera implacable. Pero pese a lo visceral del resultado, en Ray & Liz se vislumbra un rayo de esperanza, una apuesta por las segundas oportunidades, por el perdón.

Ray & Liz

Mucha gente podrá decir que películas como Sophia Antipolis son necesarias en los tiempos que corren. El debut de Virgil Vernier, que viene de dirigir los interesantes Mercuriales o Orléans, nos presenta la realidad de Sophia Antipolis, un extraño parque tecnológico situado al sureste de Niza. Diferentes historias y protagonistas construyen la identidad de este paraje, tan indómito como hipnótico, a la vez que retratan la convulsa sociedad de la Francia actual, salpicada por el malestar social y el feroz capitalismo. La superficialidad de los centros de belleza, el recelo que provoca la inmigración o la falsa espiritualidad que promente las nuevas religiones postmodernas son algunos de los males que adolecen Sophia Antipolis, y que también forman parte de nuestra realidad. Rodada en 16 mm, Vernier encuentra el perfecto equilibrio entre el documental y la ficción para acercarnos a los habitantes del parque, que pululan como juguetes rotos por sus edificios futuristas. Sobre ellos planea la sombra del asesinato de Sophia, una joven que murió calcinada y para la que no parece haber justicia. Una cinta arriesgada y trágica que no dejará indiferente a nadie.

Sophia Antipolis

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