D’A Film Festival 2019: Crónica 1

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Primera crónica del D’A con lo nuevo de Louis Garrel, Ben Wheatley y Jonás Trueba.

Para buena parte de la cinefilia barcelonesa este es el mejor festival de cine de la ciudad condal y razones no le faltan, empezando por la excelente selección de las películas. Un resumen del mejor cine de autor del pasado año que, en esta edición, ha dado el pistoletazo de salida con Un hombre fiel, la segunda cinta como director de Louis Garrel. Un divertido y juguetón estudio de las relaciones de pareja que compitió por la Concha de Oro en el pasado Festival de Donostia, donde ganó el premio al mejor guion, escrito por el propio Garrel junto a Jean-Claude Carrière, colaborador habitual de Luis Buñuel. Un triángulo amoroso es el eje vertebrador de esta historia que tanto aboga por el drama (el germen de todo), como por la comedia disparatada (sin complejos se adentra en los códigos de la rom-com popular) o el film noir (cada escena respira misterio) y así mismo combina muy acertadamente la ternura con la amargura y su vertiente cómica funciona como distensión gracias al roba escenas del personaje del niño. Garrel, con esta ingeniosa y rohmeriana reflexión sobre el amor y la monogamia, ha superado con creces a su irregular y pretenciosa ópera prima, Les deux amis. El tándem Garrel-Carrière logra una concisión narrativa exquisita en un ejercicio de sublime escritura y gran uso de las elipsis temporales. Por último, la notable Un hombre fiel también destaca por la labor interpretativa del trío protagonista: el propio Garrel, en un rol que ensalza la nueva masculinidad y la vulnerabilidad de los hombres, y la luminosas Laetitia Casta y Lily-Rose Depp, dos mujeres fuertes, capaces de llevar al protagonista a su son.

El D’A Film Fest también ha acogido el estreno en España de Happy New Year, Colin Burstead de Ben Wheatley, uno de los habituales al certamen tras los éxitos logrados con la estupenda High-Rise y la divertidísima Free Fire. Su nueva película es un regreso al espíritu de sus primeras obras en la que explora las particularidades de una familia reunida para celebrar el inicio del nuevo año. Una velada con aires de la Celebración de Vinterberg, pero con las señas de identidad del cineasta británico, su negrísima mirada a la conducta del ser humano y su particular sentido del humor. Wheatley tritura las relaciones familiares en un cóctel confuso, con constantes altibajos y demasiada teatralización en su puesta en escena, no en vano recuerda ligeramente a los Trabajos de amores perdidos de William Shakespeare. Un filme más íntimo que sus últimas propuestas, que resultaron más rupturistas dentro de su filmografía, pero con menos enjundia y con algunos subrayados de más. Donde Ben Wheatley ha dado completamente en la diana es en la selección de un elenco sin mácula donde brilla especialmente Neil Maskell, que vuelve a ponerse a sus órdenes tras Kill List.

Happy New Year, Colin Burstead

Una de las sección más especiales del D’A Film Fest es la Sala Jove, donde un grupo de jóvenes estudiantes de cine ejercen como programadores. Entre sus escogidas de este año se encuentra el macro proyecto de Jonás Trueba Quién lo impide. Por el momento son cuatro piezas audiovisuales, a medio camino entre la ficción y el documental, pero con material para ofrecer otras visiones sobre la adolescencia y con la voluntad e ideas de rodar más en el futuro. Este cronista pudo disfrutar de los pases de Solo somos y Si vamos 28, volvemos 28. El primero de ellos supone el seguimiento durante tres años de un grupo de chavales de entre 15 y 18 años que reflexionan alrededor de la representación en la ficción de la adolescencia, los tópicos y la visión que tienen los adultos de la gente de su edad. El director de La reconquista se adentra en la psique de los jóvenes y realiza un portentoso estudio, siempre interesante, pero sabiendo que su papel no es el primordial y cediendo el espacio a las conversaciones, sensaciones y miedos internos de todos ellos. Él solo debe capturar toda esta amalgama de temas y darles una cohesión narrativa en este largometraje, nada lúcido en lo formal -ni lo pretende- y con la vocación de resultar se una obra inacabada, en constante transformación. Especialmente lúcida es la última escena en que cuatro de ellos se enzarzan en un debate político y de pérdida de ideales muy revelador; también la escena en que se aborda el acoso escolar desde una óptica nada complaciente.

Quién lo impide – Si vamos 28, volvemos 28

Lo mismo puede atribuirse a Si vamos 28, volvemos 28, en la que ahonda en la misma realidad, pero jugando más a crear una ficción de todo ello. Esta pieza de Quién lo impide narra el viaje de fin de curso de una clase de Bachillerato durante seis días por Andalucía. Donde más acierta Trueba es en mostrar la soledad interior, más allá de la física evidente, que a esa edad sienten muchos adolescentes ante el temor de defraudar, no sentirse parte de un todo o simplemente no compartir intereses con buena parte del resto. En esta pieza se respira mucha naturalidad (la escena en que se preparan para salir de fiesta, las salidas nocturnas o el baile de final de viaje) al estar más centrada en narrar una historia y no tanto en el ejercicio de estudio que impera en Solo somos, cuyas escenas son más producto de las entrevistas y no de la construcción posterior de las ideas expuestas. En Si vamos 28, volvemos 28, el cineasta y el grupo de adolescentes conversaban sobre sus preocupaciones y, a partir de ahí, elaboraban qué escenas podrían funcionar mejor y las incluían en el plan de rodaje del día siguiente. Quién lo impide no es tanto dar la voz a adolescentes para que viertan sus pensamientos (nunca furia ni indignación sin fundamento), que obviamente también, sino más un ejercicio cinematográfico de usar el tiempo como herramienta fundamental para capturar y observar como las ideas mutan como el paso del tiempo. Y más a unas edades en que lo visceral y esperanzador es más fuerte.

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