Críticas: La viuda

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Tráeme el bolso y jugaremos.

Aquí, queridos lectores, hay que avisar de buenas a primeras: se viene a jugar y a no buscar los tres pies al gato. La viuda es un placer culpable para mayor gloria de Isabelle Huppert, en un registro paródico tan divertido como desconcertante, cuya consistencia narrativa pende de un hilo entre la sofisticación más inteligente y los tics del telefilm más barato de sobremesa. De caer rendido a lo primero u ofuscarse con lo segundo dependerá el disfrute de cada uno con el nuevo trabajo de Neil Jordan; así pues lo mejor será obviar la racionalidad en ciertas decisiones de los personajes y alguna licencia en el desarrollo de la trama argumental y dejarse llevar. Como dice el dicho: pasen y vean.

El bolso perdido en el Metro de Nueva York como reclamo para las víctimas, algo así como los caramelos de Hansel y Gretel en versión contemporánea y urbanita. Greta, el personaje de Huppert y el nombre del título original de la película, es una mujer de mediana edad, viuda y pianista retirada que vive en la más absoluta soledad y arremete contra la bondad de los pasajeros que acuden a devolverle su bolso. Entabla amistad con ellas, sí, normalmente, la alma cándida dispuesta a buscar la casa de la dueña del bolso es una chica joven. El caso que nos ocupa es Frances, una ingenua estudiante que se muda de Boston a Manhattan para continuar su formación. Entre las dos se forja una relación muy cercana que, poco a poco, va derivando en un perverso juego de adicción, celos y posesión.

En sus tres largas décadas de carrera, Neil Jordan ha ido labrándose una filmografía de lo más ecléctica y con La viuda ha entrado de lleno en el terreno del pyschothriller más juguetón. En sus dos primeros actos, el cineasta se muestra muy hábil con los códigos del género, define muy bien a las dos protagonistas y enarbola un interesante discurso sobre el individualismo en la sociedad contemporánea mediante la locura de una desquiciada mujer en los tiempos convulsos de estos últimos años. Quizás su mayor flaqueza sea la combinación de distintos estilos: desde la seriedad de este mensaje, al drama freudiano, pasando por el gran guiñol de la protagonista y deviniendo, en su último acto, en el juego de gato y el ratón más autoparódico y chirriante imaginable.

No hay lugar a dudas de que este tercer acto es el talón de Aquiles de La viuda, donde aguardan las licencias de guion que uno acepta comprar y disfrutar o comprometen gravemente el visionado de la misma y, por extensión, la percepción final y global de la película. Desde la irrupción del personaje de Stephen Rea todo se desarrolla en una tesitura distinta, hay desatinos y soluciones abruptas e inverosímiles, pero el gozo es constante y reconfortante si uno acepta estas (no) reglas del juego. Además, Jordan logra mantener vivo el espíritu y el tempo narrativo en todo momento, la intriga y los giros argumentales son revulsivos ante estos (necesarios) saltos de fe. Para todo ello es capital el tour de force de Isabelle Huppert, al borde de lo ridículo, pero firme en el terreno de las grandes damas de la interpretación de personajes perturbados y desequilibrados. Una moderna Joan Crawofrd de ¿Qué fue de Baby Jane? A su lado, Chloë Grace Moretz y Maika Monroe se entregan con convicción y fuerza al duelo de jeringuillas con la actriz francesa.

La viuda funciona en todo momento, aunque también desatina constantemente en su tercer acto y su amalgama de estilos le pasa factura, pero solo por la locura de su protagonista, su perverso juego y el humor autoparódico ya merece definirse como el pasatiempo más endiabladamente divertido de la cartelera actual.

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