Sant Jordi BCN Film Fest 2019

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Resumimos lo que pudimos ver en el Sant Jordi BCN Film Fest 2019.

Los días previos y posteriores a la Diada de Sant Jordi se han convertido en los tres últimos años en una alfombra roja cinematográfica en Barcelona con la celebración del BCN Film Fest. El certamen aspira a ser la gran cita del séptimo arte en la capital catalana y atraer a las estrellas de todo el mundo; este año, su principal reclamo ha sido la presencia de Jeremy Irons, que ha presentado un documental sobre el Museo del Prado. Otra de las visitas más notorias ha sido la del director británico Mike Leigh para estrenar en exclusiva en España su última película, La tragedia de Peterloo, cuyo estreno está fijado para el próximo 10 de mayo en salas. El director de Secretos y mentiras reconstruye uno de los días más tristes de la Historia del Reino Unido con la masacre que perpetuaron las autoridades del país en una protesta pacífica en Manchester en favor de la implantación del sufragio universal. Una película muy apreciable, pero que siempre está lastrada por su visión tan añeja y clásica del cine.

El punto culminante del filme es el acontecimiento de la tragedia augurada en su título, son sus últimos veinte minutos, asombrosos a nivel técnico y rodados con una elegancia y virguería trepidante. Leigh consigue que el temor de los manifestantes y su dolor se incrusten bajo la piel del espectador, el desasosiego es compartido y la impotencia es el sentimiento que permanece tras el último disparo. La imagen, al fin y al cabo, como herramienta para combatir la injusticia. No obstante, La tragedia de Peterloo tiene una previa de dos horas de larga crónica histórica, ampliamente detallada y fraguada en decenas de disputas de un pueblo llamado a alzar su voz. En este terreno, el cineasta británico es incapaz de crear imágenes para el recuerdo y parece estar cómodo en un cine acartonado, cuyo global resulta irregular a todos los niveles. La lucha por los derechos civiles está encabezada por los dos protagonistas de la película y ejercen de motor en este relato excesivamente enciclopédico que, salvo un par de escenas, resulta demasiado frío y distante. Mike Leigh no ha brindando una de sus mejores obras con La tragedia de Peterloo, ni mucho menos, pero es estimable en algunas de sus vertientes y, por encima de todo, es un ejercicio de memoria histórica muy pertinente 200 años después de la atrocidad acontecida.

VItoria, 3 de marzo

La perdida de libertades está muy en boga en los últimos años con el auge de la extrema derecha en toda Europa y la represión por parte de los cuerpos policiales en manifestaciones pacíficas. Siguiendo con la línea de denuncia social de La tragedia de Peterloo, el cine español ha presentado Vitoria, 3 de marzo, la ópera prima de Víctor Cabaco sobre el asesinato de cinco obreros a manos de la policía durante la huelga general de 1976 en la ciudad vasca. Uno de los grandes alicientes (y aciertos) del filme es el uso de las grabaciones reales entre los agentes de servicio durante esas horas: sus palabras desprenden odio, brutalidad y una frialdad descorazonadora frente al pacifismo de los huelguistas. De este modo, el festival presenta otra crónica histórica que ofrece una pertinente revisión de lo acontecido para apuntar consonancias con el presente. Vitoria, 3 de marzo es una película sólida y bien ejecutada, tanto en su vertiente más íntima como en su reconstrucción de los fatídicos hechos de la jornada sangrienta, pero es presa de su propio juego. El uso de las grabaciones es lo mejor, pero también resta capacidad fílmica al conjunto; si el director apuesta por la ficción, la fuerza de lo documental debería haber quedado en segundo plano. Precisamente, los personajes son la mayor flaqueza de la cinta, porque todos resultan muy estereotipados y su desarrollo es tan predecible como aleccionador (el padre periodista con su arco evolutivo). Vitoria, 3 de marzo es un buen debut pero queda lejos de propuestas similares de denuncia social y política de nuestro cine como Salvador (Puig Antich).

Por último, en el certamen barcelonés también se ha podido ver la gran apuesta animada del cine español de este año: Buñuel en el laberinto de las tortugas. Estrenada en cines el pasado viernes, el director Salvador Simó adapta el cómic de Fermín Solís sobre el rodaje de Las hurdes (Tierra sin pan), el tercer mediometraje de Luis Buñuel, y la relación del genio surrealista con Ramón Acín. Con buena parte del equipo de la magistral Arrugas a sus espaldas, la película es un fantástico viaje por la mente del cineasta español más reconocido de la historia y una oda a la libertad artística, una defensa de la creación como herramienta para enriquecer la cultura y el presente de un país. En un plano más particular, Simó también apuesta por indagar en el arte como la mayor forma de expresión de los miedos internos: en el caso de Buñuel, su relación con su padre y el temor a defraudarle.

Por otra parte, Buñuel en el laberinto de las tortugas resulta muy interesante también como reflejo de la megalomanía del artista y las reflexiones sobre la mirada del cineasta hacia aquello que quiere capturar con la cámara. En el rodaje de Las hurdes (Tierra sin pan), el director de Viridiana no titubeó ante la posibilidad de lograr las imágenes deseadas aun teniendo que pervertir la propia realidad y manipular lo acontecido. Ahí es cuando la película de Simó traspasa la frontera del simple biopic y pone de relieve las ambiciones artísticas de un autor, convirtiendo así Buñuel en el laberinto de las tortugas en una película mucho más completa. El uso de la técnica de animación es la herramienta perfecta para humanizar la terrible realidad del pueblo extremeño, una de las zonas más pobres de España en los años 30. Quizás no tan redonda como otras películas recientes españolas de animación, pero sí se trata de una notabilísima propuesta que probablemente se alce con el Goya en su categoría. Méritos no le faltan.

Buñuel en el laberinto de las tortugas

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