Críticas: Quiero comerme tu páncreas

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El anime más empalagoso.

No descubriremos la sopa de ajo si afirmamos que a menudo las películas de anime, especialmente aquellas cuyo foco principal es una historia de amor, tienden a una excesiva cursilería que en ocasiones funcionan con mayor holgura como en la reciente Your Name, película con la que un servidor no comulga en demasía. Ahora bien, en comparación a Quiero comerme tu páncreas, la película de Makoto Shinkai es la Casablanca del cine japonés. Sí porque en este debut de Shin’ichirô Ushijima lo empalagoso rebasa la frontera de lo ridículo y los vaivenes emocionales de los dos protagonistas resultan asfixiantes con sus relamidos diálogos y su esteticista puesta en escena.

Partiendo de la novela homónima de Yoru Sumino, Ushijima construye un drama romántico a destiempo a modo de flashback tras la muerte de Sakura, a causa de una larga y terminal enfermedad, y con la lectura de su diario personal por parte “Yo”. Vivir con la muerte es el título de las experiencias personales escritas por ella y el nexo de unión entre ambos en una sala de espera de hospital, aunque son compañeros de clase desde hace años y nunca antes habían entablado palabra alguna. Sakura se agarra a “Yo” para exprimir al máximo sus últimos meses de vida y tener un confidente inesperado y este poco a poco irá ablandando su corazón de piedra y mostrará su vulnerabilidad y sensibilidad interior, cuya coraza se desmoronará ante la realidad y la floración de sentimientos afectivos.

Precisamente, la construcción de los personajes, su psicología y su arco argumental como proceso de maduración a marchas forzadas son de largo lo mejor de la película y resulta muy decepcionante comprobar cómo el azucarado y sensiblero envoltorio engulle la interesante y sólida propuesta. Un tono más comedido, sin tantas estridencias ni exceso de lo melodramático teenager, podría haber dado como resultado un buen drama romántico al estilo de A Silent Voice, otro anime de los últimos años que ha sabido aprovechar mucho mejor todas las herramientas del género. Quiero comerme tu páncreas, con un giro argumental de primero de pornografía sentimental, deriva en su recta final en una especie de Nicholas Sparks indigesto en versión animada.

Si la conjunción de voz en off, músicas varias y frases rimbombantes no fuera suficiente en sus letárgicos dos primeros actos, el tercero es directamente de juzgado de guardia con sus extasiantes sucesivos epílogos (incluida una escena post créditos) que no aportan absolutamente nada, más allá de un regodeo en el tremendismo del protagonista y la reiteración de ideas para inducir todavía más el llanto del espectador. De hecho, el mayor problema de la película es su tono, el cual resulta completamente cansino y lacrimógeno sin emocionar ante tanta pretensión. Quiero comerme tu páncreas encandilará a buena parte de su público objetivo, pero la sensación global es la de haber desaprovechado un buen material de partida (los dos protagonistas poseen mucha fuerza) y haber desembocado en una de las peores películas de animación del cine japonés reciente.

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