Críticas: Mentes brillantes

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La amistad, entre el estudio y la rivalidad.

Sin Medicina no hay vida. No tanto por la necesidad del cuerpo humano de recurrir a la ciencia para mantener a salvo su salud, sino por la perseverancia vocacional de los estudiantes universitarios. Como los protagonistas de Mentes brillantes, cuyo objetivo es entrar en la facultad para convertirse en médicos y es el eje central de todo su desarrollo profesional y social. En Francia, hay un curso inicial para lograr el acceso a Medicina, con unos exámenes muy exigentes, si no logras plaza puedes derivar tu carrera hacia Veterinaria, Farmacia u otras modalidades que comparten ese temario inicial. Mentes brillantes es un buen drama, con acertados tintes cómicos, que presenta la crónica de este crucial año focalizándose en la entrañable y emotiva relación de amistad entre dos estudiantes.

Por un lado, Antoine se prepara por tercer año para aprobar dichos exámenes y poder cumplir su preciado sueño y superar sus dificultades para el estudio. Por otro lado, Benjamin tiene mucha facilidad con el aprendizaje y memorización, pero no tiene nada claro su futuro, no posee el mismo espíritu vocacional para convertirse en médico y la elección parece suscitada para no defraudar a su padre. Entre los dos jóvenes se establece una relación de amistad pura y verdadera en todos sus registros, con sus altibajos, sus recelos y, sobre todo, con esa incapacidad por comunicar los sentimientos a sabiendas de que el otro será capaz de entenderlo y si no tocará esmerarse en enmendar la confusión.

No es habitual encontrarse con una ficción que explique con tanta convicción y certeza cómo es una relación de amistad entre dos chicos, alejados de los arquetipos de género, pero al fin y al cabo normales y corrientes. Por ejemplo, nunca conversan, entre temario y temario, sobre deporte, coches o de chicas. Tampoco todas las charlas durante los nueves meses versan sobre medicina, simple y llanamente son dos jóvenes con más preocupaciones y temas por compartir. La mayor diferencia entre ambos es el estatus social y, quizás, entre la persistencia de Antoine y el titubeo de Benjamin se esconda un interesante subtexto sobre la desigualdad entre clases sociales y la falta de oportunidades.

La afirmación inicial de esta reseña “Sin Medicina no hay vida”, también podría aplicarse a Thomas Lilti, el director y guionista de Mentes brillantes. Médico de profesión, el francés lleva cinco años en el mundo del cine con tres obras centradas en el mundo hospitalario: la residencia de los jóvenes y la vida laboral de todo el personal de un centro médico en su modesto debut Hipócrates, la sanidad como nexo de unión de las zonas rurales en el sleeper Un doctor en la campiña y la esclavización de unos exámenes como reflejo de la desigualdad social en esta Mentes brillantes. Sus películas son sencillas, a menudo demasiado; suele acertar en los personajes y la presentación de los conflictos, pero en cambio el desarrollo de las historias y la puesta en escena son un tanto rutinarias y se echa de menos mayor riesgo y menos convencionalismos.

Para lograr esa veracidad en la relación fraternal entre los dos protagonistas es indispensable contar con dos actores a la altura de los estupendos personajes. Vincent Lacoste y William Lebghil cumplen con creces el cometido y dotan a sus respectivos Antoine y Benjamin de una frescura y naturalidad que reportan un mayor grado de identificación del espectador con sus vicisitudes estudiantiles y, en definitiva, trascendentales y vitales. Los diálogos médicos y juegos de memorización entre ambos son tan solo la punta del iceberg de una amistad puesta a prueba por las limitaciones del sistema. El desenlace, excesivamente complaciente, es, a su vez, muy revelador y emotivo. En Mentes brillantes quizás no haya la genialidad que prodiga su título, pero sí es una película más que correcta y disfrutable por sus personajes y tono liviano.

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