Críticas: La sombra del pasado

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¿El arte como verdad máxima?

Una golondrina no hace verano. Este popular refrán define perfectamente la breve, pero intensa filmografía de Florian Henckel von Donnersmarck, porque una gran película no te convierte por extensión en un gran cineasta y mucho menos tras sus posteriores obras. El director alemán conquistó a gran parte de la cinefilia con la excelente La vida de los otros, su aclamado y multipremiado debut (incluido el Oscar). Este meteórico inicio de carrera le abrió las puertas de Hollywood, aunque fracasó estrepitosamente con la insustancial The Tourist. Por ello, su regreso a su Alemania natal con La sombra del pasado fue recibido con gran entusiasmo, incluyendo su selección para competir por el León de Oro en el Festival de Venecia, pero el resultado no ha cumplido todas las expectativas. Y no, no se trata de desencanto por un supuesto hype, sino porque Henckel von Donnersmarck parece haber perdido todo el brío que demostró en su deslumbrante opera prima.

El principal escollo de esta película ya se presenta desde buen inicio con sus desmesuradas aspiraciones narrativas y artísticas. Para empezar, la historia se centra en Kurt Barnert, un joven estudiante de Bellas Artes en la Alemania del Este tras el final de la Segunda Guerra Mundial. El chico se enamora de Ellie, su compañera de clase, hija de un reputado médico que no acepta la relación entre ambos y está decidido a destruirla. Para más inri, el pasado de los tres está mucho más unido de lo que ellos creen, en el contexto de una de las mayores atrocidades de la historia de la humanidad. Para desarrollar este drama histórico, el cineasta presenta tres largos -y atropellados- actos (de una hora cada uno): infancia del protagonista, época universitaria e inicios de su carrera profesional como artista. Tres décadas de cambios históricos y sociales en la Alemania convulsa de la segunda mitad del siglo XX y, sobre todo, cambios emocionales del joven protagonista.

El desarrollo, cronológico en todo momento, pero con múltiples ramificaciones y pretendidas metáforas visuales, resulta caótico y extenuante a la vez. La sensación global es la de estar visionando una mini serie de cinco o seis episodios condensada en una película de tres horas y no una obra con entidad propia y un sentido concreto que abrace todo su metraje. Algunas de las subtramas no encajan con el conjunto, otras tienen un largo paréntesis y cuando se retoman ya habían caído prácticamente en el olvido. Además, el quid de La sombra del pasado no se revela hasta el final del tercer acto cuando la reflexión sobre la verdad, la expresión artística como forma de recuperar el pasado y purgar los fantasmas interiores aflora como una película totalmente distinta y muy interesante. No obstante, esto acaece en los últimos veinte minutos, termina pronto y han llegado tras otros 150 muy confusos, no por la dificultad narrativa (ninguna) sino por su absoluta falta de definición.

Desde luego que el exceso de pretensiones argumentales termina engullendo el relato general vertebrado en distintas ramificaciones y si la película hubiese versado únicamente en este último aspecto, podría haber asentado las bases para una historia mucho más concisa, sutil y meditabunda. Por otro lado, el cineasta alemán también erra con sus ínfulas en la propuesta visual, a menudo, con metáforas demasiado evidentes y juegos de espejos y sonoros muy toscos. En este sentido, la música original de Max Ricther, pese a ser una bella composición y con algunos temas francamente elogiables, resulta muy cargante en su abuso en momentos de catarsis como la escena ante los autobuses con su famoso -y no original para la película- November. Una clara muestra de que la ambición de Florian Henckel von Donnersmarck por construir escenas emocionantes no es la mejor herramienta para brindar una buena obra, aunque sí para convencer a los académicos de Hollywood a tenor de sus dos nominaciones en la pasada edición de los Oscar (dirección de fotografía y película extranjera).

La sombra del pasado tiene su mayor baza en su doble reflexión: por un lado, el arte como medio de expresión para expiar y plasmar los miedos interiores y las heridas sin cicatrizar que emergen como motor del genio; y, por otro lado, la verdad como máxima incontestable y puesta en duda ante la voluntad de un sistema por perpetuar el olvido y mirar hacia el futuro sin salvaguardar la memoria histórica. ¿Qué es la verdad? No es tanto lo que Kurt utiliza como vehículo en sus obras pictóricas, sino los pensamientos que asaltarán al espectador a la salida del cine. No obstante, la nueva película de Florian Henckel von Donnersmarck es uno de los títulos más decepcionantes de los últimos meses y su nominación al Oscar a la mejor película de habla no inglesa por encima de propuestas mucho más estimulantes como Burning, El ángel, Las herederas o Girl se debe únicamente al nombre de quien maneja las cámaras y no por méritos propios del trabajo actual. No es una mala película, pero quizás es peor, porque es absolutamente olvidable pese a ser del mismo autor que La vida de los otros.

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