Críticas: Gracias a Dios

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Poliédrica radiografía de una lacra social.

El elocuente título de la nueva película de François Ozon es uno de los mejores diálogos de la misma, un punto de inflexión que pone de manifiesto con tan solo tres palabras las aristas y sentimientos ante un tema tan peliagudo como es la pederastia en el sino de la Iglesia católica. Ya son decenas los casos de párrocos que han abusado de menores de edad aprovechándose de su posición de confianza y en Francia sacudió la opinión pública especialmente el caso del sacerdote de la Diócesis de Lyon hace tres años. El director de En la casa se sirve de este caso real para construir un relato minucioso e íntegro de esta lacra eclesiástica y ofrecer una de las mejores obras de su filmografía.

En Gracias a Dios no hay ni blanco ni negro. Solamente, los hechos; tal y como son o sucedieron. Con la mayor objetividad posible, entendiendo desde buen inicio que ésta nunca existe al cien por cien; porque siempre está la visión de quien narra la historia, en este caso Ozon. Ahora bien, esta disyuntiva inicial no es obstáculo alguno para que el cineasta galo realice una radiografía amplia y completa de todas las partes y desarrolle múltiples puntos de vista, entre ellos y el más admirable, el triple muestrario de las víctimas. Alexandre, François y Emmanuel presentan distintos grados de afectación del trauma, formas diferentes de afrontar la denuncia pública (enarbolados de la lucha o reticentes a ser una cara pública) y, por supuesto, procesos de superación tan dispares como sus propias personalidades. En el foco de los responsables de la Iglesia no hay un enjuiciamiento, Ozon rehúye de caer en posicionamientos morales, la institución sí recibe dardos envenenados (pertinente y necesaria crítica social), pero los personajes de los sacerdotes y obispos tienen el mismo riguroso trato que los demandantes de la causa judicial colectiva.

Una mirada al fin y al cabo muy pulcra por parte de Ozon, diríase casi periodística. Paradójicamente, en una secuencia, el cineasta coloca el póster de Spotlight colgado en una pared. La película de Thomas McCarthy también gira en torno a la pederastia en la Iglesia católica, pero desde la óptica de la investigación por parte de un grupo de periodistas en Boston. El director de 8 mujeres se autoimpone la referencia y sale ganando, porque ofrece una historia mucho menos complaciente y aleccionadora y más potente en su vertiente emocional con los personajes, puesto que el desarrollo de sus inquietudes y dramas internos se sienten más fluidos y no fruto de la fabricación de secuencias supeditadas a la pretensión de calar hondo como ocurría en la oscarizada película. Gracias a Dios tiene la particularidad de articular su relato en tres partes claramente diferenciadas al estar pivotadas por los tres protagonistas que terminan confluyendo en una recta final con gran calado emocional, sin juegos de artificio ni la prefabricación a la que aludía pocas líneas atrás.

Quizás haya un exceso de muestrario de la realidad alrededor de esta lacra social y provoque algunos altibajos en el desarrollo de la trama principal, pero más allá de estas dos apreciaciones, Ozon con Gracias a Dios firma uno de los guiones más redondos y excelentes de su carrera y otra de sus grandezas es escapar del didactismo en el que podría haber derivado su meticulosa presentación de los hechos. El triplete formado por Alexandre, François y Emmanuel (y los personajes que orbitan a su alrededor, parejas, hijos y madres) son el mejor motor para conducir una película peliaguda en su espinoso tema central y difícil en su acercamiento a la figura de las víctimas sin caer en la condescendencia o la revancha fílmica. El arco argumental de Alexandre es el que mejor aúna las -buenas- pretensiones de Ozon: es un hombre de mediana edad, cristiano de pura cepa, emocionalmente vulnerable y máximo impulsor de la denuncia colectiva. Sus dilemas interiores y su desahogo es lo más revelador del filme. De hecho, y aunque el cine del director de Frantz esté trufado de ellos, resulta especialmente fructífero encontrarse con unos personajes masculinos frágiles, más cercanos a la realidad silenciada y alejados de los tópicos de la ficción.

Gracias a Dios no revela nada desconocido por el público, pero sí apunta muy certeramente en la poliédrica realidad y la multiplicidad de formas de afrontar el trauma del pasado o el escándalo del presente. Los abusos a menores por parte de la Iglesia desde la óptica de las víctimas, una especie de cara B de El club, la fantástica película de Pablo Larraín, cuyos protagonistas eran los sacerdotes. Curiosamente ambas películas comparten el mismo -y merecido- galardón: el Gran Premio del Jurado en el Festival de Berlín. Por cierto, para concluir, sería pertinente ensalzar el trabajo interpretativo de su coral elenco, especialmente Melvil Poupaud (el protagonista de Lawrence Anyways), Denis Menochet y Aurélia Petit. Lo mejor, al fin y al cabo, es la sensación amarga de esperanza y superación, el deseo irrefrenable de denunciar la verdad y el silencio cómplice y la voluntad de poner el dedo en la llaga sin dar lecciones de ningún tipo. De este modo, Ozon logra sacudir nuestro interior.

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