Críticas: Van Gogh, a las puertas de la eternidad

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Entre el genio y el tedio.

Genio imperecedero en el arte occidental y artista total del arte moderno en la pintura europea de la segunda mitad del siglo XIX, Van Gogh es una estrella a escala mundial. Como es bien sabido lo ha sido siempre posteriormente a su muerte, en vida nunca gozó del éxito ni la repercusión que sus cuadros ostentan hoy en día. En Van Gogh, a las puertas de la eternidad, Julian Schnabel ahonda en los últimos años de la vida del pintor post-impresionista en formato hagiográfico con una cámara inquieta y avasalladora, seña de identidad de su cine, pero que en esta ocasión provoca hastío y, peor todavía, indiferencia ante su propuesta fílmica.

El artista estadounidense, uno de los pintores contemporáneos más respetados, ha tenido una carrera cinematográfica dilatada en estas dos últimas décadas desde su debut con Basquiat. Siempre irreverente y focalizado en dotar a sus películas de una propuesta visual y estética muy determinada y acorde a las circunstancias y estado mental del personaje real en que centra sus historias, Schnabel ha despertado pasiones e iras en todos sus trabajos. Su obra cumbre es La escafandra y la mariposa, donde todas sus ambiciones artísticas confluían orgánicamente con el medio fílmico y ofrecía un relato profundamente conmovedor. En este sentido, su acercamiento a la locura, soledad y ambición de Van Gogh resulta decepcionante, porque su estructura narrativa (idas y venidas, reiteraciones) y su frenética cámara en movimiento provocan constantemente hartazgo y alejan al espectador, imponiendo una barrera firme entre el personaje y las emociones.

Entre la autocomplacencia y el acierto en el tratamiento plástico (el uso del color, la luz, el movimiento de cámara como el pincel en un lienzo), Schnabel recarga su acercamiento al artista holandés con una voz en off impostada y unas intrincadas secuencias entre el onanismo más desesperante y la fallida consumación de lo sublime en lo visual. Por otro lado, la película cobra mayor fuerza cuando la introspección con el personaje es total, no en el plano más esotérico, sino el textual y social: sus conversaciones con amigos, conocidos o familia. En esas escenas, tanto el personaje como la historia sí resultan verdaderamente interesantes, cuando el director calma su instinto más estético. Además, ahí, el director cuenta con un plantel de actores notabilísimo: Oscar Isaac, Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner, Niels Arestrup o Rupert Friend.

Ahora bien, si algún actor merece unos cuantos elogios ese es Willem Dafoe por su transformación en Vincent Van Gogh. Poca sorpresa en un actor de la talla de Dafoe, su Passolini en el filme de Abel Ferrara también era una lección de interpretación de gran calado. Su inesperada nominación al Oscar bien podría haberle supuesto ganar la estatuilla, pues aún no forma parte de su palmarés particular tras cuatro candidaturas, aunque este excelso trabajo sí le reportó la Copa Volpi en el último festival de Venecia. Nunca cae en la sobreactuación ni el ridículo en su aproximación a la figura del ilustre pintor, se sobrepone a todos los prejuicios acerca de las mimetizaciones de actor en biopic. Entre los alicientes de la película también se encuentra la delicada y exquisita música de Tatiana Lisovskaya, una compositora con tan solo dos bandas sonoras para cine en su currículum que brinda un conjunto de piezas muy apreciables.

Van Gogh, a las puertas de la eternidad es tan interesante durante algunas secuencias como soporífera en tantas otras. La megalomanía de Julian Schnabel termina por contaminar toda la propuesta fílmica. Para profundizar en la figura del pintor holandés, la animada Loving Vincent es mucho más rica visualmente y con una historia mejor desarrollada.

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