Críticas: Maya

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La quimera y la tabla de salvación.

La imposibilidad de echar raíces en ningún sitio y la persistente sensación de no pertenecer ni al país donde naciste, ni en el que forjaste tu identidad ni en el que ansias trabajar. Estas dos premisas planean alrededor de Gabriel, el protagonista de Maya, la última película de Mia Hansen-Løve. Él es un joven reportero de guerra que, al inicio del filme, es liberado tras cuatro meses de cautiverio en Siria a manos de los terroristas yihadistas. Sin la certeza hacia donde encaminar su vida y con la seguridad de no poder desempeñar sus funciones periodísticas en un país en conflicto, Gabriel decide viajar a Goa, la ciudad india donde creció y donde podrá reencontrarse con su padrino y su ausente madre biológica.

En una década, Mia Hansen-Løve ha logrado posicionarse como una de las cineastas más importantes de su generación y ser una de las abanderadas del mejor cine francés de la actualidad gracias a títulos como la soberbia El padre de mis hijos o la generacional Eden. Esta Maya es sin lugar a dudas su película menos redonda, pero no por ello desestimable, al contrario, es un drama con mucha hondura y capas de lectura que la sitúan por encima de la media de los dramas estrenados semana tras semana. Por ejemplo, sus primeros veinte minutos son una lección magistral sobre cómo presentar a un personaje: pinceladas de toda (o buena parte) de su psicología, sus anhelos y miedos y comportamientos (con él mismo y seres queridos) que permitirán entender toda su evolución y desarrollo en el resto de la historia.

En un principio, sorprende que Hansen-Løve queme tan pronto la interesante trama del estrés post traumático de Gabriel tras el secuestro y sus dificultades para adaptarse de nuevo a la rutina de la sociedad occidental. No obstante, la cineasta no pretende ahondar en esa tesitura, solo es la excusa perfecta para emprender el relato que quiere abordar en toda su magnitud: la búsqueda del yo, la relación del desconcierto del protagonista con la grandeza del espacio y la contraposición de su doloroso estado mental con la Maya del título, la hija de su padrino, que desprende una vitalidad que aparece como una epifanía para enderezar el rumbo hacia la estabilidad emocional. En última instancia, el proceso interior de Gabriel se reduce a una doble frustración: no poder asentarse y sentirse plenamente cómodo en ningún sitio y la incapacidad por reconducir su vida (¿cómo salir de esta espiral de desamparo?, ¿a qué aferrarse?, ¿cuándo hacerlo?).

En algunas reseñas se tilda a la película de pedante, de mostrar una India irreal o de mostrar el punto de vista pijo de un viaje de estas características. Nada más lejos de las pretensiones de Hansen-Løve, al entender de este cronista, puesto que el uso de Goa es más como marco de un espacio insondable y a la vez alejado de toda la coraza sentimental del protagonista que de un retrato realista de la India. Además, no debemos pasar por alto que el protagonista y la familia de su padrino son de clase alta y regentan un hotel de lujo de la zona. La incomunicación autoimpuesta en un recóndito refugio. Si algo falla realmente en Maya es la convivencia de distintas ópticas en ella: la primera media hora, la trama de la historia de amor, el drama introspectivo de Gabriel, el deber profesional y la poco capacitada decisión de construir un hogar en un lugar en el que uno no quiere permanecer largo tiempo. El destino es más inteligente y te empuja a mirar hacia otro lado.

Todas ellas son piezas que no encajan a la perfección en el rompecabezas de un guion más ambicioso que solvente, repleto de aciertos, pero perdido en tres ejes argumentales que, si bien van ligados al incierto presente de Gabriel, no casan adecuadamente unos con otros. Una de las grandes bazas de Maya es su actor protagonista, Roman Kolinka, actor fetiche de la directora gala que ya protagonizó su anterior película, la notabilísima El porvenir. El intérprete se mete en la piel del personaje en un ejercicio de introspección en el que su rostro transmite toda esa frustración, incerteza y dolor, pero también esa clarividencia para querer encontrar un nuevo rumbo. Maya es una quimera, pero también la tabla de salvación.

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