Críticas: Las herederas

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Los objetos se van, el amor se queda.

La esencia en tarro pequeño se vende o lo que es lo mismo, las grandes historias se encuentran en películas sencillas, pequeñas y sin grandes alardes de su mera existencia. Las herederas, una de las sensaciones del Festival de Berlín de 2018, es un buen ejemplo de ello gracias a su austera puesta en escena, pero al mismo tiempo con mucha fuerza en sus dos protagonistas y la historia que pivota en torno a ellas: la decadencia de la clase alta, las apariencias como refugio de la intolerancia y el deseo inquebrantable de vivir en libertad por encima de todo convencionalismo social.

La película narra la relación de amor de Chela y Chiquita en su última etapa, quizás la más vívida, la vejez. Ambas, de clase social alta, llevan siendo pareja durante décadas en Asunción sin problema alguno, escondiendo su homosexualidad bajo la capa de la elevada posición social. No obstante, el azote de la crisis hace mella en su economía y se ven obligadas a vender sus pertenencias más valiosas (muebles, cuberterías…). Esos objetos, comprados por el mejor postor, desaparecen de sus vidas, cristalizando de algún modo la proximidad del ocaso de la vida y el inexorable paso del tiempo. La situación entre ellas dará un vuelco de 180º cuando Chiquita deba ingresar en la cárcel por deudas y Chela se encamine a una crisis creativa.

Marcelo Martinessi debuta en el largometraje de ficción con este poderoso relato de empoderamiento femenino, representatividad a todos los niveles de la homosexualidad y de segundas oportunidades en la vejez, que remite tangencialmente a la Gloria de Lelio. Su trabajo destaca especialmente en una puesta en escena que prima lo sutil, los pequeños gestos y situaciones a la verbalización de unos sentimientos y acciones bastante arraigados en los clichés de este tipo de historias. Si bien es cierto que no hay nada particularmente novedoso en Las herederas, también lo es que el trabajo de dirección y guion de Martinessi alberga muchos más aciertos que fallos, aunque, por otro lado, nada en su conjunto logra arrebatar la mirada del espectador, salvo un par de escenas cuyo calado emocional es sumamente cautivador.

El peso de la película recae, en buena medida, en Ana Brun (Chela) y Margarita Irun (Chiquita), las dos actrices protagonistas, la primera de la cuales ganó el Oso de Plata en el certamen alemán. Ellas transmiten el dolor, la amargura y, sobre todo, el amor de sus personajes con una entereza asombrosa, más teniendo en cuenta que son absolutas debutantes en el mundo de la interpretación. En el ámbito más extra cinematográfico, cabe destacar la importancia –perdonad el uso de este término- de un filme como Las herederas, que visualiza personajes e historias habitualmente invisibilizadas en el cine y en un triple combo altamente marginado en la ficción (mujer, mayor y lesbiana). Esta coyuntura no hace ni mejor ni peor a una película, pero sí es reivindicable la aparición de nuevas voces y la plasmación de sus inquietudes en obras artísticas distintas.

Las herederas es un sólido drama romántico, sin grandes defectos ni grandes alicientes que la sitúen por encima de la media, aunque por su detallista puesta en escena y su rebosante humanidad sí puede considerarse uno de los estrenos más interesantes de estas últimas semanas.

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