Críticas: Funan

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La importancia de la memoria histórica.

Si esta semana hablábamos del papel fundamental de la memoria en Dolor y gloria, de Pedro Almodóvar, en tanto que emerge como cicatrización de viejas heridas y empuje creativo para su protagonista, en Funan, la ópera prima de Denis Do, la memoria es la pieza vertebradora para construir un filme político y de denuncia social sobre la dictadura y el exterminio perpetuado por los khmres rojos. La importancia de la memoria histórica como herramienta primordial para el presente y futuro de un país, pero sobre todo como reflejo de una las mayores atrocidades de la humanidad con el propósito de evitar posibles reiteraciones en líderes venideros.

El joven cineasta francés, con orígenes camboyanos, se sirve de los recuerdos de su propia madre -exiliada durante la dictadura a finales de los años 70- y de otros supervivientes de una de las mayores matanzas orquestadas por el poder político y militar de un país en toda la Historia. Un padre, una madre y un hijo son separados al inicio del nuevo régimen de los khmres rojos, condenados a vivir separados sin saber nada (o poco) del otro. El matrimonio es enviado a campos de trabajo forzado; el pequeño, a una escuela de jóvenes soldado donde crean máquinas de matar. Funan es la crónica negra, negrísima de los años del régimen y la lucha persistente de los padres por encontrar una salida, el rayo de esperanza que nunca se desvanece.

La oscuridad de los hechos reales y de las vivencias narradas contrasta con la luminosidad y la belleza de los paisajes mostrados por Do de la Camboya más fotogénica. Ante tanta inmundicia, la naturaleza se impone a la brutalidad del hombre. Aquí es cuando la decisión de contar esta mezcla y reconstrucción de recuerdos con la técnica de la animación se advierte como acertada y necesaria. La aproximación al horror de Funan obtiene otro grado de conmoción como ocurriese en antecedentes similares capitales en el cine animado como La tumba de las luciérnagas o Vals con Bashir. No es tanto desdramatizar lo acontecido como lograr plasmar el dolor y la emoción con primerísimos planos de sus protagonistas, solución visual que con actores en live-action se hubiese antojado demasiado lacrimógena. Entre los aciertos de Denis Do también merece la pena alabar el uso del fuera de campo para reflejar, con el silencio y las reacciones de otros, la desolación o la muerte, huyendo del recurso fácil de mostrar las atrocidades para causar mayor impacto directo. Nunca hay que subestimar la contundencia del silencio ni el poder de la imaginación.

La película acusa de tener unos dos primeros actos algo lánguidos, con la voluntad férrea de retratar el calvario sin morbo ni imágenes explícitas de la barbarie, pero con un acercamiento tan naturalista que, a veces, parece más un documental que una ficción. Por ello, el eje argumental de los tres familiares carece, en buena parte del metraje, de la fuerza emotiva requerida para este tipo de recreaciones, aunque como marco anónimo del genocidio funcionan al cien por cien. Al fin y al cabo, este es el quid de la obra y la mayor ambición del cineasta para con el espectador. En contraposición, el tercer acto es sumamente cautivador, audaz en el desarrollo de las relaciones entre los padres y el hijo y vibrante en su odisea en búsqueda de la salvación.

Funan es una notable ópera prima sobre la sinrazón que imperó durante los años del régimen los khmres rojos y un canto a la vida, así como la defensa de no caer en el olvido ante el genocidio perpetuado y la lucha por mantenerse fiel a los propios ideales. Una de las películas de animación más arrebatadoramente tristes de los últimos años.

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