Críticas: El niño que pudo ser rey

Escrito por

Twitter icon

La aventura ideal para grandes y pequeños.

Proyecto estrambótico donde los haya y percibido ampliamente como un producto destinado al público más infantil. A priori, pereza absoluta. A saber: la enésima revisión de la leyenda artúrica y la espada Excalibur con un nuevo elegido en la Inglaterra contemporánea, un chaval de doce años. Ahora bien El niño que pudo ser rey es todo lo contrario, porque cuando uno empieza a escarbar, ya antes del visionado, augura algo muy apetecible de ver: su director y guionista es Joe Cornish, cuyo debut, Attack the Block, es una de las mejores comedias de ciencia ficción de los últimos años. Su nuevo trabajo es todo lo que debería ser una buena película familiar y es de agradecer un encontrarse con un blockbuster cuyo guion es absolutamente original, más allá de beber de la archiconocida historia de los caballeros de la mesa redonda.

Al inicio de la película, un programa de noticias de televisión informa sobre el auge de políticos extremistas en altas cotas de poder en todo el mundo. Tiempos difíciles que merecen un nuevo héroe que atisbe la luz al final del túnel: el heredero del Rey Arturo. Resulta ser Alex, un soñador niño de doce años de Londres que vive con su madre y soporta acoso escolar junto a su mejor amigo Bedders. El cóctel de crítica al populismo, fantasía, comedia de instituto y aventura artúrica es muy divertido a lo largo de sus dos horas de metraje. Es más, Cornish también añade unas gotas de radiografía política y social al Reino Unido de hoy en día (“un país dividido” llega a pronunciar un personaje, en plena era Brexit). Un enfrentamiento extrapolado a la batalla entre las fuerzas del mal y los cuatro jóvenes caballeros de la mesa cuadrada y, en el plano más íntimo, a la relación madre e hijo que atraviesa un trance complicado debido a la figura del ausente padre.

En gran medida, El niño que pudo ser rey versa sobre la importancia de las nuevas generaciones, su papel en el desarrollo de la sociedad y el país y su protagonismo en el futuro donde los mayores no tendrán tanta relevancia en tanto que responsables de un presente incierto, caótico y, en ocasiones, oscuro. La amenaza del poder maligno se encarna en Morgana, una de las villanas más icónicas de la literatura universal. El guion es un rara avis en el cine comercial de los grandes estudios y la apuesta (de 20th Century FOX en este caso) debería ser motivo de alegría para seguir confiando en la posibilidad de disfrutar –y soñar- en el cine como un niño pequeño. Aquello que nunca debería perderse ante tanto remake y adaptaciones de novelas y cómics sin personalidad. Joe Cornish es también un rara avis y ojalá siga mucho tiempo en la industria, su participación en guiones como los de Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio o Ant-Man acreditan su talento para engrandecer proyectos interesantes.

No todo en El niño que pudo ser rey funciona en un engranaje perfecto, por ejemplo, su dilatada trama familiar carece de suficiente garra en momentos culminantes o su desigual estructura narrativa, cuyo arco argumental principal parece haber concluido y en el que su verdadero tercer acto se antoja como un extenso epílogo. No obstante, todos sus hallazgos son suficientes como para contrarrestar sus fallos, entre los más destacables, la desternillante revisión del personaje del brujo Merlín: un joven dicharachero y bromista que ofrece los gags más memorables de la cinta. Las alitas de pollo del fast food no volverán a ser lo mismo a partir de ahora por culpa de este avispado Merlín. Si en algo destaca también El niño que pudo ser rey es por su elenco, presentando una hornada de nuevo talento británico, empezando por el niño protagonista, Louis Ashbourne Serkis, hijo del actor Andy Serkis. El personaje de Merlín no sería lo mismo sin la brillante interpretación del semi desconocido Angus Imrie, hijo de la actriz Celia Imrie. En ambos casos queda latente que quizás la genética sí albergue algo de talento.

La nueva película de Joe Cornish pone de manifiesto que el gran cine familiar es posible y que, actualmente, los británicos llevan la delantera con una racha dorada (Paddington, Peter Rabbit). La magia del cine es disfrutar de los clásicos, la nouvelle vague o los filmes de Paul Thomas Anderson, pero también de reencontrarse con el niño interior que llevamos dentro con productos tan sólidos y emocionantes como El niño que pudo ser rey.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *