Críticas: Dumbo

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Ternura sin emoción.

No sería ninguna novedad asegurar que la carrera de Tim Burton ha perdido el rumbo ahora con el estreno de Dumbo. El que fuese uno de los cineastas más visionarios y sorprendentes de las dos últimas décadas del siglo pasado, lleva casi veinte años encadenando proyectos fallidos o fracasos en taquilla, salvo un par de excepciones: Big Fish, una de sus mejores películas, y la infravalorada Sweeney Todd. No obstante, el californiano ha tocado fondo en su caída en picado al sucumbir a la moda de Disney por lanzar remakes de sus clásicos animados, ya que su Alicia en el país de las maravillas (de largo, su peor obra) era un producto surgido de la moda por el 3D estrenado años antes de esta nueva tendencia del estudio de Mickey Mouse. A la historia del elefante con orejas grandes podría haberle insuflado su ingenio, pero la película resultante es presa total de la maquinaria hollywoodiense y carente de toda personalidad.

No hay rastro de Tim Burton por ningún lado, como sí podía atisbarse en obras menores, donde su mano dejaba huella en cintas como Sombras tenebrosas o Big Eyes. De hecho, su última película, también destinada al público familiar, El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, era mucho más divertida, entrañable y sólida en su conjunto que esta desangelada versión de Dumbo. La historia original de la cinta de animación de 1941 solo sirve de punto de partida y como parte central de su desarrollo en cuanto al personaje principal se refiere, a partir de ahí, el guion introduce media docena de nuevos y humanos personajes para construir un relato tópico alrededor de la soledad y el maltrato de Dumbo. Un padre de familia con dos hijos, cuya muerte de la madre todavía pesa en todos ellos, un ambicioso director de circo, una trapezzista cautiva de la maquinaria de la industria y un multimillonario cuya único pensamiento es agrandar su fortuna.

En cierto modo, este último personaje, encarnado por un paródico Michael Keaton, podría leerse como una especie de encarnación de la propia Disney: comprar y adquirir a mansalva, ofrecer espectáculo de fácil consumo y amasar más millones de dólares. ¿Burton ha colado un gol a su pagador? Probablemente no, la respuesta es mucho más simple: estamos ante la arquetípica historia de avaricioso villano de la función frente a unos protagonistas bondadosos y dispuestos a luchar para imponer la ética y los valores positivos. Una trama cien por cien Disney sin novedad alguna, funcionando a remolque de todos los lugares comunes y, lo que resulta más preocupante, sin la emoción que desprende el original animado o productos similares, sin ir más lejos, la reciente El niño que pudo ser rey, cuya fusión de entretenimiento y fantasía familiar con el drama más básico debería ser el modelo a seguir.

Despojándose de esos cuervos racistas, cargados de estereotipos rancios sobre los afroamericanos, y con guiños a imágenes y personajes míticos (las cigüeñas, Timoteo y la borrachera con elefantes rosas), la nueva Dumbo es el remake live-action menos calcado a su homóloga animada, aunque sus nuevas tramas sean todavía menos originales. Si bien es cierto que, con los primeros tráilers, el aspecto de Dumbo se medía entre lo entrañable y lo espeluznante, también lo es que el resultado final es, afortunada y claramente, lo primero. La ternura que desprende el personaje y el mensaje animalista, la mejor vuelta de tuerca del nuevo guion, son las grandes bazas de un filme que está a medio camino de ser una sólida aventura familiar y un buen producto tan disfrutable para la chavalería como para los adultos. Ninguna de las dos vertientes llega a cumplirse con efectividad absoluta, sobre todo, por un tercer acto que lastra en demasía al conjunto. Así pues, Dumbo es una irregular revisitación del elefante de las orejas gigantes y el enésimo paso atrás de Tim Burton en su filmografía.

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