Críticas: Pájaros de verano

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La droga engulló la tradición.

La campaña promocional de la película se centra en destacar que narra el origen del narcotráfico en Colombia, pero la nueva película de Ciro Guerra, dirigida a cuatro manos junto a Cristina Gallego, es mucho más que una crónica sobre el ascenso salvaje y trágico de los indígenas en peligrosos clanes mafiosos. Por encima de todo es un relato poderoso sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza y cómo las tradiciones de un pueblo son el punto de encuentro de fricciones y disputas. Un planteamiento muy similar al de El abrazo de la serpiente, la anterior cinta de Guerra que lo sitúo en el radar de los cinéfilos de todo el mundo como uno de los cineastas latinoamericanos más interesantes del panorama actual.

La llegada de la cultura hippie en la Colombia de los años 70 por parte de la juventud rebelde de E.E.U.U. precipita el cambio de modelo económico para los agricultores indígenas de las zonas rurales que vieron una oportunidad de oro en el cultivo de marihuana. El capitalismo entra ferozmente en el desarrollo social de un país anclado en sus ritos y festividades más ancestrales para trastocar todos los esquemas del orden social y la paz en la región. Nunca aparece ni se menciona a Pablo Escobar, pero evidentemente, tras estos primeros pasos, Colombia entra de pleno en esta negra etapa. Pájaros de verano puede verse, en este sentido, como una precuela de un biopic de Escobar. No obstante, el sustrato que insuflan Guerra y Gallego al filme dista mucho de asimilarse a un rutinario thriller de narcotráfico.

Pájaros de verano profundiza en sus personajes, en sus convicciones y muestra especial hincapié en ahondar en la cultura milenaria que, poco a poco, va cediendo terreno a la inevitable hecatombe social y moral producida por las sacudidas del capitalismo. Todo ello se va fraguando a fuego lento, con ritmo pausado, eludiendo puntos álgidos de acción propios de este tipo de relatos sobre el lado más malvado del mundo de las drogas. Quizás por ello resulte demasiado discordante su tercer acto apresurado, a trompicones y despojando resoluciones en modo casi frenético. No obstante, la propuesta formal de ambos cineastas a lo largo de todo el metraje es visualmente asombrosa y una conclusión acelerada no empaña una narración exquisita en su evocación del gesto y las acciones por encima de la palabra.

Por otro lado, servidor está echando mucho de menos comentarios acerca de la música compuesta por Leonardo Heiblum. Es una BSO extraordinaria a base de temas que funden la cultura ancestral de estas tribus y la funcionalidad para crear una atmósfera inquietante y desasosegante. Es inusual ver tal lirismo en una película cuyo argumento gira en torno al narcotráfico, pero el tándem Guerra-Gallego impronta una deslumbrante belleza en sus imágenes para vestir este drama con ecos de tragedia griega o shakespeariana, pero al fin y al cabo, se trata de un relato tan universal como la contaminación del alma de las personas a causa de la ambición, la avaricia y la sed de poder.

Pájaros de verano no es tan redonda ni apabullante como El abrazo de la serpiente, pero es una película altamente apreciable en muchos aspectos y la enésima demostración del buen estado de salud del cine latinoamericano más comprometido y alejado de los convencionalismos.

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