Críticas: Green Book

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Todas las teclas para convencer.

Como uno de los dos protagonistas, el pianista Don Shirley, uno de los músicos más reconocidos de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos; el director Peter Farrelly sabe tocar adecuadamente todas las teclas para encandilar y emocionar al espectador menos exigente. En definitiva, con Green Book ha encontrado su mejor carta de presentación para el público transversal y lograr el -fácil- aplauso unánime. El tipo de película con el que muchos salen diciendo “me siento mejor persona” o “que bonita historia y que malos algunos”. Tampoco es que el director de obras cumbre de la comedia norteamericana de las dos últimas décadas (Dos tontos muy tontos, Algo pasa con Mary) lo haya tenido difícil: copiar esta fórmula es el ABC de todo cineasta. Sobre todo si el filme resultante es tan carente de personalidad como este que nos ocupa. Los mismos pasos que siguieron autores tan distintos como Emilio Martínez-Lázaro con Las 13 rosas o Morten Tyldum con The Imitation Game.

Green Book narra la relación de amistad entre el citado pianista y Tony Lip, un italoamericano tan temperamental como bonachón, durante la gira del primero por varios estados del sur en los años 60 mientras Lip trabaja como su chófer. La historia es mínima y todo lo que acontece a partir de ahí es del todo previsible: tensiones raciales, buenismo constante, lecciones morales en todas y cada una de las secuencias (vertidas por los propios personajes), obstáculos para el cómodo desarrollo de los conciertos, enfrentamientos de clase entre la alta sociedad sureña y el italoamericana del Bronx, etcétera. Sorpresa ninguna, pero efectividad, mucha, sobre todo en su vis cómica. Si la película tiene algún aliciente francamente resaltable es precisamente su humor y lo bien que funcionan la inmensa mayoría de sus gags, su tono de buddy movie y la química entre ambos.

En realidad, la -única- grandeza de Green Book reside en ellos dos, Viggo Mortensen y Mahershala Ali. Los dos intérpretes levantan el pobre guion constantemente con su comicidad y ternura y, por otro lado, se adueñan de la escena, en solitario, cuando sus personajes tienen secuencias más íntimas o de catarsis emocionales. Mortensen no estaba tan brillante desde Promesas del este. Ali, por su parte, demuestra una vez más el gran actor que es con su capacidad para deambular por distintas emociones en un solo plano. Un segundo Oscar tras el ganado por Moonlight hace un par de años se antoja como excesivo, pero por méritos no sería nada reprochable.

Green Book es más sólida de lo que parece a simple vista y de lo que el proyecto advertía, con su director fogueado en comedias escatológicas venido a drama con aroma a premios. Por ejemplo, la película no tiene momentos risibles como Figuras ocultas, conjuga bien el drama y la comedia sin los trucos sentimentaloides de Criadas y señoras ni exprime la lágrima como Tan fuerte, tan cerca. Al fin y al cabo, Green Book es insulsa, no tiene virtudes, pero tampoco grandes errores. Y lo que es mejor es totalmente inofensiva, una cualidad difícil de lograr con una historia de estas características que le permite mirar por encima del hombro a las citadas en este mismo párrafo. Ahora bien, la obra de Farrelly no sobrepasa la corrección académica del cine de naftalina. Mantiene nuevo lo más viejo. Quizás por ello y su exigua sutileza y facilidad por masticar el mensaje termine poniéndole en bandeja el Oscar a la mejor película. Sería uno de las victorias más clamorosas e injustas en sus noventa años de historia.

Green Book encandilará a tu padre, a tu madre, al vecino del quinto y hasta al votante de VOX. Y todos ellos seguirán siendo racistas si tienen habitualmente comportamientos y pensamientos racistas, aunque se podrán haber emocionando mucho con la película. Esto ocurre con esas obras artísticas que no invitan a la reflexión profunda y solo abordan un tema tan crucial como el conflicto racial en E.E.U.U. desde la brocha gorda. Por suerte, Barry Jenkins está aquí y tenéis en cartelera El blues de Beale Street para compensar.

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