Críticas: Creed II: La leyenda de Rocky

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La sombra de Rocky es alargada.

Cuando una franquicia de películas es querida y rentable, sus responsables harán siempre lo posible por sacarle a la vaca toda la leche que sea posible. En ocasiones es tan evidente que el relato no da más de sí que los productores y responsables se ven forzados a buscar nuevas vías para sorprender a la audiencia. Fue este el caso de Sylvester Stallone y demás productores de Warner, que nos sorprendieron a todos en 2015 con la notable Creed. Película que recuperaba a un Rocky ya veterano para construir a partir de las cenizas de la longeva saga la historia de origen de un nuevo héroe carismático, Adonis Johnson Creed (Michael B. Jordan).

Más allá del aplauso crítico, el resultado en taquilla fue tan majestuoso que la llegada de una secuela era cuestión de poco tiempo. Se mantenía el equipo artístico y el técnico. Pero Ryan Coogler, ocupado con Pantera negra, no pudo dirigir de nuevo, pasando en esta ocasión la batuta al joven realizador Steven Caple Jr. La película ha demorado su llegada a nuestras costas hasta el apretado enero, pero se pudo ver en Estados Unidos en noviembre, dónde recibió críticas muy positivas. Estos datos, así como su premisa y lo apretado de la cartelera española estos días, hicieron que me encaminara al pase expectante y esperanzado. Y si haciendo balance me dispongo a analizar una película competente, no negaré que es una clara decepción que la crítica, inexplicablemente, no ha querido señalar. Una película eficaz en su espectáculo y facturada con oficio y desempeño, pero carente de aciertos narrativos.

Adonis Creed es un boxeador en la cumbre, coronado como campeón del mundo de los pesos pesados y esperando su primer hijo de su novia Bianca (Tessa Thompson). Pero esta estabilidad se verá completamente trastocada cuando sea desafiado a un combate por el corpulento y temible Viktor Drago, hijo de ese Ivan Drago que mató en el ring a Apollo Creed hace más de 30 años. Habiéndole dejado Rocky de lado, deberá reconciliarse consigo mismo para superar este desafío con trabajo y esfuerzo. Batallitas del pasado que se toman revancha en el ahora de la mano de la segunda generación de boxeadores. Una recuperación del mito para engrandecer el legado de Rocky y dotar de mayor hondura el recorrido vital de Adonis. Muchas de las virtudes técnicas de la obra de Coogler se mantienen. Un reparto carismático, una banda sonora vibrante y una fotografía de amplios planos que brindan a la película un cariz épico y espectacular que logra que se vea con gusto. El tono y la atmósfera dramática aporta mucho encanto a una película que bien podría ser mucho más pueril. Se aprecio un cariño marcado por las narrativas de la franquicia y, sobre todo, por el tratamiento del propio Rocky. Una excusa para disfrutar con más escenas de boxeo muy bien coreografiadas.

El argumento es endemoniadamente simple, como pobres son los diálogos de unos personajes que no crecen con respecto a lo previamente establecido. Es tan predecible como que leyendo la sinopsis ya has visto la películas, de la que se va siempre dos pasos por delante. Y además, supone un engaño con respecto a las promesas de Creed. Si aquella nos presentaba un héroe con encanto con el que empezar a vivir nuevas historias, aquí se pone en pausa la riqueza personal de Adonis para volver a Rocky, su pasado y su manera de afrontar sus consecuencias en el presente. Un homenaje retromoderno de antiguos éxitos. En el que la confrontación EEUU – Rusia se siente trasnochada y despojada de sentido, y el retrato de los Drago harto burdo. Y más allá de las secuencias señaladas, el filme tiene estilo pero fluye con parsimonia, aquejando de un metraje que pesa. Aunque pensáramos lo contrario, parece ser que los padres de Rocky y su saga no tienen ya nada que contar.

Una propuesta disfrutable dentro del mainstream, que hará las delicias de los aficionados más apasionados de su predecesora y del recorrido cinematográfico de Rocky. Y una demostración de que se pueden hacer productos dentro de una franquicia manteniendo una personalidad propia. Pero hay poco más allá de la corrección, en una producción que se olvidará en menos de un año.

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