Festival de Sevilla 2018: Crónica 5

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Ya tenemos favorita en el Festival de Sevilla.

En la quinta jornada del festival se ha presentado la que de momento es una de las mejores películas de todo el certamen y casi la mejor de la Sección Oficial: Vivir deprisa, amar despacio, dirigida por el francés Christophe Honoré. Además hemos podido ver dos títulos integrados en Las Nuevas Olas: la portuguesa The Tree, de André Gil Mata y la ucraniana When the Trees Fall, ópera prima de la directora Marysia Nikitiuk. Una jornada interesante en la que hemos superado el ecuador del festival.

Aunque Vivir deprisa, amar despacio pasara sin pena ni gloria por la sección oficial del pasado Festival de Cannes, es más que probable que fuera una de las mejores películas a competición. Honoré ambienta su relato en la misma época que la muy inferior 120 pulsaciones por minuto y narra el mismo problema desde prácticamente el extremo contrario al activismo. Jacques, un escritor ya cercano a la cuarentena, considera que en el fondo sigue siendo un niño, y ser enfermo de sida no le impide pensar que lo mejor de su vida está por llegar. Por su parte, Arthur, un joven de provincias que dirige un campamento juvenil, exprime al máximo lo que la vida le ofrece y está abierto a aquello que el futuro le pueda deparar. El encuentro entre ambos les sirve para darle un nuevo sentido a sus respectivas existencias, y su relación se desarrolla de manera jovial y sin forzar el dramatismo, pese a que el desenlace se advierta fácilmente desde los primeros minutos. El cineasta francés, conocido por su tendencia al ensimismamiento y a la hipérbole emocional, retrata con sutileza el espacio personal de sus personajes en un sincero y emotivo canto a la libertad que conecta a varias generaciones unidas por un mismo sentimiento. Vivir deprisa, amar despacio es tan bella en su estética como en su fondo, y lo visual se sitúa siempre al mismo nivel que una narración despreocupada que dosifica a la perfección su potencial sentimental, integrando con suma elegancia y pertinencia lo onírico en momentos donde quizá sea necesario dejarse llevar para salir del paso. La obra es tan honesta y coherente consigo misma que se atreve a componer su universo excluyendo del mismo a prácticamente cualquier personaje que no sea hombre y homosexual, esquivando además el didactismo y respetando la intimidad de todos ellos. Al final, la capacidad de vivir el presente y de tomar decisiones en base a sus creencias serán las armas más útiles para enfrentarse a una vida de claroscuros e injusta en demasía. El nuevo filme de Christophe Honoré es mucho más grave y profundo de lo que da a entender esa pátina de ligereza que aporta un divertido y conmovedor estudio de personajes.

The tree

Es más que probable que The Tree –tercer largometraje del portugués André Gil Mata– sea una de las propuestas más interesantes de Las Nuevas Olas en esta edición del festival. Es cierto que juega con la ventaja de parecerse a un cine que cotiza al alza en los festivales y entre la crítica, por lo que será imposible que sorprendan los desmedidos elogios que reciba de ahora en adelante, pero también que cuenta con una fuerza pictórica y un trabajo del encuadre muy relevantes. El primer plano secuencia de la película es una obra de arte en sí mismo, por la belleza de su composición y, sobre todo, por su valor narrativo. El problema de este inicio contundente y arrollador es que terminará jugando en contra de la más de hora y media restante de metraje, que aporta exactamente lo mismo que el plano de apertura. Gil Mata consigue que todas sus largas tomas mantengan el pulso y la vistosidad, que nunca dé la sensación de que la cinta se agota y que mantengamos el interés durante una eterna recogida de agua por parte de un anciano, lo que por sí mismo es digno de admiración. Además asume ciertos riesgos en la estructura narrativa del filme, convirtiéndolo en una mayúscula metáfora circular del paso del tiempo que va mucho más allá de los Balcanes. Sin embargo, la relación entre los planos a través del montaje se siente demasiado mecánica –algo parecido ocurre con los diferentes movimientos y posiciones de la cámara a la hora de acompañar a los personajes–, y su duración no parece estar justificada una vez vista la linealidad y la simpleza de los posteriores. En cualquier caso, y aunque creemos que The Tree se encuentra lejísimos de ser una película notable, nos encontramos ante un trabajo sugerente y abierto a la interpretación que ofrece bastante más cosas que la mayoría de sus compañeras de sección.

When the trees fall

Si el debut de Tarik Aktaş –Dead Horse Nebula– es a todas luces fallido, el de Marysia Nikitiuk es directamente estrepitoso. Seguro que a lo largo del festival hemos visto –y veremos– óperas primas tan mediocres como las que nos ocupan, por lo que la comparación no responde a la calidad de las mismas sino al camino elegido por ambos cineastas para fracasar. Pero el caso de la directora ucraniana es aún más doloroso, y no hay más que ver sus dos primeras escenas para ser consciente de ello. When the Trees Fall sufre algunos de los problemas característicos de cierto cine contemporáneo. Sus planos y encuadres están elegidos arbitrariamente, mientras que la cámara en movimiento trata de emular sin demasiado éxito la plasticidad de las imágenes de Carlos Reygadas en busca de luz natural. Y eso por no hablar de un montaje que en ningún momento trabaja la relación entre los planos, filmados desde posiciones y ángulos que remiten a la zafiedad de los blockbusters. Por otra parte, la mezcla de tonos y géneros es insatisfactoria pese a la pertinente inclusión del mundo onírico del único personaje con cierto encanto de la película. The Florida Project dejó bien claro que el cine de la crueldad también se puede practicar con protagonistas infantiles y/o adolescentes, y el primer largometraje de Marysia Nitikiuk solamente sirve para confirmarlo desde una ya redundante perspectiva europea.

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