Festival de Sevilla 2018: Crónica 3

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Remontada en Sevilla.

La dos decepciones de ayer en la Sección Oficial han sido compensadas en la tercera jornada con dos trabajos de lo más interesantes: Touch Me Not, la polémica ganadora del último Oso de Oro y Ray & Liz, la fuertemente autobiográfica ópera prima del fotógrafo y artista visual Richard Billingham. También hemos visto la anodina pero en cierto modo prometedora A Violent Desire for Joy, encuadrada en la sección Revoluciones Permanentes y dirigida por el francés Clement Schneider.

En la pasada Berlinale se formó una gran polémica cuando el jurado de la Sección Oficial otorgó el Oso de Oro a Touch Me Not, pues una parte de la crítica decidió vilipendiarla por no corresponderse con lo esperado en una película perteneciente a dicha competencia. No se trata de lo buena o mala que pueda ser –ambas posturas son comprensibles y respetables si se parte de una mínima argumentación– sino de que es algo que no se espera –y en algunos casos no se quiere– ver. Adina Pintilie combina realidad y ficción para realizar una especie de ensayo sobre la intimidad, la exploración de los cuerpos y la sexualidad no normativa. La cineasta rumana establece un diálogo entre ella misma y Laura, una mujer de cincuenta años que no soporta ser tocada y que prueba diferentes tipos de terapia para tratar de comprender mejor su propio cuerpo, al tiempo que conoce y observa con su cámara a dos personajes que coinciden en algo así como un grupo de apoyo: Tomas, un hombre con alopecia que se ve obligado a tomar nuevos caminos por la obsesión que tiene con su exnovia y Christian, un discapacitado que pese a su atrofia de la espina dorsal tiene una plenamente activa vida sexual. Aunque algunas de sus ideas son cuestionables, como la inclusión de la directora como un personaje más en un momento dado, cuya curiosidad y experimentación se integran ya en el resto de protagonistas, Touch Me Not es un valioso, reflexivo y liberador viaje de (auto)descubrimiento. Por encima de todo prima la empática mirada de Pintilie hacia sus personajes, que gracias a su respeto por la intimidad de los mismos realiza un más que interesante tratado sobre la representación de los cuerpos.

Ray & Liz

La trayectora de Richard Billingham como fotográfo es fácil de adivinar en los primeros planos de Ray & Liz. Un sinnúmero de bellas composiciones y hermosos encadenados sientan las bases de una narración a modo de memorias, que se apoya con intermitencia en el presente para echar una mirada hacia el pasado, cuyo tono y distancia responden al inexorable paso del tiempo. La sucesión de planos milimétricamente encuadrados –siempre armónica aunque a ratos demasiado artificiosa– demuestra un dominio técnico que no siempre casa con esta terrorífica crónica familiar, especialmente en una primera mitad grotesca y desconcertante con puntuales destellos de genio. Billingham necesita muy poco para construir con acierto los personajes, matizarlos e incluso desplegar su posible evolución (o involución) vital con el paso de los años; pero se excede en la brutalidad con que es mostrada la disfuncionalidad de una familia en esta –aunque parezca mentira– optimista autobiografía. Una vez superado el ecuador del metraje a través de una contundente elipsis que posibilita un fundamental y favorable cambio de tono, el ahora cineasta encuentra al fin la forma de transmitir a la perfección su desoladora infancia, y lo hace sin palabras de por medio y en un par de secuencias de una belleza y emotividad absolutas. Ray & Liz es irregular, también fallida en algunos aspectos y poco inspirada en el trazo de su abundante humor, pero gracias al buen hacer de Billingham tras la cámara se sobrepone a sus pequeños problemas con la precisión de un emocionante tramo final.

A Violent Desire for Joy

Aunque parezca mentira, algunos cineastas –y la gran mayoría de críticos– piensan que con seguir la tradición cinematográfica de los maestros basta para hacer buenas películas. Es el caso de Clement Schneider con A Violent Desire for Joy –integrada en la seminovedosa sección Revoluciones Permanentes–, una obra que busca alejarse a toda costa del cinismo imperante en el cine de autor contemporáneo. La realidad es que lo consigue, pero su pureza es aún más insuficiente que reconfortante. El joven monje Gabriel, al que da vida el protagonista de Tres recuerdos de mi juventud (Arnaud Desplechin, 2015), vive tranquilo y cauto en una pequeña aldea con un monasterio en la que sus conflictos se ven reducidos a decirle amablemente a un gato que no debe llevarle ratones muertos. Sin embargo, ya en la primera escena se nos hace saber que las tropas revolucionarias se acercan, por lo que la apacible existencia de Gabriel se verá irremediablemente perturbada. Por un lado, su unión al ejército revolucionario entrará en contradicción con su naturaleza y sus ideales; por otro, satisfará ese violento anhelo de alegría que da título al filme al encontrarse con una mujer negra que llegó con los ocupantes. La película se sigue con cierto placer al no haber ningún gran impedimento para su disfrute, pero la falta de enjundia de su humor, el poco riesgo de su inocua puesta en escena y los escasos matices de su narración mínima hacen que resulte algo incompleto o inacabado. Es inevitable pensar en Eugène Green y en algunos de sus trabajos durante el visionado, y quizá rememorar alguno de ellos sea lo más práctico para entender lo que le falta a A Violent Desire for Joy: rigor formal y emoción.

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