Festival de Sevilla 2018: Crónica 2

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Decepciones en la segunda jornada del Festival de Sevilla.

La segunda jornada del festival ha servido para realizar un doble acercamiento a su Sección Oficial, de la que hemos visto Donbass, el nuevo largometraje de ficción de Sergei Loznitsa –y por el cual se hizo con el premio a la Mejor Dirección de Una cierta mirada en el último Festival de Cannes– y Maya, la sexta película de Mia Hansen-Løve. Por otro lado, nos hemos acercado a Las Nuevas Olas No Ficción para ver Chaos, dirigida por Sara Fattahi y ganadora del Pardo de Oro de la sección Cineasti del presente de Locarno.

Tremendamente reputado en su labor como documentalista, no se puede decir que Sergei Loznitsa mantenga sus prestaciones en el campo de la ficción, y eso que ya son cuatro los intentos de abordar la realidad desde otra perspectiva los que ha llevado a cabo. Ganadora en Cannes del premio al Mejor Director en la sección Una cierta mirada, Donbass se sirve de una serie de acontecimientos concretos ocurridos en el este de Ucrania para reflejar el caos que inunda el país, al tiempo que confía en su pericia narrativa y en la potencia visual de sus imágenes para transmitir fortaleza. Es como si quisiera dejar claro que su película no es documental, idea en la que redunda no sólo a través de la puesta en escena sino también insertando cámaras de televisión en algunas escenas. Curiosamente, los únicos momentos convincentes del filme son aquellos en los que el dispositivo de la ficción se mimetiza con el documental. Loznitsa ha dejado de creer en el ser humano y odia a sus congéneres, a los que retrata como animales de una forma tan irreflexiva que niega la profundidad y el análisis de la situación. Los separatistas de izquierda son monstruos y vemos la desvergüenza y crueldad con las que tratan las autoridades a los ciudadanos, pero al mismo tiempo señala con el dedo a una población civil que no duda en humillar y agredir brutalmente a un fascista atado a un poste por los propios militares, por lo que la mirada del cineasta enturbia cualquier intento de reflejar la realidad. Pese a que es muy interesante la idea de construir la película en su totalidad a partir de pequeños mosaicos aparentemente aislados, dicha opción es neutralizada en cuanto el ucraniano decide no ahondar en nada y regodearse en una maldad que supuestamente le parece repugnante. Mientras tanto, el premio recibido en Cannes se debe a cuestiones muy superficiales, como a su calculada estructura narrativa y a una exhibición de músculo que reafirma el peligroso poder de la ficción.

Maya

Mia Hansen-Løve debutó en el año 2007 con la extraordinaria Todo está perdonado, una película tremendamente emocionante que esquivaba el dramatismo –no digamos ya el sentimentalismo– en sus imágenes mediante un inteligente y desolador uso de las elipsis. Y aunque nunca ha recuperado el nivel de su prometedora ópera prima, la cineasta dejó algunos destellos de talento en la irregular El padre de mis hijos y en la meritoria Un amour de jeunesse. Sin embargo, todo lo que ha hecho desde entonces confirma que su carrera se encuentra en caída libre y de momento no es fácil atisbar motivos para creer en una posible recuperación. Maya, su último trabajo, sigue la vida de un joven reportero de guerra francés después de haber sido secuestrado como rehén en Siria y tras pasar varios meses de cautiverio. Como el formato de la crónica no permite detenerse en todos los puntos negativos del filme, como por ejemplo su vago discurso y una muy débil construcción de personajes, vamos a centrarnos en algunos en concreto, puede que en los esencialmente cinematográficos. La elegancia y la funcionalidad narrativa de las elipsis en el cine de la directora francesa se ha ido convertido con el tiempo en una forma de montar las películas mecánica y perezosa. Maya, como El porvenir y Eden, es una sucesión de escenas y planos que casi nunca tienen valor comunicativo más allá de lo estrictamente visible, y que por lo general transmiten la sensación de que se podrían cortar en cualquier otro momento sin desmejorar su resultado. La cámara sigue sin convicción a su protagonista a través de la India, dejando una serie de imágenes que parecen postales turísticas por su irrelevancia, pues, exceptuando dos o tres escenas elaboradas en las que da tiempo a observar la acción, a fijarse en algo y a detener mínimamente el tiempo de la narración –cuando esto ocurre el resultado tampoco es el esperado; los actores y los diálogos únicamente desprenden artificialidad–, la película es una continua y decepcionante oda a lo superficial. Parece como si Mia hubiese perdido la lucidez y la chispa de la noche a la mañana y su mirada se hubiera vuelto banal, que es justo lo contrario que le ha ocurrido a Assayas en Doubles vies.

Chaos

Por muy paradójico que pueda parecer, una de las propuestas visuales más artificiosas de todo el festival se encuentra en Las Nuevas Olas No Ficción. Chaos llega al festival hispalense con el Pardo de Oro de la sección Cineasti del presente de Locarno bajo el brazo. No es poca cosa, pues se trata de un apartado donde anualmente compiten algunos de los trabajos más notables creados por jóvenes promesas. La premisa de la película asusta: la situación actual de Siria es presentada a partir de los testimonios y de las imágenes de tres mujeres que han sufrido de un modo u otra las consecuencias del conflicto y que viven en diferentes partes del mundo. La de mayor edad trata de lidiar con la muerte de su hijo en la casa familiar de Damasco; otra, la que cuenta con mayor protagonismo, se ha exiliado a Suecia y realiza unos curiosos dibujos como terapia para superar sus miedos; y la última, cuyo cuerpo se encuentra siempre en movimiento y es apenas visible, acude a la ciudad de Viena para deambular como un fantasma. Por norma general, los testimonios en primera persona –los escuchamos pero casi nunca los vemos– se alternan con prolongadas escenas donde la cámara escruta sus rostros en un silencio que sólo perturba la naturaleza, dejando espacio para asimilar en la intimidad todo el sufrimiento. Pero algo impide el funcionamiento de un documental que experimenta con la imagen sin motivo aparente: su puesta en escena fría y aséptica produce un distanciamiento emocional desmesurado, echando abajo cualquier posibilidad de retratar adecuadamente el horror a través de la esfera doméstica. Desconcierta sobremanera que el jurado del festival suizo premiara con tan honorífico premio la película de Sara Fattahi.

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