Festival de Sevilla 2018: Crónica 1

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Assayas convence en la inauguración del Festival de Sevilla 2018.

Estamos tan acostumbrados a que las inauguraciones de los festivales sean mediocres o directamente bochornosas que la apertura de la 15ª edición del Festival de Sevilla a cargo de Olivier Assayas es motivo de celebración, pues además lo hace con una película tan inesperada como estupenda: Doubles vies. En esta jornada de apertura también hemos visto En guerre, lo último del francés Stéphane Brizé y Diamantino, un curioso pero agotador filme codirigido por Gabriel Abrantes y Daniel Schmidt.

Al igual que en sus dos últimos trabajos, Viaje a Sils María y Personal Shopper, Assayas reflexiona en Doubles vies sobre el mundo y la sociedad de nuestros días, con una creciente relevancia del desarrollo tecnológico en todos los niveles de nuestra vida. Pero mientras en sus dos obras previas esa reflexión era tangencial, pues al fin y al cabo –y cada una a su manera– eran ejercicios de género, en Doubles vies es el leitmotiv de una narración pautada por la interacción de un quinteto de personajes cuya profundidad remite al fino trazo rohmeriano. La granulada textura de la imagen, fruto de una filmación en 16mm, recuerda a las películas realizadas por el francés desde el inicio de su carrera hasta los primeros años de este siglo, y marca una distancia importante con respecto a su obra intermedia en el tratamiento de la materia fílmica. La variación estética es interesante en sí misma, pero sobre todo por su valía como complemento de una forma de entender el cine y de mirar a las personas que parece haberse perdido. Los matices y la complejidad de los personajes, tratados todos ellos con una dignidad inusitada, complican la tarea de adivinar la posición respecto a ciertos temas de un Assayas que se muestra mucho más lúcido de lo esperado. Se puede intuir su afinidad hacia ciertos parlamentos, pues se trata de un filme que habla largo y tendido sobre el mundo digital, pero lo más interesante es esa imposibilidad de trazar un itinerario ideológico dadas las múltiples capas de los personajes y el grado de comprensión depositado en su construcción. También resulta ejemplar la dirección de actores, siendo su tarea transmitir una verosimilitud mayúscula, hacer que sus gestos y reacciones parezcan verdaderos, y el montaje y la planificación acentúan esa sensación de realidad a través del movimiento, de la interacción de los personajes entre ellos y con el entorno. Doubles vies es brillante en lo cómico y ejemplar en su nada enunciativa vertiente dramática –por lo que cualquier tentativa de clasificarla sería injusta y nada significativa–, pero su mayor logro es permitir que lo implícito sea el motor de una narración donde, a pesar de que no paran de hablar en ningún momento, lo verbal sea sólo igual de importante que lo sugerido.

En guerre

Si no fuera por la clarísima intención de escenificar una dura negociación colectiva como un verdadero campo de batalla, cuyo carácter metáforico se expresa desde la propia ambigüedad de su título, En guerre podría pasar perfectamente por un documental, pues el material a tratar es aún más real que lo real. Stéphane Brizé repite con Vincent Lindon como protagonista pero se aleja de los dilemas morales de La ley del mercado para retratar la lucha de los trabajadores de una fábrica automovílistica por mantener su puesto de trabajo y hacer valer la eficacia del acuerdo que se vieron obligados a firmar por el bien de la compañía. Dos años después de renunciar al aumento salarial correspondiente al paso de 35 horas semanales de trabajo a 40 y de perder las primas, algunos de los empleados, liderados por Laurent Amédéo, harán lo posible por recuperar sus puestos. El trabajo de cámara y de montaje de Brizé es en todo momento coherente con el trasfondo beligerante de la historia, conjugando su energía con la entregada interpretación de un Lindon tan convincente como de costumbre. El actor es sin duda lo mejor de una película efectiva y transparente en sus intenciones, mucho menos manipuladora de lo esperado y por lo general relativamente lejana al sentimentalismo. Sin embargo, el cineasta tira por la borda todo el esfuerzo realizado en una extraña e insultante maniobra de distanciamiento, una nueva muestra de la importancia que tiene saber enfrentarse al material y filmarlo de la forma más adecuada. Pero en esta ocasión el problema no es que no haya escogido la forma más adecuada, sino que se rinde al sensacionalismo más barato y destruye lo que podría haber sido un aprovechamiento bello y preciso de la dualidad. Habrá que seguir pensando en ella para saber hasta qué punto afecta tan fatídico desenlace a la entereza y honestidad de lo narrado hasta entonces, bastante interesante pese a su obvio y poco elaborado discurso.

Diamantino

La Selección EFA abre cada año su puerta a películas de muy diversa índole, desde lo último de algunos de los cineastas más reconocidos del cine europeo, hasta producciones pequeñas como la que nos ocupa. Diamantino es una rara avis que combina prácticamente la totalidad de cosas y géneros cinematográficos que a uno se le puedan ocurrir. Lo más curioso de la propuesta es su personaje protagonista, claramente inspirado en Cristiano Ronaldo y verdadero eje central de una narración que se pierde al apuntar hacia tantas direcciones. Es original, seductora, vistosa y relativamente graciosa, pero tan irregular y falta de cohesión argumental y estética que sus logros son devorados por sus defectos. La modificación genética entra en juego y es aprovechada para hablar del auge de la extrema derecha en Europa sin demasiados tapujos, pero desde una obviedad que no da lugar a la reflexión ni al estudio de su peligroso crecimiento. Lo mejor de la película codirigida por Gabriel Abrantes y Daniel Schmidt son los divertidos paralelismos que nos permite establecer entre el futbolista de la ficción y el real, aunque el dibujo que realizan del mismo es excesivamente condescendiente y naif. Quizá no se dieron cuenta de que el verdadero potencial de su propuesta residía en un elemento totalmente ajeno a los giros de guion y a los delirantes vaivenes genéricos.

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