Críticas: Maquia, una historia de amor inmortal

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Texto de explicitud.

La imposibilidad que los protagonistas del relato tienen de satisfacer sus necesidades vitales es la clave que articula el melodrama como género narrativo, una situación que Jonathan Goldberg describe con acierto a través del concepto aesthetics of impossibility (“estética de lo imposible”) al aproximarse, concretamente, al melodrama como género cinematográfico. Ya desde la época muda, el melodrama se ha desarrollado en torno a la descripción de la sociedad, de las normas de conducta y de las aspiraciones que uno pueda tener en la vida. En el fondo, el melodrama analiza las barreras que la sociedad como conjunto impone sobre el individuo, que pueden aparecer en múltiples vertientes. Desde los conflictos de raza hasta los de género, pasando por los de identidad sexual o los de clase social, las películas que pertenecen a este modelo de ficción retratan los problemas cotidianos que las personas pertenecientes a colectivos desfavorecidos deben afrontar en su día a día. Un aspecto que se desarrolla a través de un interés por lo excesivo, por regodearse en la intensidad de la emoción, por mostrar situaciones un número de veces que desde el punto de vista de la narración clásica se entiende como innecesariamente excesivo, así como utilizando un ritmo inusualmente lento para los estándares de la producción cinematográfica comercial. La idea, a fin de cuentas, consiste en forzar que el público se quede anclado a la emoción que se quiere representar, y para ello se recurre a una estética que se basa en lo excesivo, o directamente inverosímil, y todo ello a pesar de que la idea inicial consiste en, precisamente, retratar conflictos existentes en la realidad.

Un aspecto fundamental de la mirada que el melodrama aporta sobre la vida consiste en la asunción de la derrota. Aunque no de manera universal, lo habitual es que finalmente el poder establecido venza a los personajes a los que oprime, de tal manera que estos, por mucho que luchen por tratar de cambiar la situación, en última instancia deben abandonar sus objetivos y conformarse con el estilo de vida que el sistema ha preparado para ellos, o renunciar a aspectos fundamentales de su existencia por el bien de sus allegados. Pero quizás lo más curioso de la vertiente clásica del melodrama sea que nada de lo que se ha descrito en este texto se expresa de manera abierta y literal. Los melodramas, por tanto, se convierten en lo que Peter Brooks define como texts of muteness (“textos de mudez”), precisamente porque hablan de los tabúes sociales, que nunca se verbalizan, porque se construyen en torno a las normas de convivencia, que todo ser humano conoce y por tanto no deben ser explicadas, y también porque las personas oprimidas tienen necesidades o ideas sobre la vida que pertenecen a una minoría, por lo que la represión se muestra en la imposibilidad para expresarse de manera abierta, sin temor a juicios o consecuencias. De esta forma cobra especial relevancia en la narrativa melodramática el uso de objetos como portadores de significado, a través de los cuales se articulan metáforas y significados que permiten el desarrollo de una estética, por lo general, de corte simbólico.

Tomar como referencia el texto de mudez y la utilización de objetos como portadores de significado permite elaborar una lectura estimulante de Maquia, una historia de amor inmortal (2018). La directora es Mari Okada, quien también firma el libreto. La autora debuta tras las cámaras en el formato del largometraje tras haber desarrollado una prolífica carrera como guionista de películas y series de animación, entre las que destaca su rol de co-guionista en series como Fate/Stay night (2005) o Anohana (2011). La cinta narra la historia de Maquia, una chica que pertenece a una raza distinta de humanos, cuya principal característica reside en la ausencia de envejecimiento y la inmortalidad. Cuando el ejército de una de las sociedades invada la zona en la que viven, la protagonista se verá obligada a escapar para sobrevivir. En su camino encontrará a un bebé huérfano, al que cuidará como si fuera su propio hijo, mientras trata de hacerse paso en la nueva sociedad en la que se ha visto forzada a vivir, en la que debe ocultar su ascendencia racial para evitar posibles represalias, desde el rechazo social hasta el asesinato.

La trama permite el desarrollo de diferentes variaciones del melodrama, tales como las relacionadas con conflictos de raza o con relaciones maternofiliales, a través de una estética del exceso que es característica de la animación japonesa en cualquiera de los formatos, pero que destaca con especial fulgor en su aproximación al melodrama, como ya se podía observar, sin ir más lejos, en la citada Anohana. En este caso la imposibilidad se alcanza a través de la situación de la protagonista en su vida privada y en la comunitaria. Por un lado, la incapacidad para sentirse realmente integrada en una sociedad que, aunque parezca similar, funciona de manera muy diferente en mentalidad, debido a que el concepto del tiempo condiciona todas y cada una de las decisiones de la vida humana. Siendo inmortal, la manera en que Maquia percibe la realidad es muy distinta de la de los humanos mortales, lo que genera una barrera impenetrable que la aísla; un conflicto muy similar al que vivía el personaje principal del filme de acción real El secreto de Adaline (2015). Dicha situación provoca un conflicto importante en la capacidad de Maquia para relacionarse con su hijo adoptivo, puesto que, con el paso del tiempo, este se hace mayor mientras ella mantiene su apariencia adolescente. A su vez se suma otro conflicto, el más relevante de la historia, que consiste en la imposibilidad real de alcanzar un vínculo auténtico madre-hijo, debido a que biológicamente no guardan dicho parentesco; un problema que les afecta a ambos. Por tanto, todas estas características permiten colocar Maquia, una historia de amor inmortal dentro del subgénero que se conoce como melodrama femenino, y, dentro de este, en la categoría denominada como melodrama maternal (maternal melodrama), que se diferencia fundamentalmente de la otra gran categoría, el cine femenino (woman’s film), en que en el primer caso el cuestionamiento del rol de madre es interno (parte de la propia madre) mientras que en el segundo caso dicho cuestionamiento parte de la sociedad.

Teniendo en mente todas las ideas descritas en torno al melodrama, resulta tremendamente estimulante analizar el modelo narrativo que se estila con mayor profusión en la animación japonesa moderna. Mientras la idea de imposibilidad está tan presente como en cualquier ejemplo de producción canónica, la gran diferencia que separa el modelo clásico del nipón consiste en la verbalización de los conflictos. A diferencia de lo descrito hasta ahora, en los melodramas de anime lo más habitual es encontrar a personajes que, durante todo el metraje, exponen con claridad la problemática a la que se enfrentan, sin necesidad de rodeos u omisiones que el público deba completar gracias a su entendimiento del funcionamiento de la sociedad —de hecho, como es el caso de esta película, el uso de la voz en off es recurrente. Una situación que provoca la inutilidad de objetos como portadores de significados, puesto que su contenido simbólico ya ha sido expuesto de manera explícita y oral por los personajes del relato. En el caso de Maquia, una historia de amor inmortal esto aparece a través de las telas que la raza de la protagonista teje para transmitir significados. Este colectivo, de manera literal, escribe mensajes al elaborar dichas telas, de tal manera que si uno de ellos toma uno de estos objetos, leerá un mensaje en este. Por ello, dichas telas podrían funcionar como portadores de significado, tanto simbólico como literal, pero, debido a la manera en que se desarrolla el guion de la cinta, dicho aspecto de la trama queda condenado a la irrelevancia. O, quizás, las telas sean una metáfora involuntaria del tratamiento de los subtextos por parte de la autora, así como del melodrama anime en general, lo que permite plantearse jugosas cuestiones acerca de la idoneidad de desarrollar dicho género de tal manera.

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