Festival de Sitges 2018: Cuarta crónica

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Visitas esperadas, visitas olvidables y decepciones cinéfilas.

Los últimos días del Festival de Sitges estuvieron centrados en gran parte por tres visitas: M. Night Shyamalan, maestro del género fantástico con El sexto sentido o El bosque, que presentó material inédito de su nueva película, Glass; John Carpenter, director de la seminal La noche de Halloween de 1978 y compositor de la banda sonora, que ofreció un concierto orquestado por él; y, por último, Wismichu, uno de los youtubers más influyentes en nuestro país, que provocó la mayor polémica de estos diez días con su performance durante la presentación de Bocadillo, su ópera prima que causó airadas reacciones por parte del público y de cinéfilos presentes y ausentes en Sitges debatiendo sobre la pertinencia o no de incluir este proyecto en la programación del festival. Por cierto, la película, ya disponible en su canal de YouTube, es un esperpento, una broma pesada y una ocurrencia más propia de un infantil alborotador que de un creador artístico que quiera provocar mediante el medio cinematográfico. Un craso error en la selección que, de todos modos, no puede eclipsar una de las mejores ediciones del Festival de Sitges que este cronista recuerda: a nivel artístico de las películas presentadas y por número y relevancia de estrellas internacionales que han desfilado por la alfombra roja entre zombies.

Las últimas jornadas de este 51º Festival de Sitges estuvieron repletas de propuestas variadas. La primera a destacar es 70 binladens, de Koldo Serra, un sólido thriller de atraco a una oficina bancaria con la crisis económica como telón de fondo o, más bien, la corrupción, no tanto la institucionalizada, sino la de la picaresca de cualquier ciudadano de a pie. Tras la estimable Gernika, el director bilbaíno se embarca en una trama de sorprendentes giros argumentales y dosis de humor derivadas de situaciones rocambolescas y dardos lanzados de crítica social. El punto fuerte de 70 binladens es el pulso narrativo de Serra manteniendo el ritmo en todo momento que logra brillar en alguna secuencia; por el contrario, el punto más débil es un guion irregular colmado de mensajes subrayados. Como si Sam Peckinpah o el Sidney Lumet de Tarde de perros trazaran una radiografía de la sociedad española estilo Álex de la Iglesia, 70 binlandens es cine artesanal efectivo. Además, tiene a unas imperiales Emma Suárez y Nathalie Poza que sacan oro de sus respectivos personajes.

La noche de Halloween

Otro de los títulos de estos últimos días ha sido la esperadísima La noche de Halloween, una nueva secuela del filme homónimo de Carpenter. David Gordon Green recupera a Jamie Lee Curtis para el papel de Laurie 40 años después y la enfrenta de nuevo a su peor pesadilla: el temible asesino Michael Myers. Bajo el sello Blumhouse, la franquicia se moderniza bajo los códigos del terror actual conjugando acertadamente los clichés del género y erigiendo una efectiva y funcional segunda entrega. Gordon Green, excesivamente precavido, desarrolla el film fiándolo todo a la nostalgia, sin innovar ni llevarse el universo a un terreno personal. Seguramente más cobardía por defraudar a los fans que pereza artística, pues alguna set piece, como la del lavabo en la gasolinera o el inicio de la noche, están rodadas con maestría. La presentación de la historia y reencuentro con los míticos personajes, junto al tramo central, es mucho mejor que una media hora final menos vistosa y más tópica en su ejecución. El triplete femenino protagonista, formado por Laurie, su hija y su nieta, es la enésima muestra de los nuevos tiempos en la ficción contemporánea capitaneada por una confraternización de ellas contra el mal. La noche de Halloween de Gordon Green cumple, pero no levanta pasiones.

L’heure de la sortie

Por último, desde Francia llega una de las propuestas más iconoclastas de esta edición: L’heure de la sortie, un extraño y sugerente thriller dirigido por Sébastien Marnier. La película se centra en Pierre, un profesor que llega al colegio para sustituir a otro que se quitó la vida saltando por la ventana ante la mirada atónita de sus alumnos. Seis de ellos se muestran fríos tras la tragedia vivida y Pierre se obsesiona con la hostilidad que aparentan. Una trama que parece esconder secretos en cada nueva secuencia, un cóctel de terrorismo, medio ambiente y surrealismo que nunca termina por despegar y, en última instancia, resulta del todo insatisfactorio por su falta de concreción. Marnier exhibe un interesante planteamiento narrativo y una hipnótica atmósfera desasosegante, de calma tensa, pero ninguno de estos dos aciertos desemboca en la grandeza de las obras de dos de sus referentes más claros: Buñuel y Haneke. La mezcla de mensaje en favor de la protección del entorno natural y en contra de la mala conducta de los conciudadanos, junto a la amenaza del terror global y los peligros juegos en la adolescencia conforman un mejunje algo indigesto que nunca termina por estar cohesionado con el relato principal –pese a ser las motivaciones de los chavales- y son percibidos como ajenos al filme. Un guion más pulido y una dirección menos ensimismada podrían haber cautivado mucho más que la fallida L’heure de la sortie.

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