Festival de Sitges 2018: Crónica 3

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Cuatro grandes películas para la tercera crónica de Sitges 2018.

¿El cine social tiene cabida en el Festival de Sitges? La respuesta es sí, siempre que el acercamiento a las realidades determinadas sea desde la óptica del fantástico. El ejemplo más claro es Lazzaro Feliz, sin lugar a dudas, una de las mejores películas del año. En su paso por el Festival de Cannes ya levantó pasiones a raudales y ahora en el certamen catalán ha revalidado sus aplausos. La directora italiana Alice Rohrwacher construye un cuento de fantasmas tierno, desconcertante e imprevisible en torno a Lazzaro, un joven cuya familia vive esclavizada bajo las órdenes de una marquesa, mientras él entabla relación con el hijo de ella, Tancredi. Una amistad mágica que transcurre por el espacio y el tiempo hasta límites insospechados. La diferencia de clases y los estragos de las cíclicas crisis económicas (mejor dicho, las consecuencias de un capitalismo salvaje) planean, sin chirriar, en una fábula fascinante, con acertadas fugas de humor y una elegancia formal que retrata a Lazzaro como el faro de toda una sociedad. Las miradas de este joven retratan tanto la inocencia como la podredumbre de una sociedad enferma. Sus lágrimas son las de todos. Magnífica.

Burning

El mismo adjetivo grandilocuente podría asignársele a Burning, la última película de Lee Chang-Dong, que partiendo de un breve relato de Haruki Murakami, enarbola un drama romántico a tres bandas impregnando la atmósfera de un thriller latente y de cocción lenta. No obstante, la recompensa es mayúscula: el quemar del título va cobrando todo el sentido del mundo y eleva el filme a la condición de cine político si se quiere, de denuncia de una clase alta que no duda a vilipendiar a la clase obrera. Otra obra de cine social dándose la mano con el fantástico que también compitió por la Palma de Oro en el último Cannes (ganó el FIPRESCI de la crítica). Burning contiene justo a mitad de su metraje una de las escenas más fascinantes y evocadoras del último lustro. Por otro lado, Jongsu, el protagonista, es uno de los mejores personajes de este año, Chang-Dong desarrolla un minucioso estudio de su psique y condición, así como de los otros dos que conforman el triangular eje dramático. El tiempo, quizás, la situará como la obra maestra de Chang-Dong, méritos no le faltan a este sorprendente thriller que habla del amor y la brecha social. Por el momento, Burning también es otra de las mejores películas del 2018.

Nación salvaje

Otro de los filmes presentados en el Festival de Sitges también tiene un alto grado de denuncia, en este caso, contra el heteropatriarcado y los E.E.U.U. de la era Trump. Se trata de Nación salvaje (Assassination Nation), de Sam Levinson, un divertido y salvaje cruce entre comedia negra, slasher y thriller terrorífico. También podría definirse como un The Purge: La noche de las bestias de la era #MeToo o un largo capítulo de Black Mirror sobre la privacidad en Internet y cómo afecta a una comunidad la filtración de datos personales. Las protagonistas son cuatro adolescentes que deben hacer frente a un hackeo masivo y, lo que es peor, la reacción violenta de sus vecinos, cargados de doble moral e hipocresía cristiana. El principal problema de la película es que está encantada con gustarse a sí misma, es decir, es obvia y se dirige a lo fácil: está milimetrada para ser vitoreada. A su favor tiene que le funciona la fórmula, en parte, por saber ser fruto del momento actual y apropiarse de los temas de debate actuales a través del terror. Nación salvaje (Assassination Nation), con sus aciertos y sus fallos, servirá en el futuro para plasmar los miedos sociales de nuestro presente (la privacidad en Internet, un presidente incompetente, el final del heteropatriarcado). En última instancia, y donde mejor se mueve la cinta es en ser una defensa de la sororidad transversal y definitiva para derrocar los sistemas enquistados.

Dragged Across Concrete

Por último, Dragged Across Concrete, de S. Craig Zahler, uno de los habituales de Sitges con solo tres títulos a sus espaldas que ahora regresa con una interesante mezcla de cine de autor y serie B. En buena parte, el festival fue uno de sus descubridores al programar su ópera prima Bone Tomahawk (premio al mejor director) tres ediciones atrás. Su nueva película, protagonizada por Mel Gibson y Vince Vaughn, es un thriller criminal de robos y atracos con más verborrea y creación de personajes que acción descarnada y más búsqueda de una atmósfera sosegada que ritmo trepidante. Como en Brawl in Cell Block 99, presentada el año anterior, la película adolece de una desmesurada ambición y metraje. Dragged Across Concrete tiene un guion más redondo, sobre todo, por sus escenas dialogadas –de lejos, lo mejor del filme- y una presentación y desarrollo de los personajes mucho más rica en matices. No obstante, un servidor continúa sin conectar demasiado con la filmografía de este cineasta tan adorado en estos lares.

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