Críticas: Una receta familiar

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La comida, catalizadora de viejas heridas.

Si la semana pasada con el estreno de La sociedad literaria y el pastel de piel de patata nos referíamos a su público potencial como las señoras (o tietes), entre los nuevos estrenos de este puente tienen una nueva ración de cine que parece cortado milimétricamente para ellas. No obstante, el cine japonés que sigue este patrón suele tener más enjundia y subtexto en sus trilladas historias que el cine británico, francés o español, que suele ser más liviano. Por ejemplo, Una pastelería en Tokio de Naomi Kawase, bajo su aparente capa de dramedia acomodada, poseía un interesante discurso sobre las viejas heridas en una sociedad lastrada por un final de guerra totalmente devastador (las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki). La propuesta de Eric Khoo con Una receta familiar está más cerca de un drama familiar (salvando las enormes distancias) de Hirokazu Koreeda que de la ternura y diversión de una historia acartonada como Criadas y señoras.

Comida japonesa y comida singapuerense para abrir el apetito de cualquier espectador de espíritu cosmopolita y degustador de la comida oriental. La película gira en torno a lo culinario para hablar de lo familiar: Masato, un chef de ramen japonés, decide viajar a Singapur para conocer más acerca de sus orígenes, pocos días después de la muerte de su padre. En su búsqueda conocerá a la mujer, apasionada de la cocina, con la que chatea desde hace meses y también a su tío, sus primas y su arisca abuela. Más que arisca, distante con su nieto porque reproduce en él su mala relación con su difunta hija, de la que renegó desde que decidió casarse con un japonés y mudarse al país vecino.

Toda la trama de Una receta familiar versa alrededor de ambas gastronomías, tan dispares y similares a la vez como el carácter de dos países enfrentados años atrás. Las diferencias generacionales entre los miembros de la familia y los disentimientos históricos entre ambos estados son el hueso de la película, así pues, la cocina de fusión entre ambas gastronomías es una deliciosa alegoría de la conducta humana y la posible entente entre lo viejo y lo nuevo, lo anclado al pasado y lo dispuesto al cambio. Masato descubrirá los secretos mejor guardados de sus ancestros para realzar la posibilidad de una reconciliación a escala personal y nacional.

Eric Khoo combina con acierto todos los ingredientes de la feel-good movie con pedigrí y ajusta muy bien la cantidad de azúcar óptima para no pasarse de frenada con el almíbar de la historia. En Una receta familiar también se encuentran las licencias de ese cine oriental más folletinesco y entregado al anime, como ese abrazo, de subrayado innecesario, entre dos personajes en momentos y espacios distintos. El cineasta singapurense hila bien el filme en una narración sincopada con flashbacks, destellos de un pasado que regresa para reabrir viejas heridas, pero sobre todo para sanarlas y encontrarles una tirita mucho más efectiva. La recompensa, es decir, el postre, quizás, sea el perdón y el triunfo del amor.

Una receta familiar es un sólido drama familiar, con inspirados toques de humor, cuya analogía entre las relaciones familiares y las diferencias enquistadas entre Japón y Singapur es lo mejor del conjunto. No obstante, Khoo es precavido en ahondar en todo su potencial y se mueve cómodamente en la superficie de lo planteado. El cine de señoras ya suele estar plagado de buenas películas, correctas, pero que nunca van a perdurar en el recuerdo más allá del buen rato pasado durante su visionado. Una receta familiar es una de ellas.

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