Críticas: Bohemian Rhapsody

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Bondades y tropiezos de Queen y Mercury.

Vibrar y vivir un concierto en vivo. ¿Son dos motivos suficientes para valorar una película? La verdad es que con Bohemian Rhapsody es bastante probable caer rendido a ella teniendo en cuenta solo estos dos aspectos, huyendo de lo puramente cinematográfico y dejándose llevar por las sensaciones tan sensoriales durante su visionado. Por otra parte, ¿quién no disfruta con la música de Queen? Con esta película, se produce un hecho realmente notable, puesto que hacía mucho tiempo que un filme no generaba tanto revuelo entre un sector del público, en este caso, los fans de Queen, incluso las flojas críticas en Estados Unidos parecen no importarles y el hype no cesa. No, Bohemian Rhapsody no es una mala película y servidor no entiende como la crítica estadounidense le ha dado tantos palos cuando películas similares y peores reciben su beneplácito.

La maquinaria de marketing y la propia leyenda entorno a la figura de Freddie Mercury han instaurado la idea de que Bohemian Rhapsody es un biopic del líder del grupo, pero nada más lejos de la realidad. Si bien es cierto que Farrokh Bulsara, nombre real del cantante de origen hindú, es el eje conductor de la narración, lo más preciso es definir la película como la meteórica historia de Queen, su impacto en la cultura popular y su revolución en la industria musical en los 70 y 80. Nada sabemos de Mercury antes de conocer a Roger, John y Brian ni tampoco lo pretenden sus guionistas: el quid está en mostrar todo aquello que influyó en forjar y lanzar al estrellato uno de los grupos musicales más aclamados de todos los tiempos. Esto incluye inmiscuirse sin coartadas, aunque de una forma demasiado blanca, en todos los recovecos de la vida de Mercury: su reprimida homosexualidad, el consumo de drogas, las orgías y su lucha contra el SIDA.

Bryan Singer es el director acreditado, aunque durante la producción fue despedido por ausentarse durante el rodaje; Dexter Fletcher (del estimable musical Amanece en Edimburgo) fue el sustituto que solo aparece como productor ejecutivo. Dificultades en la producción que, sin duda, han tenido influencia en la recepción crítica. La película adolece de una impersonalidad palpable, nada en ella es distintivo y todo se desarrolla bajo los cánones del biopic más tradicional. Manual en mano, quizás, el más inspirado haya sido Anthony McCarten, el guionista de La teoría del todo y El instante más oscuro, preocupado, como en estos dos anteriores trabajos, por contar algo más que las simples líneas de la ficha de Wikipedia. Bohemian Rhapsody al final, tras su convencional historia de auge, caída y resurgimiento, tiene un interesante retrato de un hombre frustrado por negarse a ser quien es (renegando de sus orígenes y orientación sexual) y un emocionante homenaje a Queen, catapultado en la reconstrucción fidedigna de la actuación de la banda en el Live Aid de 1985 en Wembley. ¿Puede ser un clímax final desmesurado? Puede. ¿Resulta emocionante? Sí, mucho. Veinte minutos apoteósicos que son un disfrute para mitómanos de Queen y oyentes casuales de sus temas más icónicos.

La carga emocional de este vibrante epílogo y de todo el arco argumental alrededor de la megalomanía de Freddie Mercury eleva la propuesta de Bohemian Rhapsody y la aleja del desastre que muchos pronosticaban. El resultado final es mucho más convincente gracias a la absoluta transformación y el mimetismo de Rami Malek en Farrokh Bulsara/Freddie Mercury. El actor brilla tanto arriba del escenario como en las escenas más íntimas, nunca cae en lo caricaturesco. Ganador del Emmy por Mr. Robot, el Freddie Mercury de Malek es el tipo de interpretaciones que la Academia de Hollywood suele adular, así pues verle con el Oscar en la mano en los próximos meses no sería nada descabellado.

Bohemian Rhapsody es un tributo a Queen y una oda a uno de los personajes más relevantes de la cultura pop de la segunda mitad del siglo XX. Un filme correcto, cómodo en la fórmula y eficaz en su cometido.

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