Festival de San Sebastián 2018: Oreina

Escrito por

Twitter icon

Enfrentamiento y desarraigo.

El ciervo del título es el fiel reflejo del paso del tiempo: en un principio sugiere la muerte del animal; en segundo término, escenifica el eterno enfrentamiento entre dos hermanos que conviven en un caserío partido en dos y cuya mirada del ciervo se encuentra en el epicentro del distanciamiento físico y emocional; y, por último, la cabeza del rumiante evoca el final de una etapa, la inexorabilidad de aquello que conocemos. El ciervo actúa como un demiurgo, pese a no aparecer en buena parte del metraje, su mirada impenetrable es omnipresente en el relato y cristaliza la incomunicación fraternal.

Más allá del conflicto subterráneo entre los dos hermanos, otro personaje orbita en la periferia de San Sebastián: Khalil, cuyo arco argumental resulta más rico e interesante. El joven es un desarraigado que trata de vivir (o, mejor dicho, sobrevivir) lo mejor que puede. El entorno natural de la zona de la ría de Oria es su patria, no conoce otra, pero aún así, es una realidad adversa a él: los prejuicios, la falta de oportunidades y una identidad marcada por sus orígenes magrebíes condicionan su porvenir. No obstante, cabe señalar y valorar positivamente que el rol de Khalil no sea el del migrante, ya que la película gira en torno a otros temas, él ejemplifica la juventud perdida de hoy en día como cualquier otro. Con sus particularidades, sí, pero Oreina no es ni pretende ser un drama social. Da voz a las minorías sin centrarse en sus condicionantes de minoría.

El filme es el segundo largometraje de Koldo Almandoz, considerado por algunos críticos como el enfant terrible del cine vasco tras sus premiados cortos y Sipo phantasma. Oreina se sitúa dentro de la corriente de historias amargas, con personajes encerrados en sí mismos, marcadas por localizaciones y puestas en escena gélidas y grisáceas de títulos recientes de compañeros de industria como Pikadero, En 80 días o, incluso, desde la comedia como Negociador. Almandoz en Oreina (Ciervo) resalta la importancia del paisaje y del entorno en el que deambulan sus personajes con una sensibilidad especial que, a un servidor, recordó a Corn Island (George Ovashvili, 2014). Entre el trío protagonista y el entorno natural se crea una simbiosis que escenifica la hostilidad de su presente, pero también el horizonte de posibilidades del futuro cercano.
Almandoz no revela nada nuevo, al contrario, los tres personajes y sus conflictos suenan a tramas ya muy vistas, pero el cineasta atina en dos aspectos. Por un lado, en la correlación entre las tres subtramas, aparentemente distanciadas, pero narrativamente cohesionadas por ese huella amarga de soledad enquistada en ellos. Por otro lado, la puesta en escena contribuye a dotar de mayor intensidad al filme y conocer a los personajes por su monótona rutina, sus fugaces quehaceres de ocio y sus silenciosas relaciones. No hay estridencias formales, todo fluye en secuencias qué muestran más por las acciones de los mismos que en la ausencia de diálogos.

Oreina (Ciervo) es una pequeña muestra del talento de una industria plural (en temáticas) y diversa (en estilos) como es la cinematografía española. Su inclusión en el palmarés de la sección Nuevos Directores no debe descartarse en absoluto, aunque sería interesante encontrar películas más redondas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *