Críticas: The rider

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Esencia arrebatada.

Año a año se proyecta en Cannes una ingente cantidad de buen cine. Algunas no nos llegan nunca y, si bien la Sección Oficial sí que recibe cierta atención mediática, las propuestas más pequeñas de las secciones paralelas pueden demorarse más de un año. Cuando una de ellas desembarca, más aún si supone un oasis de cine de autor en el páramo estival de producciones palomiteras, se recibe con alegría y entusiasmo, como agua de mayo. En el caso del filme que nos ocupa, no podía ser menos, ues es una de las sensaciones del cine independiente del último curso: la estadounidense The rider, dirigida por la realizadora de origen chino Chloé Zhao y galardonada con el mayor premio de la Quincena de realizadores del Cannes del 2017. Filme que ha recibido un consensuado aplauso crítico allá por dónde ha pasado, y lo propio sucedió también cuando los primeros medios nacionales empezaron a verter sus opiniones. Cine de rodeos, sensible y asceta en el plano narrativo pero sin descuidar la estética. Muchos eran los motivos para descubrir la obra, y analizarla con premura pero con detenimiento tras un pase temprano. Hablamos de una de las películas más notables del año, ejercicio tan interesante en su lenguaje como emotivo. Un relato de personajes entrañables, conflicto de hondo calado e imaginario rico y sereno. Filme tan duro como bello, tan inspirador como trágico.

Tras un desafortunado accidente en un rodeo, el joven estadounidense Brady Blackburn (estupendo Brady Jandreau) es operado de una importante herida craneal, tras la cual queda marcado por una ostentosa cosida en la cabeza y la recomendación de no volver a subirse a un caballo nunca más. Si bien intenta reconducir su vida a otros trabajos precarios que le ayuden a sacar adelante a su deficiente hermana y pendenciero padre, el sencillo muchacho no será capaz de encontrar la felicidad alejado de los caballos, pese a tener cerca el espeluznante ejemplo de su amigo Lane. Un fascinante caso de, podríamos denominar, ficción de base e ingredientes documentales. Todos los personajes, aún cambiando el apellido, se interpretan a sí mismos. Si bien los hechos están recreados, la impresión de que todos ellos han sucedido de un modo u otro es clara. Cine de vaqueros, praderas y caballos, cine de identidad netamente norteamericana, pero desde la distanciada mirada de Zhao. Una mirada sensible, que hace que The rider sobresalga por su emotividad, y la ternura que produce desde su sencillez. Cine de personajes, melancólico y familiar, tan umbrío como esperanzador. El fluir nunca decae en interés, atemperado con sensacionales estampas que nos brinda una fotografía espléndida, con secuencias de pura excelencia cinematográfica, que se eleva con elementos simples como música y noble galopar. Película austera, recogida, pero aún así intensa en su faceta más dramática, y muy certera a la hora de definir el conflicto existencial profundo que atormenta a Brady. Un protagonista con presencia, y un mundo interior que traspasa la pantalla. Y un drama a su alrededor de calado universal que Zhao observa sin juzgar. Y que encuentra en los momentos de contacto entre Brady y los caballos su mejor exponente. Un filme excelente.

Tan excelente como, bien es cierto, falto de sorpresas en su argumento, común para el espectador acostumbrado al cine de esta temática y que más allá del factor social de las secuelas físicas que los accidentes en rodeos dejan no aporta novedades de cariz argumental. Este elemento, además, se introduce en la segunda mitad del filme y queda desdibujado en comparación con el malestar familiar y el desasosiego espiritual de Brady. Los momentos ecuestres son tan hermosos que uno no puede sino extrañar que el filme nos ofrezca más instantes de estos, en detrimento de una relación paternal poderosa pero mucho menos interesante. Su crudeza nos ayuda a sentir más intenso las desgracias de esta diégesis, pero a su vez no logra que lleguemos a empatizar con familiares y amigos, apenas limitándonos con la enormidad de Brady. Pero como podrán constatar los lectores, siempre que uno se enfrenta a grandes películas como esta sólo le queda resaltar minucias para airear los puntos débiles.

Concluyendo, servidor no puede sino instar encarecidamente a que todo el mundo se apresure a su sala de cine más cercana para disfrutar de esta gran película. Una de las más (paradójicamente) grandes del año.

Podéis leer más artículos de Nestor Juez Rojo en Celuloides en Remojo.

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