Críticas: En las estrellas

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La carta mágica de amor al cine.

No podría haber rodado una película más distinta respecto a su ópera prima: Zoe Berriatúa salta del drama adolescente nada complaciente con Los héroes del mal a una oda a los creadores en la luminosa y tristemente cómica En las estrellas. Este nuevo trabajo, también apadrinado por Álex de la Iglesia, narra la historia de Víctor, un director de cine alcohólico, deprimido y frustrado; incapaz de sacar adelante nuevos proyectos por falta de recursos. Por falta de ganas, amor por el arte e interés por contar historias no será: cada día juegan con su hijo, Ingmar (por Bergman, claro), a imaginar nuevas líneas argumentales y a soñar con las localizaciones idóneas.

En las estrellas no solo es un cándido ejercicio de metacine, también es un drama paternofilial desde el momento en que Víctor se ve acorralado por la dirección de la escuela de Ingmar y los servicios sociales y ve peligrar la custodia del chaval. La desbordante imaginación y la cruda realidad se funden en esta dramedia tan onírica como costumbrista que apela en todo momento a la cinefilia del espectador para sonsacarle sonrisas cómplices al coquetear con ser el Cinema Paradiso o La invención de Hugo del cine español. La propuesta de Berriatúa es mucho más sencilla y menos efectiva en su torrente emocional, los dos referentes son quizás su sueño de gran película como aquella en la que sueña su protagonista.

En entrevistas, el director madrileño ha declarado que el personaje de (un divertido y estupendo) Luis Callejo es una suerte de alter ego en su faceta de persistente luchador para embarcarse en proyectos cinematográficos y no darse por vencido ante los obstáculos. Oda a la libre creación en una profesión castigada por la falta de recursos y en un país -el nuestro- en el que es francamente complicado sacar adelante nuevos proyectos; el riesgo que hay En las estrellas es de agradecer. En cada secuencia se palpa que la película tiene mucha personalidad, así como reminiscencias bien digeridas como la literatura de Roald Dahl, el cine de Tim Burton o la fantasía visual de Mèlies.

La película es una carta de amor al cine, a los pequeños creadores y a los soñadores con el arte; no es la quintaesencia de este tipo de historias, pero aguarda la suficiente magia y emoción como para no pasar inadvertida ante el radar de los cinéfilos. Una pequeña gran historia que suple sus flaquezas y lugares comunes con valentía en tiempos adversos a la creación.

 

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