Críticas: Solo

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Autoayuda para dummies.

Título elocuente, aunque no se cumpla al cien por cien. Solo es un relato de supervivencia basado en hechos reales sobre un surfista, Álvaro Vizcaíno, que quedó atrapado en una zona inaccesible de la isla de Fuerteventura tras sufrir un accidente por un acantilado y quedar malherido con la cadera rota. No obstante, la soledad de esta heroica historia no es tal con la excesiva inclusión de flashbacks y las conversaciones con su ex novia en su regreso a la cala del accidente tres años después. De hecho, el personaje de ella (Ona) dice al inicio de la película “no quiero escuchar tu historia de sufrimiento”. ¿Por qué el director entonces cree que es interesante contarla? Cuando uno termina de verla, no lo puede comprender; también desearía no haber tenido que presenciar tal despropósito.

A fin de cuentas, la epopeya marítima de 48 horas del joven surfista es una excusa para recitar una cantidad ingente de frases de autoayuda que resuenan entre olas y gaviotas como proceso de aprendizaje del protagonista para ser mejor persona, madurar y abandonar el libertinaje. El examen final es la renuncia al amor de su vida, al que ha dañado y cuya pérdida es el precio a pagar por asentar la cabeza a los treinta y pico. Solo al fin se convierte en una especie de cruce entre Paulo Coelho, un 127 horas sin ingenio visual y un drama íntimo de brocha gorda. Los diálogos, sin ninguna emoción, solo reportan bochorno y sopor.

Hugo Stuven se muestra incapaz de sumergir al espectador en la historia de supervivencia y se encomienda al poder benefactor narrativo de la banda sonora: una música atolondrada que parece querer emular la magistral composición de Steven Price en Gravity, imitar al Zimmer más sobrecargado mezclándolo con temas más clásicos estilo Richter. En última instancia, la banda sonora es tan cargante como la pomposidad de los diálogos y resulta tremendamente sobreexplicativa. Stuven no crea tensión con la cámara y, a menudo, se pierde en simbolismos que remarcan el valor de filosofía coehliana en vez de incidir en la crueldad y la adversidad de la situación de desamparo de Álvaro. Esta experiencia ya podía ser poco atractiva desde su planteamiento, pues hemos visto muchas similares y esta no aporta aliciente alguno, pero los adornos que el director incluye al conjunto todavía son menos interesantes y subrayan sus carencias en la puesta en escena y la escritura del guion.

Este libro de autoayuda acuático tiene el rostro – y sobre todo la voz en off en frases rimbombantes- de Alain Hernández. El actor catalán realiza un esforzado trabajo, pero está lejos de sus mejores papeles (El rey tuerto) y, en algunas secuencias, quizás derivado de una mala dirección de actores, resulta antinatural y parece estar sentenciando el texto más que sintiéndolo. A su lado, Aura Garrido, siempre estupenda, pero con una mala suerte en la gran pantalla: desde Stockholm en 2013 no tiene un papel realmente potente en cine mientras que en televisión es parte de algunas de las mejores ficciones españolas (El ministerio de tiempo, El día de mañana). Con Solo su poca suerte en protagonistas en películas no se solventa. Ni esta gran actriz ni este sólido actor son valores suficientes para pilotar un proyecto que nace naufragado desde su planteamiento.

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