Críticas: La cámara de Claire

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Cámara demiúrgica.

Resulta complicado realizar un análisis de La cámara de Claire sin atender a sus claves metarreferenciales. Por un lado, la película se rodó en Cannes, en mitad del festival más mediático del mundo, y, a pesar de que todos los personajes se encuentran en la ciudad francesa debido al certamen, y varios de ellos trabajan directamente en el mundo del cine, no hay ninguna señal que nos haga ser conscientes de que los actores desarrollan las escenas al lado del ruido, el glamour y la cinefilia inherente a la Croisette. Aunque realmente intrascendente, este juego pone las cartas sobre la mesa para expresar el tipo de propuesta que el director, Hong Sangsoo, propondrá a lo largo de los escasos 68 minutos de metraje. La historia se dobla sobre sí misma para mostrar aspectos inesperados y quiebros que funcionan a varios niveles, tanto en una versión fantástica como en una realista. Continuando con lo metarreferencial, el autor escoge a una de las divas del certamen, Isabelle Huppert, y la convierte en una profesora que, en otro juego liviano, visita por primera vez el festival. Ella será la clave de un relato en el que vuelve a haber un director de cine borracho que condiciona y torpedea la vida de las mujeres que tiene a su alrededor, una situación que no puede ser más autorreferencial si se tiene en cuenta otro aspecto meta que se trata en la cinta: el escándalo que el propio Sangsoo provocó cuando dejó a su mujer para pasar a compartir su vida con su actriz fetiche, Kim Min-hee, aquí otra de las protagonistas.

Profundizar sobre su vida y sus propios errores es algo que viene haciendo desde siempre, pero especialmente a raíz de este conflicto, como ya demostró en las anteriores cintas de su filmografía que llegaron a nuestro país, The day after y En la playa sola de noche, ambas rodadas en 2017 y, para más inri, la primera de ellas presentada en Cannes al mismo tiempo que La cámara de Claire estaba siendo rodada. Sumando todos los elementos de partida, todo apunta a que Hong Sangsoo ha querido rodar uno de los trabajos más livianos de su filmografía, esforzándose en todo momento por restarle trascendencia a lo que pretende narrar, y queriendo dar la impresión de que todo lo que se ve en pantalla no es nada más que un simple juego. El problema es que el realizador coreano controla tan bien las claves de aquello que se propone, que, aunque consiga que su filme sea liviano, lo que nunca logrará es que este carezca de interés.

Como si el objetivo de toda su carrera fuera reflexionar sobre el mismo modelo, aplicando matices en cada nuevo trazo, aportando novedosas aproximaciones a una misma situación, Hong Sangsoo parece trabajar siempre sobre la misma pieza, pero la clave reside, precisamente, en cómo modifica la mirada en cada nueva intentona. Limitar el análisis a argumentar que el autor surcoreano “siempre hace la misma película” es demostrar que no se está comprendiendo la clave de su esencia. Es normal que cada nueva obra aparente ser igual que la anterior y que la siguiente, pero esto sólo ocurre si no se atiende al verdadero interés que ha llevado al director a crear un nuevo filme: los detalles, que son siempre la clave que permite dar pie a la situación que se propone en cada nuevo ejercicio cinematográfico. En este caso, la habitual historia de enredos, descubrimientos pasados y malentendidos que puebla su cine es provocada por el elemento extraño de la ecuación, el personaje de Isabelle Huppert.

Portando una misteriosa cámara Polaroid, el objeto deviene demiurgo de la función al aparentemente, sólo aparentemente, modificar la conducta de las personas una vez que estas han sido fotografiadas, una situación en la que incluso hay espacio para incluir una paradoja en forma de inexplicable fotografía, que el propio director se permite nunca llegar a resolver. La propuesta, tan sencilla como rotunda, sólo tendría sentido si en todo momento se jugara como lo hace Sangsoo, quien en ningún momento enfatiza sobre la condición casi mágica de la cámara, y en todo momento el desarrollo de la historia puede explicarse de esta manera como de otra, puramente realista. A riesgo de que sea considerada una propuesta pobre, simplona, carente de verdadero interés, el realizador apuesta por la sutileza y confía en la capacidad de observación de un público activo, con capacidad de reflexión. A riesgo de que parezca que no está ocurriendo nada, el también guionista plasma las complejidades de las relaciones humanas y se permite el lujo de confiarlo todo a una simple cámara de fotos, así como a la interpretación que la audiencia quiera desarrollar.

Juegos mágicos aparte, si uno presta atención a lo que sucede en la pantalla descubrirá una historia de empoderamiento femenino, que deja más por los suelos que nunca al único y francamente despreciable protagonista masculino del relato. Todo comienza con el inexplicable despido de Manhee (Kim Min-hee) por parte de su jefa (Jang Mi-Hee). Posteriormente descubriremos que la segunda mantiene una relación amorosa con el director de cine So Wansoo (Jung Jinyoung), y que el despido ha sido una cuestión de celos. Gracias a la repentina aparición de Claire (Isabelle Huppert) y su misteriosa cámara fotográfica, cada uno de los personajes sufrirá un arco dramático que les permitirá acercarse más a su verdadera esencia, en unos casos positiva y en otros negativa. Mientras el director de cine se comporta con ambas mujeres como el auténtico cretino que es, estas dos pasan de la confrontación a la sororidad, demostrando estar varios escalones por encima del género masculino. Mientras tanto, Claire, quien por momentos parece ser consciente de cómo está moviendo los hilos que hacen evolucionar el triángulo amoroso, aparece y desaparece, casi como si de una mera herramienta de guion se tratase. Pero, como todo en el cine de Hong Sangsoo, sólo lo parece. La verdad absoluta queda siempre oculta, como en esta cinta el festival de Cannes, en el fuera de campo, en la elipsis.

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