Críticas: Casi 40

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La perversión de la nostalgia.

Cinco años después de su obra más celebrada, la estupenda Vivir es fácil con los ojos cerrados, David Trueba regresa a la gran pantalla con Casi 40, una pequeña y lúcida reflexión sobre el inexorable paso del tiempo. Reúne a los dos protagonistas de su opera primera, La buena vida, veinte años después, aunque no se trate de una secuela narrativa, sí lo es en tanto que los personajes de Fernando Ramallo y Lucía Jiménez se reencuentran tras varios años de distanciamiento. Incluso en uno de los momentos catárticos del filme, Trueba incrusta un pedazo de su debut a modo de recuerdo fugaz de la añorada adolescencia de estos treintañeros. En este instante, las miradas entre ambos dejan entrever la perversión de ese sentimiento tan aplaudido habitualmente que es la nostalgia.

Ni él ni ella son los mismos que antaño. Para él, ella es el primer amor, aquel que no se olvida y permanece en lo más hondo de uno toda la vida. Se reúnen para iniciar una pequeña gira de conciertos en librerías de capitales de provincias. Ella fue una reconocida cantante, aunque ahora reste alejada de la profesión; él sobrevive como vendedor de productos ecológicos de cosmética. Los sentimientos de la adolescencia afloran en este viaje de reencuentro, ya no solo con el otro, sino consigo mismo. El viaje en la furgoneta, guitarra y cremas en mano, se acontece como iniciático. No hay voluntad de cambio por parte de ninguno, pero sí que el tour les proporcionará una perspectiva necesaria para afrontar con toda la experiencia y consecuencias quienes son, quienes han dejado de ser y hacia donde encaminan su futuro.

Principalmente él vive anclado en el pasado, pero ella rápidamente se suma a ese sentimiento transitorio al revivir sus momentos de gloria musical. Trueba sintetiza el estado actual de esta generación con pulcritud y naturalidad, aunque erre en algunas de sus profundas reflexiones con diálogos disonantes como las conversaciones alrededor del desuso de los mapas o la situación del periodismo de papel. Ahí pierde parte de la certeza humana del relato. David parece haberse encomendado al espíritu de su sobrino Jonás que con La reconquista hizo un ejercicio similar (y mucho mejor) con la generación anterior, los de casi 30. Casi 40 también tiene consonancias con la última novela del propio David, Tierra de campos, y tiene su mayor virtud en la capacidad para capturar el tiempo en el que esos personajes se reencuentran y el afecto y la amargura que envuelve a ambos.

Esta apreciación queda magistralmente plasmada en las secuencias musicales. Ella reluce su espíritu jovial y vocacional, él la observa empedernido. El tiempo se detiene y sus miradas cristalizan la nostalgia por esos tiempos pasados. Saben que no es posible volver a tener veinte años ni tan siquiera ser los mismos que entonces. Tampoco están dispuestos a resquebrajar su presente. El trabajo de Fernando Ramallo y Lucía Jiménez en esta escena y a lo largo de todo el filme es notable. En definitiva, David Trueba no glosa la nostalgia, al contrario, le insufla la perversión necesaria para evidenciar la debilidad de la condición humana. Casi 40 es una road trip divertida, echa con amor por la música y la intención de plasmar un sentimiento más o menos extendido por toda una generación; acierta en todo ello pese a un guion irregular lastrado por el exceso de pedantería y artificiosidad en algunas de las conversaciones.

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